29. NO DEJARÉ QUE VENZA #3
Nessa, que durante siglos había sido la confidente de su hermana mayor, sin motivo alguno, comenzó a perder la cabeza.
Hablaba de que el mejor errante que había existido nunca era Eirik.
Alababa sus facciones, su musculoso cuerpo, incluso sus siempre acertadas decisiones.
Día tras día, como una gota insistente que con constancia es capaz de agujerear la roca más dura o como una serpiente sibilina que se esconde en la sombra, comenzó a sembrar la duda entre los suyos, haciendo que creyeran que era ella quien debió ser la pareja designada por y para rey.
El otro rumor que se atrevió a inventar fue que él erraba en sus visiones, haciendo aún más probable que no hubiese visto con claridad que ella, y no su hermana mayor, era la verdadera reina de los errantes.
Se escudaba en que las dos eran muy parecidas, y dado que su líder ya había cometido errores al ver el futuro en otras ocasiones, lo más probable había sido que las confundiese, haciendo de su vida un infierno porque ella lo amaba.
Las habladurías proliferaron a un ritmo que hizo imposible mantenerla entre ellos.
Por primera vez desde que fueron creados, Vidar y Gudrun le expusieron a Eirik que no veían otro remedio más aceptable que expulsarla por insurgente; pero él se negó en rotundo, algo que ni siquiera Brina pudo comprender.
Durante los siguientes cinco años, levantaron en Wessex una fortaleza en la que, en el segundo nivel, los barrotes fueron forjados con acero himmelsk para encerrar a cuanto vampiro encontraran en la zona.
Abbadon y Helmet desaparecieron en el este, lo más seguro para recibir órdenes de Mørket; sin embargo, un flujo constante de los de su ejército volvía una y otra vez a la zona, por lo que, en la década posterior, esas paredes fueron testigos de castigos terribles y de múltiples asesinatos.
Mientras tanto, la estabilidad de la relación sagrada entre Eirik y Brina comenzó a resquebrajarse.
Las continuas imágenes que se le mostraban amando a otra mujer, la que de verdad tenía que ser su esposa, lo atormentaban a diario.
A eso había que añadir que la imprecisión en el resto de sus visiones se hacía más y más frecuentes.
A esas alturas, todo parecía apuntar a que el Šāhanšāh había cometido un error.
Uno imperdonable con Brina; pero sobre todo con Nessa, la verdadera errante designada a ocupar el trono junto a él y que debió haber sido la madre de sus cuatro hijos.
El pueblo errante compadecía a la joven, que llevaba sufriendo sin quejarse más de lo que nadie podría soportar, y eso también les resultaba intolerable dadas sus creencias.
Día tras otro, el malestar general fue cociéndose a fuego lento.
Un susurro criticando la situación, un «He oído decir…
», un «Yo me moriría si mi amado estuviese con otra…
». Tanto cambió el ambiente entre los suyos que Brina le exigió a Nessa que acabase con aquel encantamiento o ella misma se encargaría de sacarla a patadas por bruja.
La joven Parêzvanan negó aquella calumnia; sin embargo, Eirik, atormentado por el dolor que su esposa sentía, decidió hacerle caso y le ordenó a Vidar que la llevara a las mazmorras.
Casi diez siglos más tarde, se presentaba ante ellos después de que los hizo creer que habían acabado con ella; pero, así como el mal regresa sin dar explicaciones, igual lo había hecho Nessa para quebrar su espíritu y reclamar algo que jamás iba a concedérsele.
―… ¡Me juraste que había muerto! ―gritó Brina una vez más.
La reina se había pasado desde que llegó a su tienda repitiendo lo mismo, como si no pudiera salir que aquel círculo de desesperación y de reproches continuos.
―Ya te lo he explicado cien veces… ¡Eso creímos!
―¿No esperasteis?
―¿A qué? ¿A que su cuerpo inerte flotara bocabajo? No, Brina. No lo hicimos porque nadie puede resistir tanto tiempo bajo agua. La turba debió de tragársela.
―Está claro que no porque la que nos ha hablado de muerta tiene bien poco. ¿Por qué el primogénito de Thyra?
―¡No lo sé! Aquel día, Vidar, Gudrun y yo dijimos tantas locuras que no podría enumerártelas. Además, la palabra que di no tiene valor. ¡Ella nos hechizó y obligó a hacer promesas que jamás cumpliremos!
―Tal vez, pero volverá a socavar nuestra voluntad y la confianza que el pueblo te tiene.
―No lo permitiré.
―Sabes que va a ser imposible pararla. Sus dones la hacen casi invencible.
―Tú lo has dicho, amor mío ―dijo Eirik, que se acercó a ella para sujetarla de los hombros―. Casi, pero ahora contamos con la Elegida. Ella no podrá manipular su mente ni su espíritu.
―¿Y por qué piensas que no podrá?
―Porque, si lo hace, todos pereceremos.
―Esperemos entonces un milagro del cielo.
―Ya está entre nosotros, Brina. Confía en Alana. Estoy seguro de que ella es nuestra salvación.
Sin poder resistir la distancia que se había creado en ellos, la rodeó con sus brazos. Sujetó su mentón y la miró un instante antes de perderse en sus labios con el ardor de un recién enamorado, aunque también con el sosiego del que lleva amando siglos con la misma intensidad.
―Te amo, Brina. Te aseguro que no dejaré que venza.
―Si noto el más mínimo cambio en ti, yo misma acabaré con ella.
―Jamás querría perder a uno de los nuestros, pero no podemos permitir que el mal se cuele en nuestros corazones. Si llegáramos a ese punto, no me interpondré en tu camino.
Ella asintió y Eirik se despidió para retomar sus obligaciones en la tienda principal.
Estaba seguro de que su mano derecha y su segundo ya se encontraban allí.
Por desgracia, le tocaría volverá a hablar de Nessa, y comenzaba a estar arrepentido que no haber tenido el suficiente valor como para haber cercenado su cabeza cuando tuvo la oportunidad.