Sangre muerta Capítulo 3
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Capítulo 3

Blindado

El blindado temblaba con cada bache, pero nadie dentro se inmutaba. El agente Colona iba rígido con la mirada puesta al frente, decidido a contener lo que se le agitaba en el pecho. Dos soldados nuevos lo acompañaban; jóvenes, inexpertos, muy callados. Aún no sabían que el silencio también habla.

«Operación preventiva», había dicho su jefe, el director Pangellis.

Una decisión de último minuto. Siempre una operación preventiva.

Palabras bonitas, nada más. La Triple S no desplegaba ese nivel de fuerza por precaución.

Si estaban en camino y le pidieron estar listo, era porque esperaban un cuerpo en el piso.

En esas fiestas vampíricas siempre los había. O dos o tres. Todos humanos.

El sudor le corría por la espalda, pero no se lo limpió, debía parecer de hierro, aunque por dentro chispeara. Odiaba todo de ese mundo, la placa, el uniforme, los monstruos a los que rendía cuentas. Humanos y no humanos. Era un mandadero con licencia para recoger restos, nada más.

Las órdenes eran simples: «Espera. No actúes hasta que yo te diga. Entonces, llegas, contienes y extraes». Y él obedecía. Treinta años le habían enseñado que cuestionar era empezar a cavar su tumba.

Por eso estaba harto. Siempre era lo mismo.

Su paciencia y su paz mental estaban al límite.

Con los años entendió que el cuerpo rechaza lo que lo corroe.

Una vez pidió traslado. Idiota. Le respondieron con la misma frialdad con la que se lanza un cuerpo a una fosa común.

El mensaje fue claro: no eres un agente, eres nuestra propiedad, nunca saldrás de esto.

Un perro. Uno que muerde cuando se le ordena.

«Vampiros».

La palabra le limaba la lengua. Al principio creyó en los acuerdos, en la cooperación, en el progreso.

Incluso sintió fascinación por el mito, el privilegio de saber la verdad, de formar parte del “círculo”.

Pensó que tendría acceso, que importaría.

La ilusión se murió pronto cuando se vio hasta el cuello en mierda y lo observó todo desde ahí, personas drenadas, donantes desaparecidos, pactos rotos, corrupción disfrazada de diplomacia.

Y ellos se reían en la sombra. Intocables.

Blindados por tratados que no eran más que un maquillaje con el rótulo de ‘equilibrio’.

Ese equilibrio era una broma, una cuerda trenzada con mentiras.

Las donaciones eran fachada, humanos, ya fueran voluntarios o desesperados, entregaban sangre a cambio de dinero.

Mucho dinero. Pero no todos los inmortales respetaban el trato.

Algunos cazaban por su cuenta. Otros no se detenían a tiempo, bebían de más porque podían.

Cuando eso pasaba lo llamaban a él. El sepulturero de la verdad. El que llegaba cuando ya no quedaba nada que salvar.

Con el tiempo el odio se le metió en los huesos.

No hablaba del tema, no podía, pero lo sentía crecer, lento, un tumor que se alimentaba con cada crimen silenciado.

Era odio hacia ellos y contra sí mismo por no poder largarse, por no poder decirles en la cara que le arruinaron la vida.

Le asustaba quedarse sin suelo, sin identidad, perdido por completo.

Mejor el infierno conocido. Mejor elegir culparlos antes que asumir sus propias decisiones.

La Unidad Secreta de Seres Sobrenaturales.

Triple S, nombre ridículo que siempre le sonó a chiste, era una jaula con forma de escudo.

Invisible para el mundo, pero real. Una vez dentro, no sales.

Les vendían la causa noble, la protección entre especies; basura envuelta para regalo.

Quien entra se queda porque saben demasiado de ellos.

Abrir la boca y contar la verdad significa desaparecer.

Hasta que la muerte te libere, decían los agentes. A él ni la muerte le parecía tan sencilla.

A veces posaba la vista en su Glock más de lo necesario. Solo la miraba, y el pensamiento estaba ahí. Apretar el gatillo y terminar con todo. Nunca se animaba, claro. Tal vez porque ya ni siquiera estaba seguro de tener los güevos para hacerlo.

O tal vez era la foto de su hijo que llevaba siempre de fondo en el celular, un recordatorio de que alguien aún existía para él.

No lo había visto en ocho meses. El divorcio suele sacar lo peor de ambas partes.

El tema de la manutención pagada tarde ya había sido resuelto, pero le tocaba esperar.

Esa mirada y esa sonrisa de la foto lo sostenían un poco.

De vez en cuando, el chico le escribía a escondidas.

Lo extrañaba. Con eso bastaba para saber que todavía había alguien por quien valía la pena seguir vivo.

Salió de su ensimismamiento y se aferró al presente. En ese instante le entró un correo. Abrió el adjunto. La ficha de un donante, uno joven. Luego leyó lo que su jefe había escrito en el cuerpo del mensaje.

«Tenemos información ultraconfidencial sobre el donante 457896ORhn, Lucas Luna. Hay una muerte vinculada al joven. Se sospecha de su sangre».

Colona se detuvo un momento al leer. Era imposible. Dejó escapar el aliento y continuó.

«No hagas nada aún. Espera mi orden».

Desde que aceptó esta misión, supo que todo iba a cambiar.

Y esa tarde pesó distinta, la conversación de hacía una semana comenzaba a materializarse.

A él solo le dijeron «mantente alerta». La voz de su jefe todavía le zumbaba en la cabeza.

Pero más aún la de “La Sombra”, como llamaba al desconocido con el que había hablado.

El que al parecer movía los hilos de un plan del que no tenía la información completa.

Eso sí, Colona sabía leer los tonos, y ambos venían cargados con algo oculto que no podía nombrar. Su jefe, su fuente principal, dosificaba la información, gota a gota. Y ahora, fuera lo que fuera, aparentemente iba a ocurrir en la casa del príncipe Aleksei Beilion. Y el agente estaba «alerta».