Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #5
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27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #5

Ella dejó escapar entre sus labios el aire contenido, mostrándole de ese modo que lo que le estaba haciendo había desatado algo en su interior que le suplicaba liberarse.

Sin poder resistir aquella sensación que le había hecho creer que el fuego rozaba su piel, lo separó para obligarlo a ponerse en pie.

Acto seguido, olvidando la timidez con la que había comenzado la noche, besó sus labios como si la misma vida le fuera en ello.

Oskar respondió con una pasión arrolladora.

Esa que llevaba reteniendo desde que se supo que ella lo amaba.

Thyra, incapaz de seguir alargando la separación de sus cuerpos, tiró de su túnica para deshacerse de ella. Con una sonrisa pícara, apoyó las manos en su pecho para separarse un instante.

―Tu «belleza» sí que es…

Él no dejó que acabara la frase. Con la mirada empañada por un deseo imparable, la sujetó entre sus brazos mientras arrasaba su boca con su lengua y su alma.

La llevó al lecho y la dejó con suavidad mientras se deshacía por complacerla con sus labios y sus manos. Como si la naturaleza que los envolvía estuviera conectada a ellos, el susurro de una brisa deliciosa los acompañó mientras el canto lejano de las olas creaba una dulce melodía.

Se miraron a los ojos sintiendo que todo lo que había sucedido hasta ese momento era insignificante en comparación con la sensación de sentir que todo estaba en su lugar.

No hubo dudas ni miedo. Ambos tenían la certeza de que estaban destinados a estar juntos, de que nada en el mundo podría separar lo que sus almas ya habían decidido mucho antes de ser designados el uno al otro.

Con infinita delicadeza, Oskar acarició su rostro, trazando con sus dedos una línea suave desde su frente hasta sus labios.

El tacto era tan leve que parecía casi irreal; no obstante, para ella, fue como si todo el amor que sentía estuviera contenido en esa caricia.

Thyra cerró los ojos y dejó que su mano la guiara, entregándose por completo.

Cuando sus labios se encontraron de nuevo, fue como si el tiempo se detuviera. Aquel último beso abrasador fue el comienzo de un camino sin retorno.

Oskar se acercó a su entrada y empujó suavemente.

Thyra separó un poco más sus piernas para dejarlo entrar sin restricciones.

Las errantes no eran como las humanas. La unión con su pareja designada solo daba paso al amor más profundo y al éxtasis más ardiente.

Cada movimiento, cada roce, era una promesa silenciosa que ambos se hacían.

Un juramento que no necesitaba palabras.

De pronto, un campo de fuerza los rodeó para protegerlos. La piel de Thyra comenzó a vibrar con una energía ancestral, mientras sus ojos, profundos y serenos, buscaban los de Oskar con una pasión sobrenatural. En respuesta, el errante siguió hundiéndose en su cuerpo mientras ella asolaba su boca.

La luz de la luna los iluminó, como si con ese gesto aceptara su unión sagrada. Nadie les había adelantado qué ocurriría, puesto que cada pareja designada creaba su propio vínculo. Y desde luego que había merecido la pena no conocer qué sucedería entre ellos.

Como si estuviese a punto de tocar las estrellas con la punta de sus dedos, Thyra al fin se dejó llevar. Sentir cómo se estremecía a su alrededor, provocó que él se moviera con rapidez para alcanzar su propia liberación.

Ella no pudo contenerse y acabó riéndose por la marea de sensaciones que le había provocado. Al instante, se abrazó con fuerza a su cuerpo al pensar que había estado temiendo toda su vida aquel momento.

―¿Qué? ―preguntó contrariado.

―He sido una tonta al temer que te querría de forma distinta ―dijo feliz mientras acariciaba su rostro.

―¿Y no es así?

―Sí que lo es, aunque es mucho mejor. Te amo más de lo que creía amarte. Sé que nuestro vínculo se ha completado, solo que no es eso lo que siento diferente. ―Sonrió―. No sé si soy capaz de explicarme.

―Lo haces, y yo siento lo mismo.

Oskar la besó con una mezcla perfecta entre dulzura y pasión. Después, se separó para mirarla.

―No sabía que crearíamos un campo de protección ―añadió con una expresión de sorpresa.

―Yo tampoco.

―Bueno, tu madre es una Parêzvanan; puede que hayas heredado también su don.

―Pero ya tengo el de mi padre. ¿Crees que es posible poseer… ambos?

―Puede ser, pero ahora no tengo el menor interés en averiguarlo ―dijo elevando varias veces las cejas.

Ella volvió a reír hasta que él devoró sus labios, dejando de manifiesto que su primera noche no había hecho nada más que comenzar.

Al otro lado del campamento, Alana disfrutaba de una conversación muy entretenida entre el padre León y Eirik, que estaban recordando el día en que se conocieron.

De repente, sintió cómo la piel se le erizaba sin motivo.

Giró la cabeza y sintió cómo la línea del bosque se difuminaba al ver aparecer a Yngvar.

Reía de algo con los príncipes Vagn y Thorkell, que iban señalándose brazos y piernas.

Cuando se acercaron a la hoguera para calentarse, sonrió al escucharlos comentar algo sobre los durísimos e interminables entrenamientos a los que los estaba sometiendo Gudrun.

Nîga le preguntó algo, pero ella no la oyó.

Los sonidos del bosque y las risas de los que aún disfrutaban de la bonita celebración se habían desvanecido ante la presencia del errante.

Entonces, la vampira resiguió el camino de sus ojos.

Al darse cuenta de quién le había robado la capacidad de responder, trató de ocultar una sonrisa.

La inglesa pensaba que nadie había notado su cada vez más evidente inclinación hacia aquel guerrero; sin embargo, ni Thyra ni ella habían intentado sonsacarle.

Y era comprensible que Alana no les hubiera compartido su interés por él, dado lo sucedido en las últimas semanas.

Yngvar parecía que aún no se había dado cuenta de que ella estaba al otro lado de la hoguera, por lo que Nîga aprovechó para tocarle en el antebrazo con disimulo. Al momento, la Elegida se giró hacia ella.

―Si no quieres que todo el mundo conozca tus deseos, deja de mirar al joven Knutsen ―le susurró la Drăgoi, uniendo los labios en una fina línea para tratar de no reír.

―¿Eso hacía? ―preguntó ella, pensando que nadie lo notaría. La vampira asintió―. Bueno, nunca había participado en un festejo tan especial. Supongo que no quiero perderme ningún detalle ―dijo de corazón, aunque obvió lo evidente.

―Claro, ¿y ese «detalle» del que hablas no es uno que mide cerca de seis pies y medio, tiene el cabello tan oscuro como su mirada y no deja de mirar hacia aquí?

―¿De verdad? ―preguntó con los ojos ligeramente abiertos.

―Sí, así que no te vuelvas. Mmm... Espera, ya no te está mirando a través de la hoguera.

―Ah, ¿no? ―añadió Alana, decepcionada.

―No ―se acercó a su oído―, porque lo tienes justo detrás de ti.

Nîga dejó escapar una risita muy graciosa y se separó un poco para mirar por encima de su hombro. Oírla reír hizo que pensara que tal vez la muchacha que tenía delante había debido de ser aún más risueña en otra época, pero las circunstancias la habían cambiado por completo.

Sin venir a cuento, vio cómo le guiñaba un ojo a alguien. Después, se despidió vocalizando un «diviértete» y la dejó sola para unirse a León, que, junto con el rey, habían logrado hacer reír a carcajadas a Brina y a Asvoria contándoles una anécdota en la que estaba implicado un zumo de bayas.

―Buenas noches ―dijo una voz inconfundible a su espalda.

Ella se volvió hacia Yngvar, que estaba impresionante con las ropas que había llevado en la ceremonia.

―Buenas noches, guerrero.

Se acercó a su cuerpo un poco más de lo debido.

Cuando fue consciente de la mirada de reprimenda que le estaba dedicando el Šāhanšāh, tomó una distancia más adecuada.

Asintió a su rey y se regañó por haber cometido aquella imprudencia delante de todos.

Puede que Alistair fuese ahora un vampiro.

Incluso «ella» llevaba en su sangre la maldición de su enemigo, pero eso no le otorgaba ningún derecho a perturbar la paz de su alma.

Aunque se había jurado que haría cuanto estuviera en su mano para aprovechar la oportunidad que se le había brindado, tal vez era demasiado pronto como para forzar algo con lo que su líder parecía no estar de acuerdo. Aun así, no pudo contener su lengua.

―Me gusta cómo me llamáis «guerrero…». ―Dejó la última palabra en el aire, sin saber cómo proseguir.

En realidad, Yngvar nunca había cortejado a nadie. Unne había sido la única relación que había tenido, y con ella no tuvo que esforzarse, puesto que se conocían desde siempre.