Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 30. NO NECESITO VUESTRO PERMISO
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30. NO NECESITO VUESTRO PERMISO

C uando Eirik entró en la carpa, sus dos más fieles errantes ya estaban esperándolo mientras repasaban las zonas que cubrirían en las próximas jornadas.

El Šāhanšāh mostraba un semblante sobrio y atormentado.

Los generales lo saludaron con una inclinación de cabeza y esperaron a que él comenzara la conversación que iba a determinar el futuro de aquella bruja.

―El pasado vuelve a llamar a nuestra puerta ―dijo para romper el silencio.

―Mi rey, ambos pensamos que es un error encarcelarla. Estamos convencidos de que ya habrá hecho sucumbir a alguno de los nuestros ―comentó Vidar con signos evidentes de preocupación en su rostro.

―He acordado con Leifur hacer relevos cada poco tiempo, pero no sé cuán poderosa se habrá vuelto ―intervino Gudrun.

―Yo tampoco lo sé. ―Se detuvo un momento―. Sigo sin entender cómo una errante ha podido traicionarnos de esta manera. Por el Creador, ¡si siempre la he querido como si fuese mi propia hermana!

―Ese es el problema, Eirik ―terció su mano derecha―. Ella nunca te vio como a un hermano.

―Hemos de asegurarnos de que entre nosotros no exista nadie con sus mismos dones.

―Eso lo llevamos haciendo desde que nos lo ordenaste. ―Gudrun asintió para reforzar sus palabras.

―Sigo sin comprenderlo. Brina también es descendiente de una Parêzvanan…

―Y ambas son nieta de una Drøm ―lo interrumpió Vidar―. Eso significa que puede crear realidades y también el campo de protección que nos mantiene a salvo ―puntualizó―. Y es lo que lleva haciendo Nessa desde que supo que podía.

―Ningún Drøm jamás ha sido capaz de crear realidades en la mente de ningún errante ―replicó Eirik.

―Pero ella sí. ―Gudrun estuvo a punto de escupir en el suelo, pero se reprimió.

―¿Qué haremos con ella? ―preguntó el de la casa Eide.

―Como a todos los errantes, le daremos la oportunidad de pedir perdón.

―Eirik, ¿estás seguro de eso? ¿Qué opina Brina de tu decisión?

―Fue ella la que, en un momento de debilidad, me lo pidió anoche; aunque esta mañana ha jurado que la matará con sus propias manos si empieza a notar algún cambio en mí.

―Entonces, ¿qué quieres que hagamos? ―preguntó Gudrun.

―Hace poco, una vampira me ha mostrado que mi forma de proceder no distaba mucho de la de su amo. Le daré una única oportunidad a Nessa. Si se arrepiente y quiere volver a formar parte de nuestro pueblo, ellos decidirán si la aceptamos o no.

―Es una decisión desacertada, Eirik. Si de algo te sirven mis consejos, por favor, échala de aquí o acaba con su vida. Es muy peligrosa. Si fuese capaz de nublar la razón de Alana, condenarías a todas las razas a la extinción. ¿Qué ves en tus visiones? ―insistió el de la casa Strøm.

―A los Ragnarsson se nos ha arrebatado nuestro don en pro de las decisiones que tome la Elegida.

―¿Cómo? ―dijeron los dos al mismo tiempo.

―Mis visiones han desaparecido. Ahora deberemos confiar en que Alana sea capaz de guiarnos a la victoria.

En ese momento, un guerrero anunció que la Elegida, Nîga y León solicitaban audiencia. Él los hizo pasar al momento.

Al verla, los tres se pusieron en pie.

―Rey Eirik, siento molestaros ―expresó ella con reparo al ver allí a sus generales.

―Sois siempre bienvenidos. ¿Qué puedo hacer por vosotros?

―Nada en realidad. Solo vengo a informaros de que Nîga y yo partiremos hoy hacia el castillo de Athelstan.

―¡No puedo permitiros cometer semejante desvarío!

―Confundís mis palabras. No necesito vuestro permiso para irme. Solo, por deferencia a vos, os estoy adelantando lo que voy a hacer. Ella ―agregó mirando a la vampira―, me acompañará.

―Alana, el pueblo errante y los humanos dependen de vos. Si morís por un capricho, nos condenáis a todos.

―Eirik ―le respondió en el mismo tono―, aún no comando a vuestro ejército; pero creedme cuando os digo que llegará el día que lo haré. Siento que no entendáis mis motivos…

―¡Claro que lo hago! ―la interrumpió, apoyando las manos en la enorme mesa mientras echaba el cuerpo hacia delante―. Quieres ver a Alistair… ¿Para qué?

―No os debo ninguna explicación, aun así, os diré que he de ver con mis propios ojos que aquel que fue mi marido camina al lado de los «No Muertos».

―Mis errantes no mienten.

―Jamás dudaría de ellos, pero he de verlo por mí misma.

―¿Qué puedo hacer para que cambiéis de parecer?

―Nada, sin embargo, agradecería un poco de comprensión por vuestra parte.

Eirik miró a sus generales, que estaban convencidos de que el caos que había desatado Nessa no acababa nada más que empezar.

―Señor, dejad que una docena de los míos las acompañen ―sugirió su mano derecha.

―También podrían acompañarlos otra de los míos ―añadió Gudrun.

―Os lo agradezco a ambos, aunque no será necesario. Rey Eirik, debéis confiar en mis decisiones. En menos de diez u once días estaremos de vuelta.

―¿Y si os capturan? León, ¿tú qué dices de todo esto?

―Yo estoy de vuestra parte ―respondió él―.

Llevo tratando de hacerla entrar en razón desde que me lo ha dicho.

Por desgracia, no he sido capaz. Rey Eirik, no está en mi mano ni en la vuestra cambiar su destino.

Es el Creador quien guia sus pasos, así que confío plenamente en lo que ÉL ha decidido para Alana.

Todos enmudecieron ante dicha declaración. Sus palabras eran irrefutables, sin embargo, dejarla ir iba a ser lo más difícil que se le iba a pedir al rey errante en mucho tiempo.

―Está bien. Solo os pido que, antes de marcharos, permitáis que Vidar os haga un plano y os explique cómo llegar. Por favor, aguardad un día para que os pueda enseñar la ruta.

Nîga la miró mientras asentía. Su destreza para encontrar el camino era casi nula.

―De acuerdo, partiremos mañana.

―Y después solo os daré diez días, Elegida. Ni uno más.

Ella sonrió ante su orden, que le pareció más un ruego que una imposición.

―Os doy mi palabra. Regresaremos en diez días.

―Ella estará tan en peligro como vos ―dijo el Šāhanšāh mirando a la vampira.

―Yo la protegeré. Esperaremos a vuestro guerrero en su tienda ―agregó mirando a los dos. Después, se volvió hacia Eirik con una expresión firme―. Cuidaos hasta mi regreso de la que ahora ocupa una de vuestras celdas. Antes de lo que creéis, su poder estará de nuestro lado.

―Perdonadme, lo dudo mucho; aunque, por vuestra expresión, veo que pensáis de forma distinta. Decidme, ¿cómo podéis estar tan segura?

Ella sonrió, sin embargo, no le dio respuesta alguna. Tras una leve inclinación de cabeza, se marcharon. Contaban con un día para memorizar el camino. Después, correrían más rápido que el viento, poniendo al límite sus fuerzas, para llegar al castillo.

Brina había intentado sin éxito prestar atención a Asvoria. Su hija mayor estaba muy preocupada por ella desde la noche anterior y llevaba intentando distraerla desde que había visto a su padre salir con cara de preocupación.

Las jóvenes que vestían a la reina acababan de dejarlas a solas. El intrincado recogido y el delicado vestido con la que le habían ayudado a acicalarse le traían sin cuidado. Desde que había visto a su hermana, todo había perdido su brillo y alegría.

En ese punto, tenía dos opciones: o permanecía lamentándose por lo ocurrido o podía coger las riendas y enfrentarse a la que había odiado durante tanto tiempo.

Al fin y al cabo, ella también era una Parêzvanan y descendiente de una Drøm.

Jamás había intentado crear una ilusión, sin embargo, desde que había vuelto a verla, algo se había removido en su interior.

Quizás fuese la rabia o la determinación de no permitir que la historia se repitiera.

Por un motivo u otro, acababa de tomar una decisión y estaba dispuesta a llevarla a cabo hasta las últimas consecuencias.

―Madre, ¿os encontráis bien? ―preguntó con voz dulce Asvoria.

―Hija mía, te agradezco lo que están intentando hacer; pero debo ir a hablar con vuestro padre. Debo arreglar esta situación antes de que regresen Thyra y Oskar.

―¿Es cierto que ella es nuestra tía? No la recuerdo.

―Erais demasiado jóvenes, cariño.

―¿Tan mala es?

―La maldad penetra en nuestros corazones si le damos la oportunidad. En su caso, deseó a alguien que no estaba destinado a ella. El dolor y la rabia por ser rechazada moldearon su alma. Tu padre y yo tratamos de que lo entendiera, pero su venganza fue aún más cruel.

―¿Qué hizo?

―Prometo que te lo contaré en otro momento ―dijo colocándole la mano en la mejilla―. Ahora debo irme. ―Se dirigió a la salida. Antes de abrir las tupidas cortinas, se dio la vuelta―. Asvoria…

―Sí, madre.

―Jura por el amor que nos profesas que no te acercarás a las celdas. Por mucho que tu mente te lo pida, por mucho que tu corazón te ruegue satisfacer ese deseo.

―Por supuesto, madre.

―Aun así, tu padre dará orden de que ni tus hermanos ni tú podáis entrar en los dominios de los Fengsel. Escribe de tu puño y letra con fecha de hoy que, con pleno conocimiento, se te ha ordenado que no pises esa zona. ¿Lo harás?

―Claro, ahora mismo.

Brina se acercó a ella y la besó en la frente como solo una madre puede hacerlo, transmitiendo todo el amor que se siente en un gesto tan nimio y efímero, pero con una perdurabilidad infinita.

―Te amo más que a mi vida. Protégete de cualquier pensamiento que te exija ir en contra de lo que siempre has rechazado.

―¿Ella puede controlar…?

―Todo. Tus anhelos, tus recuerdos… Incluso, si se esfuerza lo suficiente, lo que estás viendo.

―Es una bruja.

―Es una errante con más dones de los que se merece.

―Me cuidaré mucho, madre.

―Si te ves en peligro, utiliza cuanto sabes para ponerte a salvo. Eres una Ragnarsson, pero también una Parêzvanan. En tu interior, vive el campo de protección. Reza con fe y él vendrá a ti.

―Al igual que padre, he dejado de tener visiones. ¿Crees que podré generar ese campo?

―Mi vida ―dijo sujetándole de nuevo la mejilla con su mano―, no hay nada en este mundo que la fe no pueda conseguir. Y yo tengo fe mucha en ti.

―Te quiero, madre.

―Y yo a ti. Aguarda aquí, regresaré pronto.

―Está bien.