Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 29. NO DEJARÉ QUE VENZA
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29. NO DEJARÉ QUE VENZA

E irik, a voz en grito, fuera de sí por oír de nuevo sus mentiras, decretó que la apresaran.

Gudrun, aunque aún no se había recuperado del todo de la impresión, ordenó a dos de sus guerreros que la llevasen de inmediato a una celda.

La reina miró a su esposo con la rabia y la desesperación instaladas en su rostro.

Después de tanto tiempo, la pesadilla volvía a comenzar; pero esta vez no estaba dispuesta a quedarse al margen.

―Brina…

―Aquí no, Eirik ―dijo con rabia contenida y se marchó hacia su tienda acompañada de Asvoria, que no entendía qué había ocurrido.

Ante el estupor de su pueblo, el Šāhanšāh cerró los ojos un instante.

Había pasado tanto tiempo desde que Nessa había desaparecido que estaba convencido de que nadie la recordaría; así que se preguntó por qué precisamente aquella noche, una de las más importantes para los suyos en los últimos años, había tenido que aparecer para estropear un ritual sagrado.

Los muchos errantes que aún permanecían en el festejo se miraron desconcertados.

Ninguno reconocía a la que su rey acababa de llamar bruja.

Por lo que habían creído entender, ella le reclamaba algo que no podía ser verdad.

Si esa extraña era la verdadera pareja designada a Eirik, ¿por qué la reina Brina había ocupado su lugar?

Aquellas palabras de la que se parecía que debía de haber sido su esposa lo habían dejado en evidencia, pero él no iba a dejar las cosas así.

Alana, que no comprendía qué estaba sucediendo, se acercó al rey para confirmar lo que le había dicho sobre Alistair. Entendía que no era el mejor momento, pero saber que él, de algún modo, seguía vivo le daba la posibilidad de decirle cuanto pensaba de lo que le había hecho.

―Rey Eirik, necesito hablar con vos sobre el príncipe.

―Alana, ahora mismo no puedo. ―Se dio la vuelta para ir en busca de su esposa.

―¿Por qué no me lo dijisteis, Eirik? ―exigió saber en un tono recriminatorio sin concederle el estatus de rey.

Él se detuvo al oír aquel reproche.

―Porque pensaba que lo sabíais ―aseguró.

Mientras ella veía cómo se marchaba tras los pasos de Brina, León y Nîga se acercaron a su lado para tratar de consolarla. Ellos tampoco conocían aquella noticia y se habían quedado tan sorprendidos como la propia Elegida.

―No puedo creer que Alistair se haya convertido en uno de los nuestros ―dijo la vampira.

―¿Pero no escuchaste de boca de los criados que había muerto? ―insistió el sacerdote.

―Y así fue ―respondió ella, girándose hacia Yngvar, que aún no se había movido de su sitio―. ¿Por qué me lo ocultasteis?

―Yo no he hecho tal cosa ―se defendió él―.

Como el rey, pensaba que ya os habríais enterado.

Eso era justo de lo que intenté hablaros aquel día.

Si lo recordáis, os dije si sabíais lo de Alistair; pero vos me detuvisteis.

Después, qué os pregunté qué opinabais acerca de que él hubiera permitido que su padre os encarcelara, aunque tampoco me dejasteis acabar.

Os estaba tratando de decir que él era un vampiro y que Athelstan era un bastardo por haberos encerrado.

―¡Pues debiste insistir en aclarar las cosas, errante! ―le recriminó Nîga, colocando, sin ser consciente, su brazo sobre los hombros de Alana para reconfortarla.

―Yo… no sé qué pensar ―susurró ella, colocando su mano a la altura del corazón―. Necesito estar sola.

Sin darles tiempo a responder, salió corriendo hacia los límites del campamento siguiendo el curso del río.

Alistair, que la había traicionado de la manera más vil, ahora seguía entre ellos. Tal y como le había dicho antes el rey, él había muerto para renacer como vampiro. En realidad, si alguna vez fue válida su unión, ahora ese vínculo había desaparecido para siempre.

Pese a ser la Elegida, la parte vampira que ahora vivía en ella tomó las riendas de su pensamiento. Llena de ira, se dijo que le exigiría una compensación; no obstante, la sangre que la había convertido en la salvadora de todos aplacaba sin descanso esa sed de venganza.

A resguardo bajo un enorme abeto, se cubrió el rostro con ambas manos mientras la corriente parecía querer llevarse sus más oscuros deseos. De pronto, supo lo que tenía que hacer. Regresaría al castillo y hablaría con él por última vez.

Youngblood jamás debió unirlos en matrimonio. Ahora, más que nunca, tenía claro que era necesario cerrar su pasado para poder afrontar el futuro que le esperaba. Y lo haría dejando atrás cualquier sentimiento hacia el hombre que había roto sus sueños en todos los sentidos.

Al alba siguiente, el príncipe el príncipe, junto con Rău y Herleva, montaban a caballo para tomar el camino de regreso al castillo.

El ejército que esperaban había desembarcado el día anterior; por lo que, tras hacer los preparativos pertinentes, se decidió que saldrían al siguiente amanecer.

En los días que habían permanecido en la fortaleza del duque, el heredero había tenido la oportunidad de conocer un poco más a su prometida.

No le había robado la voluntad todavía, puesto que no había sido necesario.

La normanda se había descubierto como una joven cándida, ingenua y recatada, menos cuando se escapaba antes de ir a dormir para darle un beso de buenas noches.

Aquella costumbre inocente, que había sucedido desde el primer día que llegaron a los dominios del infante, se había convertido en algo que Alistair ansiaba en secreto.

La ingenuidad de Herleva le proporcionaba la posibilidad de poder enseñarle cuanto necesitaba saber.

Pese a ser solo un año mayor que ella, le parecía adorable que no supiera casi nada de la vida.

Por supuesto, la joven había resultado ser muy inteligente y aprendía a una velocidad prodigiosa.

A todo eso tenía que añadir que era deliciosamente complaciente, por lo que estaba muy satisfecho con la elección de su padre.

Lamentaba no haberla conocido antes y también haberse quejado tanto por esa unión.

Ahora, que se acercaban a Canterbury, se dio cuenta que durante aquellos largos días no se había acordado de Alana ni una sola vez.

Puede que la razón principal fuese la distancia, o que era problema de la tal Bêwestan dar con ella si no quería tener que responder ante Helmet.

El vampiro aún debía rendirle cuentas a su padre, o al menos eso era lo que él pensaba.

La francesa se acercó con su montura para hablar un poco. Se moría por conocer todos los detalles de su nuevo hogar.

―Alistair, ¿aún queda mucho para llegar? ―preguntó con voz comedida pero impaciente.

―Unos cuatro o cinco días.

―¿Tanto? ―Su sorpresa logró que él riera.

―Aún nos queda mucho camino, querida.

Ella frunció el ceño de una manera adorable y se mordió el labio inferior para mostrar su disgusto.

―Es cierto, me lo habéis dicho muchas veces.

―¿Qué ocurre? ―dijo, imaginando que aquello solo era una excusa que escondía algo más importante.

―Llevamos horas en una montura y yo jamás… Mi aya y yo solemos dar un corto paseo por los alrededores del castillo, pero nunca había permanecido tanto en esta postura ―susurró.

―Disculpadme. Había olvidado que cabalgar tantas horas es muy duro. ¿Sentís alguna molestia? ―Mostró una genuina preocupación.

―Muchas. Me avergüenza reconocerlo, pero todo el cuerpo me pide que baje del caballo ―agregó, frotándose despacio los muslos con la mano que no sujetaba las riendas.

―Siento mucho oír eso. ―Su voz ronca lo delató.

Ver cómo se tocaba para aliviar el dolor lo había excitado más de lo que esperaba―.

Nos detendremos en Canterbury para pasar allí la noche.

Iremos un poco más despacio, así os será más cómodo.

Y, si lo necesitáis, haremos más paradas para que podáis estirar las piernas.

―Sois muy amable, pero ¿eso no nos retrasaría demasiado? ―preguntó fingiendo un tono de inquietud, como si que ella estropease sus planes fuese algo imperdonable.

―Nos os preocupéis, querida. Esperan nuestro regreso en unos cinco o seis días. Y siempre podemos enviar emisarios para anunciar nuestra llegada.

Ella suspiró aliviada.

―Sois tan bueno conmigo… Espero poder haceros feliz ―dijo con un hilo de voz. No tuvo más remedio que desviar la mirada a un lado mientras sus labios se unían en una mueca de desasosiego bien estudiada.

―Herleva, quiero que sepáis que vos sois todo lo que había deseado siempre en una esposa. Estoy convencido de que me haréis muy feliz.

Los labios de la normanda se curvaron en una sonrisa luminosa y perfectamente sincera, como si las palabras de Alistair hubieran sido suficientes para hacer desaparecer el peso sobre sus hombros.

―¿Y qué es lo que más os gusta de mí? ―se atrevió a preguntar con las mejillas sonrojadas.

―Vuestra serenidad, que se complementa a la perfección con mi temperamento impetuoso.

También vuestra docilidad, cualidad necesaria en una princesa que algún día se convertirá en reina.

Y, por último, estad segura de que vuestra belleza natural opaca al resto, que deberían sentirse avergonzadas por tratar de miraros siquiera.

―¡Oh, Alistair! No creo que sea digna de tantos halagos. ―Bajó la cabeza, simulando estar muy apenada.

Él detuvo su montura al instante al ver la tristeza en su rostro. Sin importarle la cara de impaciencia de Rău, se acercó a ella para elevar con delicadeza su mentón.

―Sois todo lo que he dicho y más. Subid bien alta la cabeza. Vais a ser mi esposa, y no existe mayor orgullo.

―Tenéis razón, mi señor. Gracias por tener la paciencia para decirme siempre las palabras que necesito para aprender y mejorar.

Verdaderamente, sois un gran hombre. Estoy convencida de que no existirá nunca mejor rey que vos.

―Pestañeó despacio ladeando la cabeza con un gesto de inocencia encantador.

―Bueno, será mejor que no digáis esas palabras delante de mi padre. ―Rio con ganas antes de soltar su caballo.

―No me gustaría ofenderlo; aun así, creo que os debo sinceridad.