Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 31. EL LEGADO OSCURO #4
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31. EL LEGADO OSCURO #4

Los criados obedecieron al instante. El heredero y Hereward desaparecieron con ellos; sin embargo, Athelstan se detuvo antes de marcharse.

―¿Crees que ha sido él? ―preguntó impasible, aunque sus rasgos se endurecieron visiblemente.

―No puedo responderos a algo que no sé.

―Ya. Encuéntralo y tráelo ante mí. Si ha sido él, yo mismo le arrancaré el corazón delante de Abbadon.

Helmet decidió no responder a aquella amenaza infantil porque percibía su dolor, por lo que se ciñó a asentir y a observar cómo el rey seguía los pasos de su hijo.

―Da con ese malnacido antes de que acabe el día.

―Dalo por hecho.

El general salió a toda prisa del gran salón mientras su señor pensaba que Rău volvía a mostrar su verdadero rostro, pero esta vez le iba a salir muy caro.

En la alcoba de Alistair, Hereward, el príncipe y su padre permanecían al lado de Landon en silencio.

Pese a ser el rey de Inglaterra, Athelstan no había consentido separarse de la cabecera de la cama mientras él mismo le aplicaba paños fríos en la frente.

Como semanas atrás ocurriera con Alistair, ahora le tocaba ver a su confidente desde hacía años apagarse hasta morir.

El inglés sentía un dolor indescriptible en el pecho.

En poco tiempo, su reino había empezado a desmoronarse por culpa de unos seres que jamás debieron existir.

Ahora, no solo su primogénito le pertenecía al enemigo, sino que su mejor amigo y compañero de batallas iba a estar a merced de su propio hijo.

Miró a Terrel y después al herido, cuyo rictus, muy despacio, se iba relajando conforme se le escapaba la vida.

Le colocó la mano en el pecho, los latidos eran lentos, aunque constantes.

No sabía cuánto tardaría en convertirse.

Su hijo apenas llevaba unas semanas siendo un «No Muerto», así que, si con Abbadon él había tardado casi dos días en transformarse, como mínimo, Landon tardaría eso o quizás un poco más.

Unos suaves golpes profanaron el silencio en aquella alcoba, que estaba sumida en la pena y la preocupación.

El mismo Alistair fue quien abrió la puerta.

―Señor, vuestra prometida desea hablar con vos ―dijo uno de los soldados que custodiaba la puerta.

Detrás de él, se encontraba Herleva, de quien se había olvidado en cuanto su mentor había caído por el muro.

―Buenas noches ―dijo la normanda con voz recogida―, venía a interesarme por vuestro amigo.

―Es mucho más que eso ―respondió el heredero de forma hosca, dejando entrever la nueva sangre que corría por sus venas.

―Lo siento, solo quería daros consuelo.

―No necesito vuestro consuelo. Volved a vuestros aposentos y no salgáis de allí hasta que yo os lo ordene.

―Pero, Alistair…

―No tengo tiempo para vos.

Sin mediar palabra, cerró la puerta en sus narices. Ella, muy indignada, apretó los dientes porque acababa de dejarla en evidencia. Recomponiéndose al instante, miró al que la había anunciado y le dedicó una triste sonrisa.

―El dolor habla por él. Regresaré a mi alcoba.

El soldado no respondió. Aquella francesa no le importaba nada, tan solo su capitán; y este parecía estar a punto de morir.

Nîga despidió a la cuadrilla en el patio de armas y gracias cambio de guardia, Alana y ella caminaron dentro del castillo como si supieran exactamente a dónde debían ir.

Detuvo a una sirviente que llevaba una enorme bandeja en sus manos y la sometió al instante para que le dijese cuál era la habitación del príncipe. La chica le contestó que iba hacia allí y que podían acompañarla.

La vampira la liberó y la siguieron a una distancia prudencial.

Mientras tanto, en su alcoba, Helmet apostaba con Bêwestan y Wêranker cuánto tardaría Youngblood en transformarse.

La sangre de un neófito corría por sus venas, e iba a ser muy interesante para ellos ver cómo el tutor tendría que acatar las órdenes de su pupilo cuando, justamente él, se había negado a que Alistair fuese convertido en un «No Muerto».

―El Destino es un bufón que se ríe de todos ―dijo el líder Drăgoi.

―Ese soldado pondrá el grito en el cielo cuando se vea a merced de los deseos de un estúpido malcriado ―comentó Wêr, apoyándose en el respaldo de su silla―.

Pero no debería quejarse, ha sido él quien ha hecho del heredero un déspota, así que creo que tiene sentido verlo en una posición que lo obligará a lidiar con sus propios errores.

―Buena apreciación, hija mía.

―¿En serio piensas que Rău ha tenido algo que ver con lo de…?

―Bueno, el rey le ordenó subir a las almenas y luego envío al capitán. ¿Quién sabe lo que ha podido ocurrir ahí arriba? ―añadió Helmet, elevando los hombros―. Cuando Xwînxwar regrese, sabremos algo más.

Bêwestan llevaba un rato en silencio cuando decidió decir en voz alta el pensamiento al que no dejaba de acudir.

―¿Cuánto tardará Qil en llegar a nuestras tierras? ―preguntó para desviar la conversación, ya que no le interesaban nada ni el príncipe ni su condenado mentor.

―Al menos tres o cuatro semanas más, aunque todo dependerá del tiempo y del mar.

―¿Crees que Gunnar aceptará? ―agregó con cierto temor.

―Todo dependerá de mi esposa. Bêw, no te preocupes por Qiloçker, él sabe cuidarse solo.

―Lo sé. Por cierto, ¿qué os ha parecido la bastarda?

―Sibilina y una mentirosa excelente. Estoy seguro de que el heredero se llevará una sorpresa en el momento adecuado.

―¿En serio? ―añadió Wêr.

―Tal vez me equivoque, aunque estaré atento a sus reacciones contenidas. En verdad, no me importa lo que haya venido a hacer. Mientras no interfiera en nuestros planes, su corazón seguirá latiendo.

―Me parece bien lo que decidas. ―Bêwestan se puso en pie―. Ahora que ha regresado el heredero, ¿quieres que retome la búsqueda de Nîga y de la chica?

―No lo veo necesario, y tenemos asuntos más importantes de los que preocuparnos. En cuanto a Nîga, tal vez un par de siglos alejada de nosotros le aclare las ideas.

―Si es lo que deseas…

Helmet asintió una vez. Ella respondió con el mismo gesto.

―Bueno, como Xwîn sigue con su búsqueda, si no te importa, iré a entrenar un poco mientras da con ese loco. Estas malditas paredes cada vez me parecen más estrechas.

―Por supuesto.

―Yo también me marcho ―dijo Wêr―. Buenas noches.

―Buenas noches.

Helmet posó la mirada en las llamas y se entretuvo en ver cómo una lamía una hoja hasta incinerarla mientras el chisporroteo del interior del tronco le proporcionaba compañía.

Esperar le resultaba tedioso, pero no le quedaba más remedio que dejar que el tiempo pasara hasta conocer la respuesta del padre de Lys, que seguro tardaría más de lo necesario a causa de su maldito orgullo.

Athelstan miró a su hijo y negó disgustado por su comportamiento.

La francesa solo se había preocupado por Youngblood, y él había despreciado sus buenas intenciones.

En ese momento, se alegraba de que el obispo se hubiese negado a desposarlos hasta después de aquellas fiestas paganas, así su hijo tendría tiempo suficiente para suavizar sus modales con su futura esposa.

Al fin y al cabo, la pobre muchacha no tenía culpa de su mal genio ni de haber sido utilizada como un simple objeto para beneficio de su hermanastro y de él mismo.

―Te has portado como un canalla con ella sin motivo ―dijo el rey con una expresión de reproche―. Ve ahora mismo a disculparte, y, antes de hablar, haz el favor de pensar dos veces lo que vas a decir ―le ordenó entre dientes.

―No me apetece.

Athelstan le pasó el lienzo a Hereward y se puso en pie.

―¡Esto no es cuestión de apetecer! ―susurró enfadado―. Es cuestión de obediencia a Abbadon, ¿lo comprendes?

Nada más oír su nombre, Alistair frunció el ceño al darse cuenta de que su padre, una vez más, tenía razón. Su deber era con el líder Ursu, no con él.

―Lo siento, no puedo pensar con claridad porque estoy preocupado por Landon.

―Eso te honra, hijo. Dale esa excusa a ella y no estropees el pacto, o él te arrancará la piel por diversión.

El heredero puso la espalda recta al imaginar la escena. Asintió y se dirigió a la puerta. Sin duda, era mejor no tentar a la suerte.

Al salir, estuvo a punto de chocar con una sirvienta que llevaba una bandeja en las manos. De malos modos, la apartó sin cuidado y continuó hacia la alcoba de Herleva.

Al otro lado del pasillo, Alana y Nîga estaban escondidas tras un recodo. Cuando lo vio, la Elegida se puso tensa. Allí estaba el hombre que le había destrozado la vida y su actitud era la de un ser indolente que parecía estar disgustado por algo que se escapaba a su conocimiento.

―¿Estás segura de que quieres hacerlo en este momento? ―preguntó la vampira―. No sé si se presentará otra ocasión mejor. Puedo someter a esos dos sin problemas.

Ella la miró y asintió con un nudo en la garganta. Si solo iba a tener una oportunidad de hablar con él, no la desperdiciaría.

―Adelante ―dijo la rabia instalada en el cuerpo.

Como si fuese el mismo viento quien hubiera movido sus pasos, Nîga les robó la voluntad a los dos soldados mientras la inglesa seguía por el siguiente pasillo al heredero. Aguardó tras una esquina al ver que él llamaba a una puerta.

―Herleva, ¿podemos hablar?

Alana se quedó inmóvil al escuchar el nombre de una mujer. Se preguntó quién sería ella, y estaba a punto de averiguarlo.

Una preciosa muchacha de cabellos oscuros apareció al otro lado. Verla le impactó de tal manera que no supo cómo reaccionar.

―Por supuesto, Alistair. ¿Seríais tan amable de pasar? ―preguntó de forma impecable.

―Gracias.

Justo antes de que la normanda cerrara la puerta, Alana avanzó hasta ponerse detrás e impidió que se cerrara. La chica no pareció darse cuenta, puesto que la Elegida oyó cómo se separaba unos pasos.

―He venido a disculparme ―dijo él con suavidad.