Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 31. EL LEGADO OSCURO #5
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31. EL LEGADO OSCURO #5

―Oh, mi dulce Alistair ―respondió melosa, apoyando la mano en su mejilla―.

No tengo nada que perdonaros. Vuestro tutor está muy grave, es normal que la desesperación inunde vuestro enorme corazón.

Sois tan magnánimo y considerado, que jamás podría teneros en cuenta unas palabras dichas en un momento de preocupación y dolor.

―Sois muy comprensiva. Vais a ser una esposa extraordinaria.

―He de confesar que ya os amo, Alistair ―dijo ella, bajando la mirada―. Sé que nuestra unión es un acuerdo, pero sois un hombre maravilloso y me siento muy afortunada por convertirme en vuestra esposa.

―¿Me amáis? ―preguntó con vanidad.

Ella asintió sin poder contener una emoción que a ojos del inglés pareció cierta.

―¿Es algo malo? ―respondió ella fingiendo una expresión de absoluta vergüenza.

―No, querida. Creo que yo también comienzo a sentir algo por vos.

De pronto, el silencio dio paso al sonido inconfundible de unos labios posándose en otros. Alana, incapaz de asimilar lo que estaba ocurriendo, separó los suyos mostrando así su desconcierto.

Justo en ese momento, Nîga apareció. Extrañada de verla aún en el pasillo, se acercó a ella.

―¿Qué ocurre? ―susurró tan bajo que solo ella pudo oírla.

―¡Vámonos! ―dijo tirando de ella.

―¿Por qué?

La Elegida no respondió, sino que, a la carrera, deshizo el camino que llevaba a la alcoba de donde lo habían visto salir. Sin esperarlo, se dio de bruces con Helmet, quien cayó al suelo al no esperar semejante impacto.

―¡Nîga…! ―casi balbuceó al verla―. Y tú eres… la campesina.

―No, Helmet. Yo soy…

La vampira le dio un fuerte tirón del brazo para que se detuviera.

―Ella era la verdadera esposa del bastardo del heredero. ¿Has sido tú quien lo ha convertido? ―escupió con rabia.

―Mi querida Nîga, tan peleona como siempre. Después de tu rebeldía, no debería decírtelo. Pero no, no fui yo, sino Abbadon.

―Peor me lo pones ―respondió ella, asqueada―. Ahora, deja que nos marchemos.

―Antes querría hablar contigo.

―¿Hablar o torturar?

―Sé que nunca has confiado en mí, pero lo que tengo que decirte estoy seguro de que te sorprenderá.

La Elegida le dio la mano para ayudarlo a ponerse en pie. Al tocarlo, decenas de imágenes inundaron su cabeza, haciéndola ver un pasado que se suponía que era imposible.

―¿Qué ocurre, Alana? ―La hizo girarse, preocupada al ver cómo había reaccionado al tocarlo.

Ella se separó de la Drăgoi y caminó un paso hacia el que había sido durante milenios su líder. Ante el estupor de Helmet, ella colocó la mano en su antebrazo. Después, miró a Nîga y volvió a posar sus ojos en él.

―Despierta lo que está oculto en tus recuerdos…

Helmet cerró los ojos de golpe y, al igual que le había sucedido antes a Alana, cientos de recuerdos volvieron en tropel para hacerle ver quién era realmente y por qué había estado obsesionado con Nîga desde que la vio por primera vez.

―Tú… Nîga eres… como ella ―susurró, dejando caer una lágrima por primera vez desde que Mørket lo convirtió miles de años atrás―. Tu rostro es igual al de… ¡Eres su viva imagen!

―Así es, Helmet. Aunque no te sea fácil, trata de asimilar la verdad que te he mostrado.

―¿Qué dices, Alana? ―preguntó la vampira impactada por esa revelación―. ¿De qué verdad estás hablando?

―Eres su descendiente, Nîga. Tu linaje es el suyo.

―¡Mientes! ―la acusó, apartándose.

―Sabes que no ―agregó con tristeza. Después, se giró hacia él―.

Nuestros caminos volverán a encontrarse, aunque no será hasta dentro de mucho tiempo.

Ganaréis esa batalla, sin embargo, tendréis que tomar una difícil elección cuando llegue el momento.

Dejaos llevar por el corazón, Helmet, aunque vuestra mente os exija lo contrario.

El líder Drăgoi, pese a todo lo vivido, no pudo reaccionar a tiempo para responder a la Elegida.

Mientras veía cómo «su hija» se iba alejando en todos los sentidos, lamentó no poder expresar lo que le estaban mostrando la avalancha de pensamientos que ahora, inexplicablemente para él, veía de forma nítida.

Nîga, incapaz de aceptar que lo que ella acababa de decir era cierto, también se quedó paralizada. Alana asintió una vez hacia el vampiro, que tenía la misma expresión de desconcierto que su lejana nieta. Sin más, pasó por delante de él y se llevó consigo a Nîga.

Mientras tiraba de su compañera para salir del castillo, la inglesa se preguntó qué más dones podría poseer, aunque ahora eso no importaba.

La general, desconcertada y furiosa al mismo tiempo, corría a su lado con los puños apretados mientras trataba de impedir que las lágrimas tomaran las riendas de la situación.

―Nîga…

―¡No!

―Está bien ―aceptó la Elegida, sintiendo en su corazón toda la rabia y la desesperación de la frágil chica que tenía a su lado.

Las dos continuaron avanzando de vuelta al campamento de los errantes sin prestar atención al camino.

Ambas ya lo conocían de memoria, así que se internaron en el bosque mientras la vampira lloraba por dentro y Alana aceptaba que atrás dejaba el último resquicio de humanidad a la que llevaba aferrándose desde su transición.

De ahí en adelante solo sería la Elegida y lucharía contra Mørket hasta su último aliento.