27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #4
En otro rincón del campamento, Oskar, que había llegado justo la tarde anterior, observaba el horizonte.
Su rostro reflejaba determinación, aunque en su pecho latía una expectación contenida.
Sabía que el ritual no solo uniría sus almas, sino que sellaría la promesa que le había hecho a Thyra tras besarla en el bosque.
Yngvar lo miró con respeto, consciente de lo importante que ese día iba a ser para su amigo.
Le puso la mano en el hombro y lo acompañó a otra zona del río para que repitiera los mismos pasos que había realizado poco antes su prometida.
Cerca de la entrada, los habitantes del campamento trabajaban en armonía, siguiendo las instrucciones de Eirik, que sentía un orgullo especial por su hija.
Pocos días atrás, había pedido públicamente perdón por haber sido una inconsciente.
Con la mirada fija en sus rostros, les rogó que entre todos decidieran un castigo a la altura de sus actos.
Los errantes, que eran generosos y poco vengativos para los suyos, la perdonaron por haber tenido el valor de decir la verdad, con la promesa por parte de la princesa de que, como una más, nunca volvería a desobedecer una orden de su rey.
Mientras algunas jóvenes de la casa Drøm, creadores de ensueños e ilusiones, adornaban el círculo sagrado con ramas de sauce y flores, otras de la casa Parêzvanan colocaban velas de cera de abeja en cuencos para alumbrar la ceremonia que tendría lugar a la luz de la luna.
En el aire se respiraba una solemnidad cargada de esperanza.
Todo estaba listo para el momento en que el destino de ambos se sellara, y ninguno de los dos podía esperar a que llegase el momento.
Esa noche, la oscuridad envolvía el campamento con un manto silencioso.
A su vez, el cielo, grandioso y despejado, brillaba intensamente con una multitud de estrellas, como si las mismas constelaciones quisieran ser testigos de aquel ritual sagrado.
En el corazón del bosque, donde habían levantado un pequeño altar hecho con piedras, se encontraba Eirik.
Oskar, a su izquierda, acompañado de su padre y de Yngvar, llevaba una túnica ceremonial tejida con hilos dorados.
Su rostro sereno reflejaba la luz tenue de las velas, mientras su mirada se mantenía fija en la entrada del círculo.
Tenía las manos entrelazadas frente a él, nerviosas pero firmes, sabiendo que esa noche marcaría el principio de algo eterno.
Thyra apareció poco después, caminando entre los árboles, seguida de su madre y de Alana.
Llevaba un vestido bordado con filigrana antigua, que dejaba al descubierto gran parte de su espalda.
La falda era tan fina que se movía al compás del viento, y su cabello dorado caía como una cascada de luz sobre sus hombros.
En sus manos llevaba una rama de sauce plateado, que los errantes consideraban un símbolo ancestral de sabiduría y vínculo indestructible.
Cuando sus ojos se encontraron, el tiempo pareció suspenderse. No hubo palabras, solo una conexión profunda, una que habían compartido desde que se confesaron su verdaderos sentimientos y que esa noche quedaría sellada para la eternidad.
Desprendiendo el amor que ya sentían el uno por el otro, se acercaron al centro del círculo.
Un precioso cuenco tallado, colmado de agua cristalina, reposaba sobre la piedra sagrada que había pertenecido al pueblo errante desde el principio de los tiempos.
La luna, alta en el cielo, parecía iluminar exclusivamente aquel espacio donde se encontraban los futuros esposos.
Sin dejar de mirarse, los dos se arrodillaron, uno frente al otro, y hundieron al mismo tiempo sus manos en el cuenco bendecido por el rey, como un gesto simbólico de purificación.
Al sacarlas, el agua cayó de entre sus dedos, regresando de esta manera a la tierra, como si devolvieran al mundo una parte de lo se les había entregado.
Después, Oskar unió su palma con la de Thyra, mostrando a todos que la pureza de sus almas era indiscutible.
Eirik, testigo del ritual, se acercó a ellos portando un cayado de roble adornado con gemas translúcidas. Su voz resonó suavemente en el aire, como un murmullo que parecía salir del mismo viento.
―La unión de dos errantes designados por el Destino no es solo un pacto de amor ―dijo con emoción mientras alzaba aquel objeto hacia el cielo―.
Vuestras vidas acaban de entrelazarse, y la luna ha sido testigo.
Esta noche, en este lugar sagrado, vuestras almas serán una sola, como lo fueron al principio de los tiempos.
Oskar, Thyra, delante de nuestro pueblo, os uno para toda la eternidad.
Que mis palabras lleguen a todos los confines de la tierra y el cielo, porque nada ni nadie jamás podrá volver a separaros.
Eirik posó con suavidad el cayado sobre sus manos entrelazadas, haciendo que ambos sintieran cómo sus corazones se acoplaban aún más, como si estuvieran hechos de la misma esencia.
El joven Isaksen la miró con devoción antes de depositarle un suave beso. Cuando sus labios se tocaron, una sensación cálida los recorrió por completo. Parecía que el mismo calor de las estrellas, testigos de su unión, se hubiera concentrado en aquel contacto.
Al separarse, la princesa le dedicó una sonrisa arrebatadora cargada de amor y de la promesa solemne de que sabía que estaba exactamente donde quería estar.
Él, sintiendo que la verdadera razón de su existencia había sido vivir hasta ese instante para compartir el mundo con ella, le devolvió una sonrisa que, sin la menor sombra de duda, mostraba que pasar juntos el resto de sus días era justo lo que siempre había deseado.
Tras disfrutar de los abrazos y las felicitaciones de sus familias y el resto de los errantes, los esposos se retiraron a la tienda que habían montada especialmente para ellos. Mientras los suyos comían y bebían para celebrar la unión, Oskar la acompañó de la mano hasta llegar a la entrada.
―¿Eres feliz? ¿De verdad es esto lo que deseas? ―dijo sin poder ocultar un repentino miedo irracional.
―Mi querido errante, no podría desear estar en ningún otro lugar que aquí… contigo… delante de nuestra propia casa. Para ahora y siempre ―dijo Thyra con los ojos brillantes, algo superada por la situación.
Él se acercó a ella y volvió besarla. Esta vez, sin miedo a ser descubiertos. Al entrar, se vieron transportados a otra dimensión. Los pertenecientes a la casa Drøm se habían encargado de crear un ambiente único y separado la realidad para que su primera noche fuese inolvidable.
La penumbra estaba iluminada por miles de pequeñas luces que los consiguió trasladar a un lugar de ensueño.
Un olor a bosque y a lluvia inundaba cada rincón para recordarles que su tierra siempre estaría presente en su unión.
A un lado, un lecho enorme, lleno de pétalos de flores enmarcadas con diminutas hojas, los invitaba a acercarse.
Al otro, un precioso balcón mostraba a lo lejos un mar en calma.
Ambos podían oír el tenue sonido de las olas lamiendo la orilla.
En una mesa baja les habían agasajado con un verdadero festín.
Oskar había sido informado de que tendrían una bonita sorpresa, pero jamás imaginó que pudiesen regalarles aquel precioso lugar que contenía todo cuanto les gustaba a los dos.
―Es… precioso ―dijo conmovida―. ¿Tú sabías…?
―Solo me dijeron que tendríamos un presente, aunque no esperaba algo como esto.
―Huele a nuestro hogar…
Thyra sintió cómo el nudo en su garganta se deshacía en suaves lágrimas que fue incapaz de reprimir.
La emoción la envolvía por completo, y sus ojos fueron el reflejo de lo que su alma no lograba expresar con palabras.
Él barrió su mejilla con el pulgar mientras hacía propios los sentimientos de su esposa.
Aquella imagen de los sueños de ambos era perfecta, pero solo porque ella formaba parte.
Sin poder contenerse ni un instante más, se acercó a sus labios para mitigar la impresión de aquel recuerdo. Eso no significaba que a él no le afectase, solo que no quería empañar el momento con lágrimas, sino con sonrisas y amor.
Los labios de Thyra lo recibieron al principio con timidez, pero el deseo y la necesidad que creó Oskar con su boca, mientras rozaba con sus dedos la desnudez de su espalda, lograron que ella dejara paso al errante que se había ganado su corazón.
Sus lenguas, de pronto exigentes, tomaron y entregaron todo cuanto sus corazones reclamaban.
Con seguridad, ella comenzó a abrir la túnica de su esposo. Sus manos le rogaban tocar su piel y conocer todo lo que su propio cuerpo le estaba implorando. En respuesta, él deshizo el lazo que se anudaba en el cuello de su vestido.
Lentamente, Oskar deslizó la prenda por sus hombros. A propósito, no la dejó caer de golpe, sino que fue depositando un beso suave pero cargado de intenciones allí donde dejaba al descubierto su piel.
Thyra cerró los ojos y suspiró con cada roce de sus labios y de su lengua. Se apoyó en sus hombros mientras él descendía por su cuello, por el centro de su pecho para detenerse y deleitarse con pausa en la dureza que había creado con el tacto y el calor de su lengua.
Poco a poco, el vestido fue desapareciendo al tiempo que él se deshacía por encender cada parte que revelaba. La lamió despacio y rozó con sus dedos cuanto quedaba expuesto. Por último, se detuvo a la altura de la unión de sus piernas.
―Tu belleza es incomparable… ―dijo justo antes de hundir su boca en su interior.