Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 31. EL LEGADO OSCURO
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31. EL LEGADO OSCURO

A l anochecer, Alistair, Rău y Herleva, acompañados de los vampiros, se detuvieron en Canterbury para pasar la noche.

Los normandos esperarían a las afueras hasta el siguiente amanecer.

El general aprovechó para enviar a cuatro de los suyos hacia el castillo, quería avisar con tiempo de que ya estaban de camino.

Aquella deferencia no iba destinada a satisfacer al rey, sino a Abbadon.

Su amo debía conocer cuanto antes que el duque había cumplido su palabra y la mitad de sus hombres ya marchaban hacia las tierras de Athelstan.

Ricardo esperaría a que el resto llegase en los próximos días, por lo que las nupcias entre el príncipe y su hermanastra se retrasarían, como mínimo, hasta su llegada.

El vampiro Ursu no tenía conocimiento alguno de que esa no fuese la información correcta.

En todo momento, había dado por sentado que ese era el trato, pero Athelstan, intencionadamente, había engañado a Abbadon.

La realidad era que no podría disponer de todo el ejército hasta la siguiente luna.

O incluso un poco más, con las consecuentes demoras para ejecutar sus planes.

Por otra parte, aunque el obispo ya había sido avisado de que tendría que oficiar el matrimonio sin demora, no dudó en responderle al mismo rey que únicamente él decidiría cuándo podría celebrarse.

Se acercaban unas fiestas paganas que no soportaba y que consideraba una afrenta directa al Altísimo.

Athelstan ya conocía su reticencia de que los no creyentes restaran importancia a un acto tan importante y sagrado, por lo que aplazaría los esposales lo que fuese necesario para no coincidir, ya que de ningún modo podía consentir que ambos ritos se realizaran en el mismo día.

El rey, dada la insistencia del líder Ursu, lo había incentivado con una donación muy generosa, pero el insufrible devoto le había respondido en una misiva que ni todo el oro de Inglaterra sería suficiente para hacerlo cambiar de opinión.

Él era el representante de Dios en la tierra; y todos, incluso el rey, tendrían que esperar a cuando él considerase oportuno.

Abbadon había puesto el grito en el cielo y amenazado a Athelstan con quitarse de en medio al maldito obispo sustituyéndolo por uno de los suyos.

Sabiendo de antemano cómo este reaccionaría, Helmet le había dado la clave para aplacarlo porque sabía donde más le dolía.

De este modo, el rey se había enfrentado a él diciéndole que necesitaba un sucesor y que los normandos sospecharían demasiado si el mitrado moría justo ante de las nupcias.

Y si se echaban atrás con la alianza, eso solo empeoraría la situación.

El «No Muerto» había terminado cediendo, aunque pronto entraría en cólera al conocer la verdad y cometería un error. Athelstan y el Drăgoi lo sabían, algo de lo que estaban disfrutando en secreto mientras su hijo regresaba con la bastarda.

Como en las noches previas, Herleva quiso compartir unos instantes antes de irse a dormir, solo que sus intenciones quedaron en nada al ver que Rău entraba en la habitación del príncipe acompañado de dos sirvientas.

Aquello la enervó, puesto que llevaba calentando al heredero durante días para que ahora de desahogara con las primeras rameras que pudiera pagar.

Decepcionada consigo misma por no haber sido capaz de interesarle lo suficiente, regresó a su habitación y cerró de un portazo.

Para su desgracia, Alistair no prestó atención, ya que estaba mucho más entretenido bebiendo de cuello de una de ellas mientras la otra, de rodillas, lo satisfacía.

El resto de la noche avanzó sin ningún contratiempo.

Al alba siguiente, retomaron camino hacia el castillo.

El príncipe saludó con efusividad a su prometida y ella, en respuesta, le dedicó la mejor de sus sonrisas impostadas.

Pronto sería la reina de Inglaterra y pondría en marcha sus planes y los de Blanchard, su sibilino cómplice.

Un estúpido inglés no destruiría sus sueños y, menos aún, iba a impedirle cumplir con su deber.

Al amanecer, Alana y Nîga volvieron a repasar con Vidar el camino de ida al castillo.

El de la casa Eide volvió a ofrecerles que algunos de los suyos las acompañaran, la Elegida lo rechazó de nuevo.

Eso solo las retrasaría, y era mucho más sencillo que dos campesinas pasaran desapercibidas en vez de todo un séquito.

Pese a que no estaba de acuerdo con su decisión, el errante quedó muy satisfecho al comprobar que las dos habían memorizado el plano y que habían repetido sin equivocarse las cuantiosas referencias que les había facilitado para evitar que se perdieran.

Más tarde, Eirik las hizo llamar y le entregó a Alana un uniforme Drăgoi para que pudiera pasar por una de ellos. Se despidió de ambas, recordándole a la Elegida que solo le concedería diez días para regresar; de lo contrario, movilizaría a todo su ejército para rescatarla.

Portando un zurrón cada una, lleno de comida para que Alana pudiera alimentarse, nada más salir del campamento corrieron en dirección oeste.

El sol acababa de salir, y aprovecharían todas las horas de luz para avanzar mucho más rápido por el bosque.

Les quedaban unas pocas jornadas de camino, aun así, antes de enfrentarse a Alistair, visitaría a sus padres.

Aunque fuese solo mediodía, nada ni nadie iba a arrebatarle ese tiempo con ellos.

Nîga lo sabía y había guardado el secreto.

Apreciaba a Leala y a su esposo, incluso al pequeño Wade.

Puede que regresar no fuese tan buena idea como le había parecido el día anterior, pero Helmet no merecía que ella siguiera sintiendo el temor a sus represalias ni Bêwestan que continuara escondida para siempre.

Miró a Alana y ella le devolvió una sonrisa que calentó su corazón.

La Elegida había oído sus pensamientos, así que las palabras sobraban.

―Ánimo, Hawin. Yo siempre estaré a tu lado.

La vampira asintió conteniendo las lágrimas. No sabía por qué se le había concedido aquella nueva oportunidad, pero a esas alturas no iba a perder el tiempo en pensar si la merecía.

Cuatro días después, la peculiar comitiva formada por el príncipe, los vampiros y la bastarda llegó al castillo con la retaguardia defendida por los normandos, cuyas filas sumaban casi dos mil hombres.

Al atravesar el campamento, Alistair se no se sorprendió de ver allí todavía a las tropas de Helmet.

Supuso que Bêwestan ya habría encontrado a aquella traidora y también a Alana.

Fue en ese momento cuando cayó en la cuenta de que tenía que esconderla a ojos de su prometida.

La situación podría ponerse tensa si la que había creído que era su esposa encontraba a la futura princesa.

Tendría que ponerle remedio antes de que la campesina pensara que tenía algún derecho sobre él y lo dejara en evidencia.

Chasqueó la lengua al reconocer que Landon siempre tuvo razón.

No debió realizar aquella estúpida ceremonia en la cueva.

Mientras avanzaban hacia las puertas del castillo, echó la vista atrás para poner en perspectiva cuánto había cambiado su situación.

De pronto, su anterior vida le pareció insulsa y pueril.

Se preguntó por qué se había encaprichado de una mujerzuela cuando su deber era llevar la corona.

La única respuesta coherente que encontró fue que la sangre caliente de los hombres les impulsaba a tomar gran parte de sus decisiones únicamente en base a satisfacer sus cuerpos, pero ¿y después?

Miró a Herleva, que le devolvió un rostro cansado aunque feliz por estar junto a él. Se acercó a su caballo y la tomó de la mano para darle un beso en el dorso.

Por fin habían llegado a su futuro hogar, y no podía esperar para compartirlo con ella.

―¿Os gusta? ―le preguntó, sintiendo algo parecido a la emoción.

―¿Gustarme? ¡Es soberbio! Lamento deciros que vuestras palabras se quedaron muy cortas para describir la grandiosidad de vuestro castillo.

―Mis dominios, mis vastas tierras… Cuando seáis mi esposa, recorreremos Inglaterra para que podáis apreciar cuan poderoso soy.

―Me encanta la idea, mi señor. No sé cómo podré agradeceros todo lo que habéis hecho por mí. ―Ladeó la cabeza para mostrar sumisión―. Sois muy generoso y atento ―agregó con un tono dulce, pero que escondía un asco profundo por el heredero y su endiosada petulancia.

Sus palabras lograron el efecto deseado e hincharon la vanidad de Alistair, que ya de por sí estaba demasiado inflada desde que Rău le había enseñado a robar la voluntad de los hombres para obligarlos a cumplir la suya.

A esto debía añadir la satisfacción que sentía porque aún no había necesitado ejercer su dominio sobre ella.

Y es que la muchacha era muy diferente al resto.

No empleaba artificios, su sumisión era real; y eso lo estaba conquistando.

Estaba convencido de que Herleva era pura de corazón y todo cuanto hacía o decía lo expresaba libremente; lo que complacía aún más su arrogancia, puesto que no albergaba ninguna duda de que lograría de ella cuanto se había propuesto sabiendo que lo haría por placer y no bajo el influjo de la sangre.

Al llegar al patio de armas, bajaron de los caballos y Alistair le ofreció su antebrazo. Ella lo aceptó, curvando sus labios en una sonrisa de complacencia ensayada minuciosamente.

―¿Estáis preparada? ―preguntó el heredero mientras elevaba el mentón. De pronto, sintió la necesidad de que su padre estuviera orgulloso de él por haber cumplido con su deber.

―A vuestro lado, siempre.