Sangre muerta Capítulo 1
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Capítulo 1

Lucas

«¿Qué mierda hago aquí?».

El ascensor subía y yo solo miraba el celular, rogando que Bandhu viera WhatsApp.

Le había mandado tres emojis de susto; ¿qué más podía hacer si me cagaba de los nervios?

Sentí el escalofrío treparme por la nuca.

Por un segundo, juré que la Muerte me rozó con su uña helada.

No era solo miedo, era esa alerta antes de hacer una cagada monumental, ¡otra!

, y aun así igual uno la hace porque sí, porque uno es idiota con iniciativa.

Podía darme la vuelta, irme, inventarme cualquier excusa, pero no, ahí estaba, de pie, el imbécil con la brillante idea de aceptar este trabajito.

Y por este ‘trabajito’ me invitaron a esta fiestecita de último minuto, mi jefe llamó y yo dije «Sí».

Nadie me obligó, yo acepté solito. Full delulu.

Es más, yo fui quien le rogó a Bandhu que me echara una mano en esta línea de trabajo.

Era esto o preparar sándwiches en Subway. Y esto paga mejor.

Se necesita la plata. No era para salvar a mi familia ni nada heroico.

En mi casa nunca ha faltado, aunque tampoco ha sobrado para darnos gustitos, pero esto era por mí.

Estaba harto de pedirle a mi mamá hasta para comprar calzoncillos, harto de salir con mis amigos con las monedas contadas, de decir «Nah, yo no quiero» porque no tengo ni para un bubble tea.

No es que mis viejos fueran malos. Al contrario.

Por eso dolía. Cada vez que les pedía dinero sentía que los jodía un poquito más porque hacían todo lo que podían para dármelo.

Siempre. Y a mí se me queda esa culpa pegada.

Este trabajo iba a servirme para demostrarles a ellos, y a mí mismo, que no era un parásito.

Que podía ganarme algo con mi propio sudor.

O bueno… no tanto con mi sudor, sino con mi sangre. Literal.

Sí, aquí es donde la cosa se pone rara. No lo dije antes, pero vendo mi sangre… a vampiros. Ya imagino el post de CuentaElCuento en Instagram: El peor negocio de su vida, vender sangre a vampiros.

Y no soy el único. Hay un montón de humanos que hacen lo mismo. Existe toda una organización detrás: Plasma Corp. Así, bien ultrasecreta, de peli tipo sci-fi, pero real. Mucho.

¿Raro? Sí. Raro nivel vampiros. De los de verdad, de carne y hueso, con colmillos y vibe de vida eterna. Vampiros vampiros.

Todavía no sé qué está más jodido, el que existan o que yo, con diecisiete años, esté metido en esto. Porque seamos honestos, nadie cree que uno se despierte un día y diga: «¿Sabes qué sería buena idea? Venderle mi sangre a un vampiro». Pero bueno, acá estoy. Uno soy yo.

Diré que mucho de lo que creía saber sobre ellos es mentira. Casi todo. Si les clavas una estaca en el corazón, sí, los matas; pero, okey, seamos realistas, ¿quién no se muere si le clavas una estaca en el corazón?

El pitido del ascensor me sacó del sinsentido mental. Las puertas se abrieron en el último piso, el penthouse. Un olor a limón me pegó en la cara. Era fresco, limpio, con ese tufo a hospital recién trapeado que te da ganas de revisar a ver si no dejaste marcas en el piso.

El metal frío del teléfono me sudaba en la mano.

Nada de Bandhu. Carajo. Solo necesitaba que me dijera que ya había llegado, que todo estaba bajo control, que no había razón para cagarme de miedo.

Le dejé cuatro emojis de la carita que se derrite, bloqueé la pantalla, respiré hondo y salí del elevador.

Frente a mí se estiraba un pasillo largo y opaco. Diseñado para que te arrepientas de cada paso, y cumplía su propósito. Todo en mí gritaba: «¡Lucas, da media vuelta, no seas idiota!», pero ya estaba ahí y el cuerpo avanzó por su cuenta.

«Bubble tea, calzoncillos decentes, idas al cine…», ese era mi mantra. Algo simple para aquietar al bicharraco del miedo que me arañaba el estómago por dentro.

¿Pagar la universidad? Bah, ni siquiera sabía si quería ir.

Aún me quedaban unos meses para graduarme y para meterle mente.

Me iba lo bastante bien en la escuela como para que mis papás no entraran en pánico, pero lo de ganarme una beca iba duro.

Si quería estudiar, me tocaría pagarme la U yo solo.

¿Y con qué? Con dinero. De ese que en mi casa no sobraba.

La alfombra del pasillo era carmesí oscuro, de las que con solo mirarlas pican.

El papel tapiz parecía terciopelo viejo.

Una lámpara antigua colgaba del techo y tiraba poca luz, lo justo para no caminar a ciegas.

No sé por qué me fijaba en esas pendejadas.

Bueno, sí, los nervios. Y porque nunca había estado en un lugar tan caro, tan fuera de mi liga; era de esos lugares que te abrazan mientras te recuerdan a cada paso que no perteneces allí.

Al final del pasillo había una sola puerta. Era enorme, negra, sin adornos, no hacían falta. Esa puerta advertía: «Aquí vive alguien importante». La música se colaba por debajo, un beat suave y repetitivo. Esto no era una fiesta de escuela. Era un evento en la guarida de un inmortal.

Dos tanques humanos con cara de funeral custodiaban el paso.

Quietos, con una indiferencia tan precisa que parecía ensayada.

Eran la versión en vivo de los Hombres de Negro, con trajes oscuros pegados a cuerpos atléticos, lentes ridículos en la penumbra, y esa vibra de “me pagan para intimidar, no para pensar”.

El de barba salpicada de canas se acomodó los lentes, me escaneó de arriba abajo y me redujo a nada, a un mosquito.

Hizo un gesto con la mano que entendí a la primera.

«Regresa por donde viniste». Seguro que al verme en jeans, con la camisa abotonada hasta el cuello y zapatillas blancas, todo clean para ese lugar, pensó: “Este se perdió”. Y no lo culpo.

Tragué saliva. Sentí que intentaba pasar un ladrillo por la garganta, pero la pizca de valentía que me quedaba se adelantó y tomó el volante.

—Soy Lucas —dije—. Donante 457896ORhn.

Las palabras salieron más firmes de lo que me sentía. Y una vez dichas, ya no había marcha atrás.

Los tipos se miraron, entre incrédulos y medio impresionados. El más joven, de veintitantos, sacó un dispositivo del tamaño de un celular. Levanté la muñeca izquierda, pasó el escáner sobre la piel, sonó un bip y una luz verde se encendió en la pantalla.

Listo. Ahí estaba todo, mi nombre, mi sangre, mi ficha.

Igual me miraban porque algo no parecía cuadrarles.

Supuse que no encajaba con el perfil de donante.

Aunque sé que los hay más jóvenes que yo.

Y cuando digo “donante” hablo de lo que en realidad somos: bolsas de sangre con nombre, apellido y pulso. Humanos convertidos en “entregas”.

Antes de dar el primer paso, inhalé lento y solté el aire despacito.

Algo en esta donación se sentía distinto; intuición, paranoia, lo que fuera.

Tal vez porque era mi primera fiesta vampírica.

Tal vez porque era apenas mi segunda donación.

En cinco meses todo había sido tranquilo, más que nada exámenes, pruebas y esperar.

La primera fue limpia, controlada, sin música ni gente alrededor.

Ocurrió anoche. En una cabaña con un tipo amable. Esto era otra cosa.

Sabía que mientras más me metiera, más difícil sería salir.

Ser donante se pega a la piel, un tatuaje bajo la ropa.

Invisible, pero que no se va. Y si algún día quería largarme, no iba a bastar con decir “ya no más”.

No era una suscripción al gimnasio. De alguna manera entendía que esto era de por vida.

No se trataba solo de cruzar una puerta, era pisar otra dimensión. Una que hace un año ni siquiera sabía que existía. Un punto sin retorno. Cruzas esa línea y no vuelves a ser el mismo, aunque no se note al instante.

Aun así, con todo eso que me zumbaba en la cabeza, avancé. La puerta se abrió, y entré.