Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #2
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27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE? #2

Después de despedir a Vidar y a Gudrun para que más tarde trajesen ante su presencia a los de la casa Ursu, Eirik decidió llamar primero a la Elegida y al padre León.

Aunque lo llevaba pensando desde que los había visto junto a su hija en el campamento, aún no podía adivinar qué los había impulsado a presentarse ante él.

Había tantas preguntas que debía hacerles que le costó un poco ponerlas en orden.

Cuando Alana entró en la tienda, seguida del sacerdote, lo invadió el extraño presentimiento de que ella sabía algo que él no. Aquella debilidad incómoda provocó que el Šāhanšāh dibujara una expresión de desconcierto.

―Rey Eirik ―lo saludó la joven con un tono sereno. El neófito solo asintió, puesto que no sentía que fuese importante.

―Alana, León, creo que ha llegado el momento de conocer el motivo que os ha traído aquí.

Ella sonrió con un toque de indulgencia, como quien ve la inocencia en los ojos y actos del otro. Cerró los ojos, como si esperara que lo que tenía que decirle le fuera revelado.

Cuando los abrió, el rey vio en su rostro el peso del deber.

―Ya no son necesarios vuestros dones, pero estoy segura de que eso ya lo sabíais ―dijo Alana sin ningún tipo de inflexión en la voz―. No os morís, Eirik. Habéis dejado de ver el futuro porque ya estoy entre vosotros.

Él cerró los ojos un instante. Aquella declaración confirmaba sus sospechas.

―¿Eso significa que el resto de los míos también perderán…? ―dejó la pregunta en el aire.

―No ―respondió, mostrando una sonrisa contenida―, hemos de tener alguna ventaja si queremos ganar la guerra.

―Entonces, ¿por qué nos arrebatas a los Ragnarsson lo que nos ha mantenido vivos hasta ahora? ―soltó, enajenado de rabia.

―Os lo acabo de decir. Porque, para eso, ya estoy yo aquí ―añadió en un tono grave y cargado de advertencia―. Pero no temáis, aún falta mucho para la batalla final. Siglos en realidad.

―¿Siglos? ―dijeron a la vez Eirik y León.

―Sí. Ahora os dejo a solas. Ambos tenéis mucho de lo que hablar. ―Se detuvo antes de salir y añadió―: Estad seguros de que cuanto había que hacer para encauzar el destino se ha hecho.

―Alana, aún hay muchas cosas que resolver. ―La detuvo el párroco del brazo, tratando de que no se marchara.

―Lo sé, pero será mucho después del sjelevenner . Es la calma antes de la tormenta.

―Quiero deciros que lamento de veras lo que le ha ocurrido a Alistair. No sé cómo…

―Rey Erik, no deseo hablar de él.

―Ya, lo entiendo. Pero qué opináis de que su padre…

―Os lo repito, no quiero hablar ni del rey Athelstan ni del príncipe. ―Se dirigió a la salida―. Eirik, pronto aclararemos el pasado y también su futuro. Ahora lo único que importa es que ahí fuera aguardan cuatro almas que merecen ser escuchadas. Nîga os ayudará a entenderlo.

―¿Te refieres a los cinco Ursu?

―Solo a los cuatro que llegaron ayer. El otro puede seros de ayuda, aunque no como aliado.

―Todavía se me escapa cómo pudieron encontrar el campamento.

―Porque era necesario. Y tampoco dudéis, en ningún momento, que también fue necesario que algo o alguien propiciara el retraso del grupo de Vidar.

―¿Por eso tardaron tanto? ¿Cómo podéis saber…?

―No puedo explicaros cómo lo sé, solo puedo pediros que confiéis en que cuanto ocurre es para ayudarnos.

Eirik cerró los ojos y asintió.

―De acuerdo, escucharé lo que tienen que decirme, pero no puedo garantizaros que crea en su palabra. Tal vez deberíais estar presente cuando nos veamos.

―No será necesario. En el momento preciso, obtendréis la respuesta que estáis buscando.

Alana inclinó levemente la cabeza, a lo que Eirik y León actuaron de igual modo. Cuando se marchó, errante y vampiro se miraron con una mueca de sorpresa, que quedó reflejada sin disimulo en cada una de sus líneas de expresión.

―Por el amor de Creador, León. ¿Qué te ha pasado?

―Era mi deber acompañarla hasta el final. Creo que esta era la única manera en la que se me podía permitir la inmortalidad.

Ambos sonrieron con cansancio, resignados a un destino que sabían que ya estaba fuera de su control.

Tras ponerse al día, fue inevitable que terminaran hablando de los vampiros que estaban retenidos.

Pese a lo que Alana les había dicho, ambos pensaron que era mejor esperar un día más para aclarar la situación.

Antes de dejar la tienda, León le aseguró que tanto Nîga como él esperarían lo que considerara necesario para alimentarse.

El rey entendía que ellos pensaran que eran capaces de controlarse, pero prefería no arriesgar a ningún errante.

Eirik acabó diciéndole que, mientras estuvieran bajo su protección, les proveerían sangre de los animales que cazaban.

El párroco accedió en nombre de los dos, ya que era eso o morir de inanición.

Y aún debía resistir muchos años antes de que por fin dejara de existir.

A la mañana siguiente, antes de despuntar el alba, el propio Gudrun acompañó a sus guerreros a donde retenían a los cuatro vampiros.

Eirik había decidido la tarde anterior que de momento no los iba a encerrar, solo los había mantenido vigilados en una tienda que contaba con la protección del don de los de la casa Fengsel, sus temibles carceleros.

Erke y los otros habían aceptado con sumo agrado la benevolencia del errante, puesto que, aunque deseaban poder contarles su plan, no las tenían todas consigo en que aquello sucediera.

La diferencia en tropas era tal, que no había hecho falta maniatar a los «No Muertos».

Con solo mostrarles sus espadas y dagas de acero himmelsk había sido más que suficiente para que tuviesen claro qué iba a ser de ellos si intentaban cualquier estupidez.

Al entrar en la tienda principal, Erke se quedó inmóvil con una expresión de asombro congelada en su rostro, como si el mundo alrededor se hubiera detenido momentáneamente. Y no era para menos. Nîga estaba sentada en la mesa del rey, hablando con su general y con él.

Una oleada de esperanza lo atravesó. Si una Drăgoi parecía estar del lado de los errantes, tal vez ellos también fuesen aceptados.

―Aquí los tienes, Eirik ―dijo de forma despectiva Gudrun, que no ocultaba su desagrado.

―Bien, Erke. Supongo que todos la conocéis ―dijo mirando hacia la vampira. El grupo asintió―. Ella es la razón por la que estáis aquí y no en una celda. Os voy a dar una única oportunidad para decirme la verdad. Si no me satisface, iréis de cabeza a una de ellas.

Erke asintió de nuevo y avanzó un paso. Los tres Ursu se pusieron tras él para proteger sus espaldas.

―Rey Eirik, ayer fui franco con vos. La razón de nuestra presencia aquí es que todos buscamos poder vengarnos del general Rău por haber asesinado a mi hermano.

―Bălan, lo recuerdo.

―Sí ―bajó la mirada al suelo un instante.

―Era digno hijo de Abbadon, tanto como vos. ¿A qué viene ese cambio después de tantos siglos? ―preguntó el rey con suspicacia.

―La sangre es nuestra guía, pero también nuestra condena.

No puedo pedir perdón por cuantos horrores he cometido porque ni vuestro dios me absolvería de siquiera uno de ellos…

, pero eso no significa que quiera continuar sometido a una existencia que comenzó a asquearme desde que él mató a quien más quería.

―Ya veo ―dijo el rey ante su declaración―, lo que no entiendo por qué es «ahora» ―enfatizó― cuando me estáis pidiendo protección y no antes. ¿Qué es lo que os ha impulsado a hacerlo?

―Jamás habíamos tenido la oportunidad de encontrar vuestro campamento.

―¿Estás tratando de decirme que pudisteis seguir a mis errantes, guerreros experimentados en la batalla, sin más?

―En cierto modo, así es. Supongo que el destino estuvo de nuestra parte. ―Sonrió lentamente, como si le costara aceptar aquella realidad.

Los ojos de Eirik se abrieron en respuesta a un reconocimiento súbito, como si de repente comprendiera una verdad oculta y su sorpresa se transformara en una comprensión asombrosa.

Las palabras de Alana volvieron a su cabeza: «Y tampoco dudéis, en ningún momento, que también fue necesario que algo o alguien propiciara el retraso del grupo de Vidar».

Tal vez tuviese razón. No. La Elegida tenía razón, y no iba a ser él quien rechazara los designios del Creador.

Sin duda, ÉL estaba mostrándole el camino para completar la misión para la que todos fueron concebidos, y ya no debía dudar o mirar hacia otro lado.

―Supongamos que te creo ―dijo Eirik, echándose hacia delante en su silla. Erke abrió los ojos un poco ante sus palabras―, ¿cómo habéis conseguido escapar de vuestro campamento?

―Ha sido fácil. Abbadon nos encomendó rescatar a Taiat. Si nadie lo había encontrado muerto, solo podía estar retenido bajo vuestro mando.

―¿Esa era vuestra misión?

―Así es.

―¿Y me diríais cuáles son las verdaderas intenciones de vuestro… de Abbadon? ―se corrigió en el último momento.

―Como su segundo, lo único que sé es que Mørket busca a un hombre. Alguien al que denomina el «Elegido», pero no hemos dado con él en siglos.

―¿De dónde sacó esa información? ―inquirió Eirik con mucho interés.

―No lo sé. Es algo que solo confió a mi hermano y a Rău, pero estoy seguro de que ese perro se lo ha contado a su mano derecha, Taiat.

―¿Y a ti por qué no te lo ha revelado? ―dijo Eirik, sospechando de él.

―Creo que Rău mucho que ver en eso porque no se fía de mí. Estoy convencido de que también quiere acabar conmigo.

―Ya veo. Entonces, habrá que sonsacárselo a Taiat.

―Yo lo haré ―dijo Nîga.

―No, eso me corresponde a mí ―se negó Erke―. Además, él puede recoceros. Sois una yekem .

―Rey Eirik, no me importa prestarme para intentarlo. Sin mis ropas, solo soy una vampira más. Eso sí, solo creerá que soy una Ursu si ve que he sido torturada.

―Ni hablar, ¡no lo permitiré! ―gritó Erke sin venir a cuento―. No dejaré que ella ocupe mi lugar.

―¿A quién os estáis refiriendo, Erke? ¿Quién no puede ocupar vuestro lugar? ¿Una Drăgoi o… Nîga? ―preguntó el rey con retintín, dándose cuenta de que el interés del vampiro por protegerla no tenía lugar bajo su techo.