Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 29. NO DEJARÉ QUE VENZA #2
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29. NO DEJARÉ QUE VENZA #2

―Eso siempre, Herleva. De verdad, lamento que os sintáis tan incómoda, pero hemos de seguir avanzando un poco más. Para entreteneros, podéis pensar que, en pocos días, llegaremos al castillo y celebraremos enseguida nuestras nupcias.

―No existe mayor honor ―dijo, formando una preciosa sonrisa angelical en su níveo rostro.

Aquella frase crispó el espíritu del príncipe, aunque no supo por qué. Durante el resto de la tarde, se mantuvo en silencio tratando de recordar dónde había oído esas palabras. Por mucho que lo intentó, no logró ubicarlas en su memoria.

Poco después del amanecer, Alana regresó a antigua tienda de Thyra.

El silencio le recordó que su querida amiga ahora estaba junto a su amado, y que no regresarían en toda una semana.

Los esposos se merecían unos días apartados de todos para conocerse y deleitarse con la nueva vida que compartirían para siempre.

Se tumbó un momento sin poder resistir la agonía que la estaba corroyendo por dentro.

Cuanto había perdido y sufrido no había servido para nada.

Haber entregado su cuerpo no le dolía tanto como la indolencia de Alistair al saber que su padre la había condenado.

No paraba de darle vueltas a la idea de que era imposible que él no supiera dónde la había encerrado.

Que hubiese preferido convertirse en vampiro antes que salvarla hacía que el rescoldo que aún debía quedarle de humana la estuviera destruyendo, o tal vez fuese su parte vampírica.

La ira la recorría su cuerpo como un río desbordado, arrasando con todo a su paso.

Acabó por sentarse en el lecho, puesto que se veía incapaz de permanecer quieta ni un momento más.

Masajeó sus sienes mientras se preguntaba quién lo habría transformado en un ser que jamás se detendría ante nada con tal de conseguir cuanto deseaba.

Si el príncipe estando vivo se había comportado como un egoísta, cuyas necesidades estaban muy por encima de las del resto, no quería imaginar qué iba a ser de él siendo un «No Muerto» sin corazón ni honor.

De pronto, la voz de Nîga la arrebató de unos pensamientos cada vez más sombríos.

―Alana, ¿estás ahí?

―Sí, adelante ―respondió sin fuerzas.

―Ayer León y yo nos quedamos muy preocupados al verte marchar de esa manera. ¿Cómo te encuentras?

―Como si estuviese en un precipicio. ―Se quedó mirándola con las palabras atragantadas en la garganta.

La vampira se sentó a su lado y esperó a que tuviese la suficiente entereza como para continuar.

―Él me engañó ―agregó indignada―. Me dijo un sinfín de mentiras para seducirme. Me las creí todas porque, en el fondo, deseaba que fueran verdad.

Nîga solo asintió para darle tiempo a ordenar en su cabeza lo que quería expresar.

―Cuando ella me llevó a las mazmorras…

―Bêwestan ―puntualizó la Drăgoi.

―Bêwestan… ―repitió Alana―. Creí que mi mundo se hacía añicos. Siento vergüenza de mí misma por haber confiado en su palabra y haber puesto en peligro a todos los que dependían de mí por ser la Elegida.

―Él te traicionó, no deberías sentirse así.

―Pero lo hago. Igual que, en cierto modo, me alegré de que hubiese…

―¿Muerto?

Ella asintió, bajando la mirada a sus manos, que llevaba rato retorciendo lentamente.

―¿Cómo puedo ser aquella que ha de salvarlos a todos si fui capaz de alegrarme de algo tan terrible?

―Alana, cuando oímos que él había muerto, tú ya eras una de nosotros. No sé si como humana hubieses pensado de la misma manera; sin embargo, dejaste de serlo en cuanto bebiste mi sangre.

―Esa podría ser la explicación más sencilla.

―Aunque tú no crees que ese sea el motivo, ¿me equivoco?

Ella negó despacio.

―No puedo decir que desde mi conversión haya tenido ningún tipo de compasión por nadie ―prosiguió Nîga―. Perder mi vida humana me sumió en un pozo oscuro de venganza y desprecio por todos cuanto me rodeaban. Hasta que, de alguna manera, mi sangre nos conectó, no volví a sentirme en paz.

―Me alegra mucho saberlo, Hawin.

―Sí, en alguna parte de mí aún vive Hawin; pero también soy Nîga. Aunque tengo que reconocer que, cuanto más tiempo paso a tu lado, más cerca estoy de ser aquella que todavía recuerdo.

―Tal vez sea porque Su sangre corre por mis venas.

―Puede ser… ¿Sigues enfadada con Yngvar?

―No lo sé. Por ahora, prefiero mantener las distancias.

―Creo que él está…

―No lo digas. Yo no puedo pensar en nada más que no sea regresar al castillo para comprobar por mí misma que es verdad que Alistair es un vampiro.

―¿Qué? ―dijo poniéndose en pie de golpe―. ¿Es que acaso has perdido la cabeza? No puedes volver allí, ¡te matarán!

―No puedes impedírmelo. Nadie puede.

―Alana, piensa un momento lo que estás diciendo.

―¡Llevo haciéndolo toda la noche!

―¡Pues piensa otra vez! ¿Es que crees que el rey Athelstan va a dejar que te vayas sin más? «Él» no va a defenderte.

―Lo sé, pero quiero que una vez más me diga a la cara que me mintió solo para poseerme.

―Tú sabes que es así. ¿Para qué necesitas que él te lo diga?

―Para aceptar que solo fui una más y borrar estos sentimientos que me queman por dentro. Tengo que dejarlo atrás, y solo podré hacerlo si…

El mentón comenzó a temblarle. La vampira, conmovida por su dolor, que era capaz de sentir como si fuese suyo propio, la abrazó mientras la acunaba lentamente.

De pronto, todos esos años en los que solo había pensado en aniquilar a cuanto ser caminara sobre la tierra parecían haber desaparecido de un plumazo al sentir esa fuerte conexión con ella.

―Shh… ―dijo mientras Alana sollozaba.

―¿Por qué en unos momentos me siento como si fuese un ser de otro mundo, fuerte…, decidida…, y, en cambio, en otros soy una mujer débil y desvalida que está rota en pedazos? ―susurró confusa.

―No puedo responderte a eso. Lo único que sé es que todos somos como el día y la noche. Es imposible ser imparable todo el tiempo.

―Pero yo, más que nadie, debería serlo. ―Se secó las lágrimas―. Tengo una sabiduría ancestral dentro de mí. No entiendo por qué desaparece sin más para dejarme sumida en la incertidumbre y en el caos.

―La sangre de Helmet también corre por tus venas. Puede que sea ella la que provoca esos repentinos cambios en ti.

―No lo había pensado…

―De un modo o de otro, creo que has de tener paciencia. Es lo que siento que debo decirte. Has de aprender a luchar y a defenderte antes de iniciar una guerra que tal vez no puedas ganar.

―Thyra me habló de los antiguos escritos que conserva el pueblo errante. Ahí dice bien claro que sí lo haré.

―No dudo de que en esos manuscritos se hable de profecías que fueron reveladas hace milenios, pero también creo que tal vez debamos leerlos con detenimiento antes de confiar.

―Puede que tengas razón ―Se puso en pie―. Lo haremos cuando regrese. Ahora he de ir a hablar con Eirik. Esta misma noche, partiré para Felsted. He de regresar al castillo.

En ese momento, el padre León entró sin pedir permiso, puesto que la había oído algo que debía impedir a toda costa.

―¿Qué dices, Alana? ―preguntó en un tono demasiado elevado para ser tan temprano.

―¿Es que pretendes matarnos del susto? ―se quejó ella. La «No Muerta» sonrió por la elección de palabras.

―No estoy para bromas. ¿Para qué quieres volver allí? ¿Es que quieres que te encierren o algo peor? ¿Y tú no dices nada, Nîga? ―concatenó de forma atropellada.

―León, yo le he dicho lo mismo que tú; aunque creo que ninguno de los dos logrará hacerla cambiar de opinión.

―Así es.

―Eres una insensata. ¿Sabes lo que te juegas poniéndote en peligro de forma innecesaria?

―León ―su voz sonó un tono más grave―, a estas alturas, nadie tiene poder sobre mí. Sé que aún debo aprender mucho de los errantes y de ti, pero esto es algo que debo hacer. Así que, o me acompañas a ver al rey para informarle de mi partida o te apartas a un lado.

―No puedo permitir que vayas sola, Alana. ―La detuvo un instante poniendo la mano delante de ella―. Yo iré contigo ―acabó diciendo.

―No ―intervino Nîga―. Si alguien debe acompañarla, esa seré yo. Ha llegado el momento de enfrentarme a Helmet, no puedo seguir huyendo el resto de mi existencia. He de ser libre de una vez por todas.

―Si Bêwestan te encuentra, te matará ―le respondió convencido.

―Lo dudo mucho. Mi «señor» jamás le permitiría que le arrebatase toda la diversión. Él me recibirá y oirá lo que tengo que decirle, estoy segura.

Con un semblante de preocupación, León asintió. Los tres se dirigieron hacia la tienda principal. Alana esperaba que Eirik no se opusiera a la decisión que había tomado. De todos modos, con o sin su permiso se marcharía. Alistair debía escucharla y nadie iba a impedírselo.

Eirik y Brina se habían pasado toda la noche discutiendo. Cada recuerdo doloroso los acercaba aún más al momento en que se hizo insostenible que Nessa continuara viviendo en el campamento.

Por aquella época, seguían los pasos de Xerab, al que los «No Muertos» llamaban El Enviado.

Lo habían encontrado en Judea, pero, sin razón aparente, había desaparecido.

Uno o dos años más tarde recibieron noticias de Bretaña.

El vampiro había sido visto en aquellas tierras, así que el Šāhanšāh no había dudado en desplazar a su pueblo hasta allí para encontrar al tercer «hijo» de Mørket.