Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 31. EL LEGADO OSCURO #3
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31. EL LEGADO OSCURO #3

En ese momento, Athelstan llegó corriendo seguido de otros soldados. De pronto, el capitán Hereward avanzó entre los suyos vociferando que le dejaran paso. Al ver a su mentor y mejor amigo en el suelo, a punto de perder la vida, cayó de rodillas a su lado.

―¡Salvadlo! ―gritó mirando a Alistair.

―¿Qué? ¿Cómo sabes…? ―respondió el heredero.

Aquella exigencia del capitán dejó al descubierto que Youngblood, en algún momento, le había revelado su nueva naturaleza.

―Te está pidiendo que lo conviertas ―dijo Helmet muy serio―. Yo no lo haría.

―¡Os lo ruego! ―volvió a pedir Terrel, que sostenía la mano moribunda de Landon entre las suyas―. ¡Os ha dado vuestra vida! ―dijo mirando al rey―. Y, a vos, todo cuanto le habéis pedido ―agregó mirando al príncipe, dejando implícita en sus palabras la unión con la campesina.

―Hijo, es tu decisión.

Alistair se puso en pie y llevó al hombre que lo había protegido desde la infancia a la sala del trono. Delante de su padre, los Drăgoi y el propio Hereward, lo tumbó en el suelo.

En mitad del caos, Helmet le hizo una señal a Xwînxwar para que se acercara.

―Encuentra a Rău. El rey lo envió a las almenas, quizás haya visto lo que ha sucedido ―dijo subiendo las cejas de manera casi imperceptible.

―Entiendo.

Xwîn sonrió de medio lado porque captó la doble intención que escondían las palabras de su líder.

El heredero, que no había prestado atención a lo que habían hablado, miró al vampiro con una expresión de desesperación profunda. Pese a su juventud, tenía marcadas varias las líneas de la frente mientras sus ojos parecían mostrar cada pensamiento oscuro que le atravesaba la cabeza.

―¡Convertidlo! ―le exigió al líder Drăgoi.

―No ―repitió con firmeza.

―Padre, ¡obligadlo!

―No está en su mano, Alistair. ―Su voz resonó en la penumbra como un eco siniestro, dejándole claro que él no obedecía al rey.

―¡No puedes dejarlo morir! ―intervino Athelstan, que a su lado tenía a Hereward y asentía sin parar.

―Todos moriremos algún día ―ironizó el «No Muerto»―. Si ha llegado su hora, debeis dejarlo marchar.

―¡Eres un cobarde! ―vociferó el joven con desprecio―. ¿Dónde está Rău? ¡Id a buscarlo!

―Acabo de enviar a mi general para que lo traiga ―aseguró el hijo de Mørket.

―¡No hay tiempo, Alistair! ―gritó esta vez Hereward al ver a Landon cerrar los ojos.

El príncipe, pese a que en ese momento lo odiaba más que a nada, claudicó y se dirigió de nuevo a Helmet.

―Dime qué tengo que hacer.

―¿Tan importante es para vos? ―preguntó el vampiro, a quien su insistencia le pareció interesante.

―Es… mi segundo padre ―reconoció el joven príncipe con la voz quebrada.

―Está bien. ―Cerró los ojos un instante mientras se recriminaba que iba a permitir otra conversión sin hacer nada para impedirla―.

Hincad vuestros colmillos y bebed hasta que su corazón esté a punto de detenerse.

Cuando eso ocurra, empujad con la lengua detrás de vuestro paladar, de ahí saldrá la ponzoña que lo infectará.

Después, introducíos una vez más en su carne y dejad que el veneno se mezcle con su sangre.

―¿Funcionará? ―susurró el príncipe, temiendo lo peor.

―Solo hay una manera de averiguarlo.

Ante la atenta mirada de su padre, Alistair se hundió en su garganta. Mientras bebía de forma delirante, solo podía pensar en si su sangre maldita sería lo suficientemente fuerte como para transformarlo y en que la campesina, quisiera o no, tendría que salvarlos a los dos.

Cayendo el atardecer, Alana y Thyra, tras imponerse un ritmo de carrera demencial, al fin llegaron a los alrededores del castillo. Las patrullas de humanos y vampiros se cruzaban de forma constante. Era fácil distinguir quién pertenecía a quien por las ropas.

En silencio, escondidas bajo las mismas ramas de helechos que habían protegidos a los errantes días atrás, aguardarían hasta que llegara la noche.

Nîga no estaba segura de si solo Bêwestan la estaría buscando y prefería no ponerse al descubierto antes de que los soldados comenzaran a bajar la guardia por el cansancio acumulado.

La Elegida dejó su zurrón a un lado y cerró los ojos para alejarse un poco de la realidad.

La vampira, al fijarse en las profundas sombras bajo sus ojos, la obligó a que comiese algo para no desfallecer.

Llevaba tantos días dándole vueltas a todo los sucedido que apenas había probado bocado.

Por suerte, poco antes de alcanzar los límites de la enorme fortaleza, la Drăgoi se había alimentado de varios campesinos que iban con sus carros de camino al pueblo.

Aunque ella le había insistido, Alana no había sido capaz de alimentarse de la sangre de ninguno.

Continuaba asegurando que no lo necesitaba; aun así, le prometió a su compañera que comería en cuanto se detuvieran.

―Sé que eres más fuerte que ninguno de los que están ahí fuera, pero tu aspecto es deplorable ―dijo Nîga sin tacto.

―Eres única para hacer un cumplido ―respondió con sarcasmo mientras trataba de ajustarse la chaqueta y se frotaba los muslos porque le molestaba el roce del cuero.

―Deja de tirarte de una vez o acabarás por deformarla ―añadió, recolocándole las solapas―. ¿Sabes? Quizás esas ojeras nos beneficien. Con el uniforme y el cabello así peinado pareces una de las nuestras.

―Creo que no voy a poner olvidar la cara de terror de Wade al verme vestida de esta manera.

―Estamos hechos para causar ese efecto, y estas ropas contribuyen a atemorizar a cualquiera que nos mire.

―Eso hasta puedo llegar a entenderlo. Pero ¿por qué lleváis el cabello tan tenso? ―dijo mientras se repeinaba con las manos, tratando de acostumbrarse.

―En plena batalla, tener el pelo largo puede ser un estorbo. Se nos dio la opción de llevarlo recogido o cortárnoslo como un macho. Por supuesto, yo me negué en rotundo. No te toques más. Tu madre ha hecho un trabajo magnífico con tu peinado.

―Los echo mucho de menos.

―Supongo que separarte de nuevo de los tuyos ha debido de ser muy duro.

―Sí, mucho ―añadió la inglesa, bajando la mirada al trozo de pan hecho de manos de su propia madre.

―Entiendo que estés triste por muchas razones; sin embargo, creo que no te das cuenta de la suerte que tienes. Cuando lo desees, puedes volver a su lado. ―Los ojos de Nîga de empañaron―. Tu familia es… El amor que sentís no lo había conocido jamás, ni siquiera con los míos.

―Mi madre es muy especial. Es quien nos mantiene unidos y nos ha enseñado a cómo querernos.

―Te aseguro que no todas las familias son iguales.

―Me imagino.

―Pues aférrate a eso. En poco tiempo, vamos a entrar.

Si estás distraída o te sientes débil, nos capturarán.

Has venido a decirle al príncipe que es un malnacido, y me parece bien.

Es más, estoy contigo en que lo es. Pero si quieres que tenga el impacto que buscas, hazlo con la fuerza que ahora habita en tu interior, no con la de la humana que se sintió traicionada.

Ahora eres mucho más que una simple chica desvalida.

Eres la Elegida, y yo confío en que podrás salvarnos a todos.

―Nîga… ―susurró, poniendo la mano en su antebrazo―. Lamento decirte que a quien se supone que debo salvar es precisamente a los débiles humanos.

―Y a los errantes. Y también a los inocentes, pese a haber cometido atrocidades obligados por la sangre.

―A ti ―agregó despacio, interiorizando aquella idea en la que nunca había reparado.

―Y a muchos más. Créeme, hay hombres tan perversos o peores incluso que la más cruel de las bestias. Si ellos merecen Su perdón, dime ¿por qué nosotros no? ―agregó mientras se le escapaban dos lágrimas rosadas.

Alana, entristecida al verla, le secó el rostro.

―Nuestros actos nos definen, amiga mía ―le dijo convencida.

―Que el horror se convierta en tu rutina no significa que la disfrutes, sino más bien que te ves obligada a repetirla para sobrevivir. No siempre podemos elegir.

―Tal vez tengas razón.

A poca distancia, una patrulla de los Drăgoi se acercó al haber oído algo. La vampira se llevó la mano a los labios para que no hiciera ruido.

―Haz lo mismo que yo, pero no digas ni una palabra. Conozco a uno de ellos y creo que esta va a ser nuestra oportunidad para colarnos.

Nîga se puso en pie y comenzó a acicalarse, como si no le importara que la viesen. Alana se colocó a su lado y trató de imitarla.

―¿General? ―dijo el vampiro, que la había reconocido al instante.

―¿Es que en esta maldita tierra no hay manera de tener un poco de intimidad? ―soltó mirando a la Elegida. Después, se acercó a ella mucho más de lo debido para depositarle un beso en su mejilla. Sonrió y le pasó el pulgar por la comisura del labio.

―¿Quién es ella? ―preguntó el de su ejército, sintiendo curiosidad por aquel precioso rostro que no había visto nunca.

―Es mía, así que no se te ocurra mirarla, ¡escoria!

Él bajó la cabeza para no enfurecerla más. Acto seguido, los otros tres se colocaron detrás de su compañero. Conocían los duros castigos que imponía Bêwestan, y ella era su mentora.

―Disculpadme, general.

―¿Ha regresado ya Bêwestan?

―Sí, general. Lleva varios días en el castillo.

―Perfecto. Ahora, acompañadnos hasta la entrada. Total, menos discretas ya no podemos ser.

Alana, con el corazón bombeando fuerte en el pecho, se extrañó de que ninguno de ellos notase que aún estaba viva.

Supuso que el temor que los cuatro sentían por cometer un error los había distraído lo suficiente como para no reparar en ese detalle.

O tal vez sí lo hubieran hecho y hubiesen decidido que ella solo era el juguete nuevo de la vampira.

Poco importaban las razones, ellos las estaban escoltando hacia el interior del castillo y pronto se colarían para buscar a Alistair.

Xwînxwar regresó a la sala del trono justo en el momento en el que el príncipe estaba ordenando a los sirvientes que llevaran a Youngblood a sus propios aposentos.

Helmet miró su general esperando una respuesta.

―Rău no aparece por ningún lado. Nadie lo ha visto.

―No esperaba menos de él ―soltó el líder Drăgoi.

―¡Pues seguid buscando! ―ordenó Alistair mirando a Landon―. ¡Vamos, subidlo ya!