27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #6
Con Alana era diferente. Temía decir alguna estupidez o hacerla sentir incómoda.
«Por Dios, ella es la Elegida», se regañó, aunque, en el fondo, esperaba una respuesta.
Desde que la vio aquel día en la puerta de su hogar, no había sido capaz de apartarla de su mente.
Estaba seguro de que aquello no era amor a primera vista, como si fuesen dos jóvenes inseguros que pierden la cabeza ante la más mínima insinuación.
No, lo que sentía era más profundo. Era el reconocimiento de que estaban predestinados a estar juntos, aunque la misma vida los quisiera separar.
Como errante, sabía que jamás podría haber nada entre ellos.
No obstante, en su caso, la obediencia y seguir las reglas establecidas no le habían importado nunca demasiado, así que enamorarse de la Elegida, con seguridad, era un castigo enviado del Cielo por haber sido impuro antes de que Eirik revelara su pareja designada.
―Vuestra mente está en otra parte ―dijo ella al ver su ceño fruncido y la tristeza reflejada en sus ojos.
―Lo sé, pero vos estáis allí. Siempre estáis allí ―soltó sin medir las consecuencias.
Como si el mismo Destino rechazara la idea de verlos juntos, Eirik se acercó hasta ellos con León y sus tres hijos. Sin saber de dónde, el pensamiento de que debía poner distancia entre su guerrero y la Elegida lo antes posible lo impulsó a acabar enseguida con aquella conversación.
―Alana, aún no he tenido la ocasión de preguntaros. Decidme, ¿qué os ha parecido la ceremonia? ―dijo el líder para desviar la atención de uno en el otro.
―Ha sido preciosa. El amor que se profesan ha quedado reflejado en todo momento ―dijo ella con una sonrisa forzada, comparando, inevitablemente, aquel ritual con el que Alistair y ella habían compartido en aquella cueva.
―En fin, sé que la Iglesia tiene su propio rito. Pero el nuestro tiene milenios, y nosotros somos distintos a los humanos.
―Sí, eso ya lo he visto.
―Lamento que no hayamos tenido mucho tiempo para hablar desde que comenzaron los preparativos del sjelevenner , pero quiero que tengáis presente que los míos siempre estarán de vuestro lado, incluso sabiendo que os desposasteis con el príncipe.
Aunque, ahora, esa unión ha quedado anulada al convertirse en vampiro.
―¿Qué estáis diciendo? ―susurró ella, pensando que había oído mal―. Alistair… murió.
―Bueno, en cierto modo, así es ―añadió Eirik―. Para convertirse en uno de ellos, en realidad, sí que tuvo que morir antes. Por lo tanto, sois libre de cualquier compromiso con él.
Miró a Yngvar y no encontró ningún signo de sorpresa en su rostro, por lo que entendió que ya conocía la noticia.
―¿Vos lo sabíais? ―le preguntó, horrorizada.
―Desde la noche que buscamos a la princesa y a Oskar en el castillo. Estuvimos hablando de eso cuando nos conocimos…
―No, ¡no llegamos a hablar de que mi «esposo» se había transformado en…! ―se detuvo al no saber qué decir. En ella misma existía una dualidad, así que tampoco podía decir mucho al respecto.
Escuchar de sus labios que aún lo llamaba esposo hizo que Yngvar sintiera como si cientos de escorpiones Ursu le atravesaran la piel.
―Pensaba que lo sabíais después de haber hablado con nuestro rey ―se defendió él.
Alana levantó ambas manos en señal de que había llegado a su límite.
El padre León, junto a Nîga y Asvoria, fueron a acercarse para tratar de tranquilizarla, pero su intención quedó en nada, puesto que toda la atención que todos tenían en ella se desvaneció al oír a espaldas de la Elegida una voz que solo uno de ellos reconoció.
Con un gesto delicado, Nessa hizo desaparecer el manto invisible que la cubría. Había estado ocultándose de todos desde que Vidar regresó al campamento y los vampiros Ursu se habían colado detrás del grupo de guerreros.
Tras haber oído durante días cuáles eran los planes y los temores de Eirik, decidió que había llegado el momento de mostrarse.
―Bonita ceremonia, Šāhanšāh .
―¡Nessa! ―exclamó muy sorprendido.
―Sí, embustero, ¡sobreviví! Ahora, rey de los Horrores, vengo a reclamar justicia y todo cuanto se me prometió ¡y que me debes! ―vociferó.
Eirik no daba crédito a lo qué estaba viendo. Allí, delante de él, se encontraba la errante insurrecta. Después de casi mil años, venía a pedirle aquello que había jurado que le daría si los dejaba en paz a Brina y a él.
Sin poder detener la avalancha de recuerdos sobre las torturas y engaños a la que los tres la habían sometido, buscó con la mirada a Gudrun y a Vidar, que se hallaban estupefactos al otro lado de la hoguera.
Aquella maldita bruja era la errante más peligrosa y sediciosa que había nacido, y se arrepentía profundamente de no haber comprobado que se había ahogado en mitad del lago donde la dejaron a su suerte.
Un error que pronto desataría la furia de su propia familia, puesto que Eirik, pese a haberle hecho una promesa en falso, ahora debía cumplir su palabra.
Brina, sintiendo como si el mismo infierno la estuviera arropando, se acercó a su hermana. Levantó el mentón para dirigirse a la sangre de su sangre que la había traicionado de la manera más rastrera.
―Por mucho que Eirik os prometiera a su primogénito, jamás permitiré que os lo llevéis.
―Me llevaré el primer hijo que engendre Thyra, ¿o preferís que revele las mentiras con las que os ha estado engañando la que se suponía que era mi pareja designada?
La reina no pudo soportarlo y acabó dándole una bofetada delante de todos. Un murmullo general copó la noche, que acababa de ser empañada por una revelación que era imposible de creer.