27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #3
Él elevó el mentón mientras sopesaba sus palabras.
La reacción que había tenido era la de un estúpido humano.
De pronto, se sentía tan desorientado como ella, cuya mirada, antes fría y distante, acababa de suavizarse.
A eso había que añadir que sus labios, ligeramente separados, mostraban una sonrisa que mezclaba asombro y complacencia.
Soren puso una mano sobre su hombro para instarlo a responder. Se estaban jugando mucho como para perder la cabeza por una «No Muerta» a la que, en realidad, no conocía. O al menos eso era lo que él pensaba, puesto que su general nunca había compartido nada sobre ella.
Erke asintió una vez, pero no pudo evitar sonreír ante la expresión de satisfacción del rey por haberlo descubierto.
―Sabéis bien que me refiero a… Nîga.
Ella bajó la mirada a sus manos, que tenía apoyadas sobre la mesa.
Sin poder evitarlo, una sonrisa suave cruzó su rostro.
Conocía al vampiro desde hacía más tiempo del que quería admitir, sin embargo, jamás había vuelto a pensar en él de esa manera hasta que lo había visto la tarde anterior de rodillas ante el rey, al igual que ella había hecho.
Mientras Eirik determinaba cómo lo harían, ella solo podía pensar en una idea que había empezado a rondarle por la cabeza hacía unos días. ¿Era la aparición de la Elegida quien estaba acelerando aquel cambio en algunos de ellos?
No pudo pensar una respuesta porque el rey le hizo una pregunta.
―Perdón, rey Athelstan, ¿podéis repetirme…?
―¿De verdad quieres hacerlo? Creo que tú lograrás sonsacarle mucho más que cualquiera de los cuatro ―reconoció el errante.
Nîga miró a Erke antes de responder. Sus labios se curvaron en otra preciosa sonrisa, que obligó al vampiro a cambiar de postura.
―Sí, lo haré.
―De acuerdo, pero no será antes de la luna llena. Debemos ir reduciendo su ingesta de sangre hasta que esté tan desesperado que al ver tus ropas desgarradas y empapadas de sangre seca tenga por seguro que él será el siguiente en ser torturado.
―Por supuesto ―añadió ella, aceptando que ese sacrificio sí que merecería la pena.
―En cuanto a vosotros ―dijo el Šāhanšāh a los cuatro que lo miraban expectantes―, deberéis ganaros mi confianza. Vidar, por el momento, tú te encargarás de ellos.
―Gracias, rey Eirik ―dijo Erke en nombre de todos.
Antes de dejar la tienda, se volvió un instante hacia ella. Le sonrió y siguió al de la casa Eide, que iba protegido por un pequeño destacamento para mantenerlos a raya.
―¿Qué ocurre aquí, Nîga?
―Mi rey, incluso el corazón más muerto puede amar ―dijo frunciendo los labios y encogiendo los hombros.
―¿Desde hace mucho?
―¿Qué es la eternidad para nosotros?
Eirik la miró, esperando una respuesta. Ella se mordió el labio inferior, tratando de recordar el momento exacto.
―Menes fue nombrado primer faraón de Egipto.
―Entiendo.
―Mucho tiempo…
―Entonces, el destino no ha sido justo con vosotros, ¿verdad?
―No, aunque ¿qué lo es? ―dijo ella con tristeza.
―Pocas situaciones, pero estamos aquí para que la Elegida cambie la Historia. Quizás incluso puede que la vuestra.
Nîga lo miró con una chispa de esperanza en los ojos. Nada garantizaba que Alana fuese capaz de hacerlo, pero, si lo conseguía, tal vez ella pudiera hablar con Erke sobre un futuro en el que fuesen capaces de comenzar algo nuevo.
La libertad de la que llevaba días disfrutando bien merecía un empujoncito para lograr que su reencuentro fuese perfecto, aunque nada ni nadie podía garantizar que ese futuro en el que estaba empezando a confiar fuese benévolo con ninguno de los dos.
28. SJELEVENNER
D urante los siguientes días, el campamento fue un verdadero caos entre la preparación del primer sjelevenner en años y la aceptación de los nuevos miembros.
Eirik y Gudrun llegaron al acuerdo de que estos permanecerían bajo las órdenes la casa Strøm.
Todos, incluso su segundo al mando, estaban muy sorprendido de ver que Erke y los suyos acataban las órdenes sin rechistar.
Poco a poco, los cuatro habían comenzado a integrarse entre los errantes, que parecían aceptarlos cada vez más conforme avanzaban las jornadas.
Con todo, y pese a comprobar que estaban cumpliendo su palabra, el rey envió tropas al norte y al oeste.
Debía asegurarse de que Abbadon no avanzaba por aquellas zonas porque aún no se fiaba de que el «No Muerto» no lo hubiese engañado.
Para ese cometido, contó con Vidar; que, después de la experiencia en la última misión, decidió llevarse a Yngvar consigo.
Sus dones para someter a vampiros y humanos le iban a servir de mucha ayuda.
Por supuesto, Oskar también se incorporó a sus filas.
Como decía la tradición, no debía ver a su prometida durante los diez días anteriores a su unión.
Thyra se había quejado a su padre por los peligros a los que iba a exponerlo, pero el Šāhanšāh no consintió cambiar de parecer.
Además, su misión era muy corta y con seguridad volverían a tiempo para el ansiado ritual.
La princesa, completamente frustrada ante su negativa, les había rogado a Alana y a Nîga que la acompañaran en todo momento.
Por un lado, se sentía muy unida a la Elegida tras lo que compartieron la noche de su transición.
Por el otro, que la vampira hubiese estado dispuesta a morir por ella había logrado que el vínculo entre las tres fuese mucho más intenso.
Pensaba que, con las dos cerca, su madre y su hermana Asvoria no la agobiarían demasiado con las reglas que el deber le exigía cumplir como futura esposa antes de la ceremonia.
Por supuesto, el rito no había cambiado desde el inicio de los tiempos y requería su completa dedicación durante todo el día.
Al menos contaba con sus dos amigas, porque así las consideraba a ambas, para sobrellevar unas pautas que le parecían bastante obsoletas.
Para Nîga, formar parte del ritual, aunque solo fuese como acompañante, era algo nuevo.
Conocer las costumbres de los errantes ante la unión de los cuerpos le resultó curiosa, pero no le desagradó en absoluto aprender lo que conllevaba amarse para siempre una vez se entregaran el uno al otro.
Por desgracia, Thyra había sido tan absorbente con la inglesa y con ella que la vampira no había tenido ni la más mínima ocasión de verse con Erke.
Por otra parte, Alana, desde que había hablado con Yngvar el día de la tormenta, tampoco había vuelto a coincidir con él, ya que había sido enviado a una misión.
La joven tenía sentimientos encontrados por la atracción que profesaba en secreto por el guerrero.
Se sentía tan desconcertada por pensar en él de aquella manera, cuando acababa de morir Alistair, que había preferido no compartirlo con ninguna de las dos.
En sus circunstancias, pensar en otro hombre no era lo que se esperaba de ella; pero, en realidad, no existía ninguna traición por su parte hacia el príncipe.
Él le había mentido y no había dudado en mirar hacia otro lado cuando el rey la encerró en las mazmorras.
Sin embargo, como la Elegida, la pena por la pérdida de un alma joven aún pesaba en su corazón.
Y, pese al dolor que su ínfima parte humana aún padecía por haber sido engañada, la impresión de haberlo perdido sin ni siquiera poder decirle el daño que le había causado hacía que fuese pronto para enamorarse de alguien más; aunque ese alguien fuese un errante en el que no podía dejar de pensar.
Por suerte, la vida en el campamento era muy ajetreada y exigente.
Eso la ayudaba a estar distraída, puesto que contaba con pocos momentos libres.
Lo mismo le había sucedido al padre León, que llevaba casi una semana sin ver a su pupila.
Dada su nueva condición, había sido relegado a ayudar la casa Sjaman hasta que el sjelevenner tuviese lugar.
Allí había conocido a Unne, de la que estaba aprendiendo muchas recetas que curaban de forma milagrosa distintas enfermedades empleando solo la mezcla de unas determinadas hierbas.
Aunque pocos lo reconocerían en voz alta, el ambiente en el campamento había mejorado mucho desde la llegada de Alana y los vampiros.
En realidad, los errantes llevaban tanto tiempo esperando un momento de felicidad que, pese a todo el trabajo que requería mantener a salvo a tantas almas, estaban felices de no tener que permanecer en alerta todo el tiempo, puesto que la Elegida se encontraba entre ellos.
Además, faltaba poco para ritual de la princesa con el joven Isaksen.
Aquello les permitiría celebrar algo, aunque solo fuese por una sola noche.
La siguiente semana no se presentó menos ajetreada que la anterior, sin embargo, a nadie pareció importarle demasiado.
El día de la ceremonia amaneció suavemente.
Los primeros rayos de sol se filtraron entre los árboles, bañando, poco a poco, las tiendas del campamento con una preciosa luz dorada.
El aire fresco y el murmullo del río ofrecían una calma mágica, como si la naturaleza hubiera decidido hacerles un regalo a los futuros esposos por ese día tan especial.
Thyra, en contra de lo que todos esperaban, salió de su tienda mostrando una serenidad inusual en ella.
Se sentía distinta después de la conversación que había mantenido con las cinco errantes más ancianas del campamento.
Eran las únicas que habían sobrevivido a todas las guerras.
Su creación se remontaba al principio de todo.
La sabiduría que reunían entre todas era casi infinita, y su edad era la misma que hubiese tenido el padre de su padre si aún continuase vivo.
Arropadas por ellas y su madre, la princesa caminó hasta el borde del río para después sumergirse en sus heladas aguas buscando purificar sus pensamientos y su alma.
Llevaba demasiados días sin ver a su prometido, pero sabía que la ceremonia que los aguardaba aquella noche marcaría su destino para siempre.