Capítulo 2
Lucas
La puerta se cerró detrás de mí. No fue un portazo, pero igual pesó. El Lucas de hace dos segundos, el de los chistes idiotas, el que fingía que nada importaba, se quedó del otro lado.
Lo que tenía al frente, más allá del ruido, la música, los cuerpos y las sombras, no era solo una fiesta.
Era una entrada a lo insólito. Un ecosistema donde las mentiras humanas no sirven, porque acá lo real te devora.
Y lo real da miedo. Yo no debería estar aquí, ni siquiera estaba en la lista oficial.
Era demasiado nuevo. Pero según Bandhu, y mi Supervisor, necesitaban cuerpos.
“I, I live among the creatures of the night…”.
La letra de Laura Branigan se me filtró en la cabeza, limpia, inesperada, en medio del caos.
No sé de dónde salió. Mentira, sí sé. Culpa de mi viejo.
El tipo los findes prende la casa con su música ochentera y su salsa setentera.
Hace eso desde antes de que yo existiera, literal.
Asumo que lo traigo pegado en mi ADN. Él canta a todo pulmón, baila con mamá en la cocina, y cuando yo era chiquito me agarraba para que lo imitara.
Con los años me pasó lo peor, me gustó. Me tragué las canciones, me las aprendí.
Nunca se lo dije, of course. Y ahora la canción apareció y dijo lo que yo no me atrevía a decir en voz alta.
En el fondo sabía que podía morir. Siempre es una posibilidad en este trabajo. Pero en lugar de miedo sentí rabia por tener miedo. O valor. O ambas. Así que apreté los dientes y seguí.
La antesala del penthouse estaba medio iluminada.
Avancé entre cuerpos fríos y calientes, sudor, humo, y neones pintados sobre piel humana y vampírica.
Las paredes parecían vivas, me observaban, se reían bajito de lo mucho que me temblaban las rodillas, el párpado derecho y de cómo me sudaba la espalda.
El techo alto respiraba bajo la luz de las velas.
Demasiadas. Creo que a algunos inmortales les encanta fingir que siguen atrapados en otro siglo.
Había vampiros por todos lados, de pupilas doradas y plateadas.
Todos pegados a humanos en una coexistencia absurda.
Unos bailaban, livianos, casi flotantes.
Otros se perdían en besos y caricias en rincones oscuros.
Vi a una vampira que se alimentaba de su donante, tirados en el suelo, ella pegada a su muñeca.
Él, pelo naranja, flaco, con los ojos idos, tiritaba.
Le hablaba al aire, sumergido en su propio trip alucinógeno.
El temita de los ojos, hasta donde yo entendía, era sencillo.
En teoría. La base era dorado en mujeres, plata en hombres, con unas vetas raras que cambiaban de uno a otro.
De ahí en adelante, todo se movía en matices de ambos colores.
A eso le suman los estados. Con hambre, con la antigüedad de la sangre y así.
Había reglas transversales que no terminé de aprender, ni ganas, y preferí no meterle cabeza.
Con saber que ellos chupan sangre me bastaba. Por ahora.
Mientras más me metía, más escenas de donación me cruzaba. El olor a hierro, entre óxido y carne caliente, se me trepaba por la nariz: sangre; mezclada con el humo de weed que nublaba la vista y apagaba esas miradas saciadas y brillantes que cortaban la penumbra igual que bisturíes.
En medio de ese circo raro, me apagué un segundo, fue un mareo leve, cuerpo flojo.
Bandhu ya me había dicho que era normal sentirse así durante un tiempo después de las revisiones médicas.
Fueron varias. Muchas. Al principio pensé que era por la autohemoterapia, me sacaron un poco de sangre y me la reinyectaron para estimular el sistema inmune y no sé qué más y que algo se había cagado por mi tipo de sangre, que es rara.
Rarísima. Rh nulo. Pero Bandhu dijo que mi última revisión fue hace un par de semanas, que era eso, así que tocaba creerle. Él lleva más de un año en esto.
No me sorprendió cuando me contó que era donante, es mi bestie desde la primaria, en quien más confío. Me sacudió el tema de los vampiros y de las donaciones, claro, pero también me dejó picado. Una curiosidad rara. Prohibida y emocionante al mismo tiempo.
Lo que me terminó de convencer fue él. Bueno, él y la plata.
Ver la cuenta de banco de tu amigo engordar de la noche a la mañana convence más que cualquier presentación de mierda en PowerPoint.
Ni siquiera necesitas una cuenta propia, si eres menor, ellos la abren en uno de sus bancos.
Todo controlado. Con Bandhu nada suena tan loco.
Él es de los que conocen a alguien que conoce a alguien que conoce a alguien.
Él me ayudó a entrar, y sí que fue un lío. Exámenes, entrevistas, protocolos raros y el chip. El puto chip en la muñeca. Ahí casi me bajo del bus. Pensé que mi necesidad de plata no daba para tanto; resultó que sí daba. Aguanté. Creí que no me aceptarían; me aceptaron.
La primera revisión médica fue rara, estaba más sedado que despierto.
Dizque para asegurarse de que estuviera bien y no sé qué.
Luego vinieron las de seguimiento. Desde entonces me dan esos mareos raros.
A veces me vienen flashazos. Luces blancas, focos sobre mí, gente alrededor y yo en una camilla.
Lo raro es que nada de eso pasó. No que yo recuerde.
Aunque en esos segundos se siente muy real.
Los vampiros pagan una fortuna por los donantes, pero nunca de frente.
La plata va a la corporación, al jefe del jefe de mi jefe…
o a algún ente interdimensional, quién sabe.
Vi pocas caras, todas humanas, eso sí. Lo demás se manejaba con vidrios oscuros, correos encriptados y llamadas sin número.
Tienen edificios, jerarquías y poder, pero de alguna manera logran moverse sin dejar rastro.
Ningún logo, contratos con nombres fantasmas, choferes mudos, todo camuflado a la perfección.
Eso sí, siempre se aseguran de hacerse sentir.
Entré a la sala principal. Inmensa. Una catedral gótica convertida en hotel cinco estrellas.
Una elegancia ridícula. Vampiros y humanos bailaban pegados, casi fundidos.
La música te sacudía las costillas y el humo ya nublaba todo.
Solté el aire, apreté los puños, lancé un padrenuestro sin mucha fe y seguí. Sabía que esa noche no iba a ser corta.
Busqué a Ban, así le digo a Bandhu, pero no tuve que buscarlo mucho; él me encontró. Me abrazó con todo y me salpicó la espalda con su trago. El alcohol frío se me coló por la camisa.
—¡Por fin, perra! —gritó Ban, con ese relincho suyo, me agarró la cara con una mano, sin medir fuerza, y me la sacudió —. ¡Ocho de la noche! Pensé que me habías ghosteado.
—Me demoré con Angie —dije—. Pero terminamos el proyecto.
Me viró los ojos.
—Ya —grité yo; me acerqué para que me oyera—. Vine a facturar.
—A lo Shakira. Le-ro-lo-le-lo-le —canturreó y movió la cadera sin pudor—. ¡Más te vale! ¿Qué vas a tomar, bro? No me digas que nada o te doy tu soplamocos. Ya casi cumples dieciocho y ¡vas a beber, ayalaverga!
Arrugué la cara. Me cabreó un poco que no preguntara cómo me sentía, aunque tampoco podía decir que me sorprendiera. Ban siempre iba cinco pasos adelante en su burbuja de Glinda.
—Cambia la cara —me gritó—. Esta semana ‘tas en mi casa. Tus viejos lejos, los míos no joden.
En mi casa ni habría podido aparecerme aquí. Pedí permiso para quedarme con Bandhu toda la semana, y la culpa me pesaba en el pecho. Mentirles a mis papás no es lo mío, pero desde que empecé en esto, mentir venía incluido.
—Quédate acá, perra, voy por alcohol —gritó, exagerado—. Se vienen cositas delish.
—No me dejes solo. —Se lo grité, esta vez sin joda—. Nunca he venido a una de estas.
Ahí sí cambió. Me agarró del brazo y me arrastró entre la gente hasta una esquina medio oscura, lejos del centro.
—Aquí —dijo, serio—. No mires. No hables. No nada. Yo te voy a decir con quién donar.
—Sí, sí, low-key, ya sé —respondí—. En esta esquina nadie me ve ni aunque grite. Tampoco sé si eso es bueno.
—‘Toy hablando en serio —dijo, y se le cayó el tono de payaso—. Es tu segunda, ¿no?
Asentí.
—Los vampis ‘tan cool —continuó—, y lo son. Pero aquí se descontrolan. Por la sangre, por las drogas, por to’. Y eso es peligroso. ¿Quéj lo que siempre te digo?
—Vampiros y humanos no son besties —respondí, automático.
—Exacto, nena. Esto es full trabajo. Transacción y ciao pescao.
Ya me lo había explicado mil veces. Que hace siglos los humanos intentaron exterminar todo lo sobrenatural: vampiros, brujas, demonios, lo que según ellos era del Diablo, lo que no entendían. Hubo antorchas, estacas. Gente convencida de que hacían lo correcto mientras mataba.
Claro que los vampiros no eran presas fáciles que se dejaran matar con las manos cruzadas. Tras siglos de guerras firmaron una tregua; los vampiros se escondieron, mantuvieron su mundo oculto y se aprobaron las donaciones, hasta convertirse en lo que es hoy en día: Plasma Corp.
La donación es solo eso, un contrato frío. “Donación” suena bonito, casi noble, pero no lo es. Los humanos dan sangre y los vampiros no arrasan pueblos. Cero guerras, y todos ganan. Eso dicen. Para mí es un equilibrio demasiado frágil, sostenido con saliva y promesas.
Ban hablaba, yo lo escuchaba y asentía, pero mis ojos se iban a otra parte. A las sombras. A las bocas demasiado cerca de cuellos frágiles.
—¡Mejor voy contigo! —le grité. El bajo de la música me vibraba en el cráneo.
—Bro, no —respondió—. El bar es… Hay sangre por todo el piso. Quédate acá, low-key.
Y se fue. Así, sin más.
Me quedé quieto, obediente, con la espalda pegada a la pared.
Bajé la mirada, intenté camuflarme con las sombras.
Me sentía más fuera de lugar que un ateo en misa.
Mucho ruido, mucha gente, demasiada piel desnuda.
Esa vocecita que aparece cuando menos la necesitas me dijo que este mundo no era para tipos como yo.
Eso pasa cuando creces con padres que te recuerdan que el mundo está hecho para los fuertes, para los que son alguien, y te lo crees.
Justo cuando empezaba a calmarme un vampiro se plantó frente a mí. Pálido. Tan pálido que parecía que brillaba en la oscuridad. Ojos grises y opacos, hundidos, la nariz larga y caída, flaco hasta los huesos; parecía no haber comido en décadas. Sonreía torcido.
No dijo nada, solo me miró fijo, con la certeza de que ya era suyo. Mi corazón quiso romperme las costillas para escapar. Intenté esquivarle la mirada, pero ya era tarde. Me había elegido.
Me agarró de la muñeca. Su mano fría y huesuda me apretó con fuerza. No dijo ni una puta palabra. Solo empezó a halarme con él. Y yo supe, en ese tirón seco, que esto se descontroló.
A la distancia
Una sombra en la oscuridad observaba lo que ocurría con espanto. Hizo una llamada, la mano le temblaba. —Lucas Luna. Donante 457896ORhn está aquí —dijo la voz masculina, ahogado por el ruido—. Él no debe estar aquí… Envíen a alguien ¡ahora! Y que esperen mi orden.