Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 31. EL LEGADO OSCURO #2
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31. EL LEGADO OSCURO #2

Rău, que los seguía de cerca, miró al príncipe y a la bastarda con una expresión de repulsión.

Parecía que la chica se había enamorado de él en solo unos pocos días, algo incomprensible.

Como vampiro, se sentía un ser privilegiado que disfrutaba de la libertad sin restricciones y estaba seguro de que atarse a otro era antinatural.

Él solo amaba a su señor, el resto tan solo eran cuerpos con los que podía sentir todo tipo de placeres.

El avance de la pareja lo sacó de aquellos pensamientos.

Sonrió para sí al reparar en que pronto vería a Abbadon y podría regresar a donde realmente pertenecía.

Nada más entrar en el enorme salón, Alistair sintió que por fin estaba encauzando su vida y portándose como un verdadero futuro rey.

Su padre, que aguardaba en el trono, lo recibió con una amplia sonrisa.

A un lado, estaban sus consejeros. Al otro, Abbadon y Helmet junto con dos de sus secuaces.

Al no ver entre ellos a Bêwestan, supuso que aún no habría regresado.

Pero ahora no iba a preocuparse por la campesina porque por fin tenía lo que se merecía.

Todos los presentes esperaban su regreso y la complacencia que mostraban en sus rostros era solo gracias a él.

―Padre ―dijo con solemnidad―, permitidme que os presente a Herleva, hermanastra de Eduardo I, duque de Normandía.

―Rey Athelstan… ―Hizo una reverencia con una elegancia exquisita y se puso de nuevo en pie junto al príncipe.

―Bienvenida a vuestro nuevo hogar… ―respondió Athelstan.

―Rău, ¿cuánto tardarán en llegar todas las tropas? ―lo interrumpió Abbadon sin la más mínima cortesía.

―Señor, al grueso del ejército le llevará al menos otros quince días. Venían de camino en barco cuando partimos de Richborough.

―Entonces, ¿quiénes os han protegido? ―gritó el líder Ursu, golpeando con fuerza el reposabrazos.

―La mitad de sus hombres.

―¿Cómo lo has permitido? ―escupió colérico.

Se puso en pie y corrió hacia él de forma tan veloz que solo Helmet y los suyos fueron capaces de verlo. Sin mediar palabra, comenzó a estrangularlo delante de todos.

―Se… señor, ¿no lo sabíais? ―trató de hablar Rău.

―Abbadon, ¡por los clavos de Cristo! ―gritó el rey.

―¡A ese ni lo menciones!

El vampiro le imprimió tal fuerza a sus manos que acabó poniendo de rodillas a su mano derecha.

El otro tosió con fuerza, sintiendo cómo su garganta estaba a punto de colapsar.

Por suerte, su amo lo soltó a tiempo. Asqueado por su incompetencia, se dio la vuelta; pero antes le propinó con saña una patada en las costillas.

―¡Inútil! ―vociferó antes de dirigirse a Helmet―. Si esto es cosa tuya…

―Yo no tengo nada que ver con tus acuerdos con el rey ―respondió en un tono sepulcral.

―Entonces, ¿por qué sigues aquí?

―No estoy dispuesto a darte ninguna explicación. Me iré cuando lo considere oportuno. Sigo las órdenes de padre, y, ahí, ni siquiera tú, puedes inmiscuirte ―añadió con rencor.

El «primogénito» de Mørket sintió unas ganas irrefrenables de arrancarle la cabeza a alguien. Estaba llegando a tal punto que no iba a importarle si mataba al rey o a su maldito hijo.

―Abbadon ―intervino Athelstan, avergonzado ante ese despliegue de locura y sinsentido―, os ruego que os tranquilicéis. Esto solo ha sido un malentendido.

El «No Muerto» lo miró con ojos profundos y oscuros como un pozo sin fondo.

Apretó la mandíbula y contrajo su expresión.

Las sombras bajo sus párpados se intensificaron, revelando claramente la cólera interna que luchaba por salir a la superficie, pero que, al mismo tiempo, trataba de retener para no comenzar una masacre.

Al ver su rostro desencajado, Helmet no se lo pensó dos veces y decidió que era mejor acabar con aquella reunión. Se acercó a él y le susurró:

―No pierdas de vista el objetivo de padre. Siempre espera lo mejor de los dos, sobre todo de ti.

―¿Por qué intentas refrenarme?

―Porque, lo creas o no, «hermano», nunca dejaré de apoyarte cuando lo necesites ―mintió asqueado.

En realidad, Helmet había sido capaz de captar mucho antes que nadie que el acceso de ira Abbadon se le estaba yendo de las manos.

Temía que terminase llamando a sus vampiros para matar a cuanto humano respirara en el castillo, y aquello entorpecería sus propios planes porque aún necesitaba la ayuda del rey Gunnar, su «amado» suegro, para mandar a aquel desgraciado al infierno, junto a su padre.

Abbadon lo miró con los ojos desorbitados, sin embargo, aquel gesto lo interpretó como un signo de debilidad y sumisión. Si Helmet podía hincar la rodilla, no veía el problema en ser benevolente. Al fin y al cabo, eran familia.

―«Querido hermano», me complace y te honra conocer tu lugar ―respondió con altanería―. ¡Rău!

―¿Señor? ―dijo, bajando la cabeza.

―Permanecerás en el castillo para proteger a los futuros esposos y acatarás todas las órdenes del rey, ¿está claro?

―Muy claro, señor.

―Ahora, me vuelvo a mi campamento. Me avisarás en cuanto conozcas la fecha de la llegada del duque ―añadió, mirando a Helmet e ignorando al rey.

―Por supuesto, «hermano» ―dijo con retintín ladeando la cabeza mientras simulaba una señal de respeto, solo que Abbadon la interpretó como una muestra de obediencia.

En cuanto se hubo marchado, Athelstan, ciego de ira, envió a Rău a las murallas hasta la noche.

Justo cuando el vampiro abandonaba el salón, el rey se volvió hacia Youngblood y le ordenó que lo vigilara.

Acto seguido, exigió tener una reunión urgente con Helmet.

Necesitaba aclarar con él aquella extraña conversación que había mantenido con el de la casa Ursu, y no podían hacerlo delante de sus consejeros o de su propio hijo.

Se disculpó con la normanda por aquella muestra de poder de uno de sus aliados, a lo que ella respondió bajando la mirada al suelo.

En el último momento, se dirigió a su futuro suegro para agradecerle tan magnífico recibimiento y le aseguró que no debía preocuparse por lo que había visto.

Ella consideraba que los asuntos del reino eran tan complicados y su experiencia tan escasa que estaba convencida de que pronto olvidaría lo ocurrido.

Alistair la miró con tal gesto de aprobación que este no pasó desapercibido a su padre.

Al fin se despidieron hasta la cena. Los tres Drăgoi acompañaron al rey a sus aposentos mientras la normanda, del brazo de su prometido, subió las escaleras hasta los aposentos que le habían sido asignados.

Landon, cuyo humor había empeorado de forma notable conforme dejaba atrás a su pupilo y a aquella chica, que le daba mala espina, pensó que la vida, tal y como la conocían, había desaparecido por completo.

El frío de la tarde le traspasó en cuanto puso un pie en la muralla.

Al fondo, el vampiro estaba alimentándose sin pudor de uno de los soldados.

Parecía que no le importara si lo veían o no. Un gesto que lo enervó al instante.

Miró al resto de soldados y, sin duda, también los había sometido. Supuso que aquel era el primero del que le había dado tiempo de alimentarse, ya que no había tardado mucho más que él en subir.

―¡Libéralo ahora mismo, escoria! ―exigió Youngblood, sacando la espada.

Rău sorbió cuanto quiso y después, con parsimonia, lamió las incisiones.

No lo hizo porque le importara la vida de aquel infeliz, sino más bien por la orden explícita que le había dado su amo sobre no matar a nadie.

Necesitaba a todos los soldados para la guerra y, como general experimentado que era, sabía que incluso un solo hombre podía suponer la diferencia entre ganar o perder.

Aun así, no se molestó en disimular sus actos y empujó al joven a un lado. Lo hizo con tal desprecio y fuerza que el chico acabó dándose de bruces con el muro de enfrente.

―¿Tú me llamas escoria? ―dijo arrastrando cada palabra.

―Sí, esc…

Rău se movió hacia él como una exhalación y apretó su cuello hasta que logró impedirle respirar.

―Sé que no debería matar a ningún inglés ―se acercó a su cara e inspiró con un gesto de desprecio para olerlo mientras giraba la cabeza de un lado a otro―, aunque creo que contigo haré una excepción.

Sin darle tiempo a entender a Youngblood qué era lo que estaba a punto de hacer, el vampiro lo lanzó por la muralla sin hacer apenas esfuerzo.

Landon trató de gritar, pero le había apretado tanto la garganta que solo pudo emitir un leve quejido durante el poco tiempo que tardó en impactar contra el suelo.

El rey discutía con Helmet cuando un sirviente los interrumpió mientras gritaba que el capitán Youngblood tenido un accidente y se había caído desde la muralla. El príncipe, que iba de camino hacia la alcoba de su padre, oyó desconcertado lo que balbuceaba el pobre chico a duras penas.

Athelstan salió corriendo seguido por los tres Drăgoi. Alistair los interceptó a mitad de camino.

―¿Qué ha ocurrido, padre? ―preguntó el heredero, que aún sentía un gran aprecio hacia el hombre que había sido su tutor desde pequeño.

―Dicen que Landon se ha caído desde la muralla.

―¡Pero eso es imposible!

El rey no se detuvo a discutir con él, sino que le instó a correr para tratar de socorrerlo.

Helmet seguía de cerca al príncipe, que fue el primero en llegar. Lo que vio, hizo que todo su mundo se le cayera a los pies. Landon tenía abierta la cabeza y escupía sangre mientras trataba de decir algo.

Alistair se arrodilló a su lado y lo sujetó entre sus brazos.

―¿Qué ha ocurrido? ―dijo entre lamentos, pero sin derramar ni una sola lágrima.

Él pobre infeliz no pudo responderle porque se estaba ahogando en sus propios fluidos. Se le escapaba la vida y faltaba muy poco para que la muerte se lo llevara.

―Príncipe, no sobrevivirá ―aseguró el vampiro.

―¡Por supuesto que sí! ―gritó―. Lo necesito, ¡no puede morir!