Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE?
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27. ¿QUÉ ENGAÑO ES ESTE?

L a mañana había transcurrido en un suspiro.

Las obligaciones de Eirik habían retrasado la reunión que pensaba tener con la Elegida y el padre León.

Se había disculpado con ella, sin embargo, Alana estaba tan feliz por conocer la historia de todas las mujeres Ragnarsson que no le había importado retrasar esa conversación hasta la tarde.

El Šāhanšāh se había inmerso en otras cuestiones con Gudrun, que en ese momento le estaba informando sobre los progresos de sus dos vástagos.

De pronto, un revuelo en el exterior provocó que la conversación se detuviera de golpe.

Un gesto de confusión cruzó sus rostros.

De todas partes, llegaban voces de guerreros.

Debían averiguar cuanto antes qué estaba ocurriendo, ya que parecía que estuviesen a punto de tomar la justicia por su mano y acabar con alguien.

Los dos salieron a la carrera. Al llegar a la entrada, Eirik se quedó sin palabras. Vidar, su primer general, había regresado por fin. Los suyos tenían el aspecto de haber hecho un sobreesfuerzo importante. Todos estaban sudorosos, con las ropas sucias y las botas llenas de salpicaduras de barro.

El rey, que esperaba su vuelta desde que Borgervern le había informado de lo que habían averiguado en el castillo, se sintió aliviado al comprobar que todo el grupo estaba ileso.

Sin embargo, lo último que imaginaba ver era a cuatro Ursu apresados, y menos a uno de ellos solicitando audiencia sin emplear un tono exigente.

Gudrun, que había reaccionado al mismo tiempo que Eirik, se encontraba a su lado espada en mano.

Poco a poco, se les fueron uniendo más errantes.

Mientras los príncipes Vagn y Thorkell miraban con curiosidad a los recién llegados, los guerreros Strøm, encargados de la seguridad de todo el campamento, sujetaban con cuerdas a los cuatro «No Muertos», tirando con fuerza para mantenerlos inmóviles.

Thyra, Alana, Nîga y León se unieron a los que observaban desde una distancia prudencial. La reina Brina y su hija mayor, Asvoria, se colocaron al lado de los príncipes.

El rey, ante tanto caos, exigió silencio. Sin poder asimilar lo que veían sus ojos, se acercó a ellos. Los reconoció enseguida. Erke y tres de los vampiros más fieros de Abbadon se habían colado en el campamento, no obstante, el general solo tenía una petición: hablar con él en privado.

Aquello era algo inaudito, pero no podía quedarse sin saber por qué se encontraban en sus dominios y cómo habían conseguido entrar, así que Eirik recobró su lugar y vociferó para que callaran con la fuerza del errante que había gobernado sobre todos durante milenios.

―¡Soltadlos! ―ordenó sin esperar objeción por parte de los guerreros Strøm, que obedecieron al momento.

De pronto, en cuanto los «No Muertos» se vieron libres, avanzaron un paso hacia el rey. Al mismo tiempo, se hincaron de rodillas y bajaron la cabeza, exactamente igual que Nîga había hecho el día anterior.

―Rey Eirik Ragnarsson, yo, Erke, de la casa Ursu, y en nombre de los míos, Soren, Bahoz y Edjer, te juramos lealtad y suplicamos que nos acojas entre tus errantes para luchar contra Abbadon.

―¿Qué engaño es este? ―preguntó el rey, mirando a Vidar y a Gudrun, que se quedaron inmóviles como si esperaran que las siguientes palabras del «No Muerto» pudieran explicar qué estaba ocurriendo.

Erke, aún de rodillas, lo miró con la verdad reflejada en su mirada.

―Llevo mil años esperando a hacer justicia por la muerte de mi hermano a manos de Rău. La guerra es inminente, así que os pido… Todos os pedimos formar parte de vuestro bando porque ya no soportamos estar bajo el yugo de la sangre del primogénito de Mørket.

Los ojos del vampiro le traicionaron un instante al creer reconocer a una preciosa chica pelirroja que trataba de enconderse tras una muchacha rubia vestida con los mismos colores que los Ragnarsson y cuyos ojos eran idénticos al rey errante.

―Comprenderéis que dude de vuestras palabras ―añadió Eirik.

―No podemos ofreceros nada más que nuestros actos. Obrad como consideréis, pero preferimos morir en vuestras celdas antes que regresar.

El errante estuvo a punto de llevarse las manos a la cabeza.

Sabía que aquel gesto mostraría cierta debilidad, de modo que se ciñó a cerrar los puños con fuerza y a mirar al cielo.

Bajo su protección, se encontraban la Elegida; el padre León, ahora convertido en «No Muerto»; una Drăgoi, que estaba dispuesta a morir por su hija; a cuatro Ursu, aparecidos de la nada y que le pedían asilo; y a otro más que tenía encerrado.

Apretó los labios y soltó el aire por la nariz, intentando mantener el control.

Parecía que el Creador estaba probando su temple y capacidad para tomar buenas decisiones.

Por el momento, no optaría por ninguna sin consultar antes con sus fieles Vidar y Gudrun, por lo que les pidió a ambos que los siguieran y ordenó a los guerreros Strøm que mantuvieran a los vampiros bajo vigilancia hasta que los avisara.

Aunque las circunstancias exigían una respuesta rápida, no quería precipitarse.

Les hizo un gesto a sus generales y los tres desaparecieron en la tienda principal.

Yngvar, que se había quedado igual de paralizado ante la visión de Alana, tal y como le había pasado a ella al reconocerlo, ni si siquiera fue consciente de que el rey se retiraba. Los dos solo tenían ojos para el otro, pero nadie pareció darse cuenta.

Oskar y Borgervern, que habían salido corriendo al enterarse de que el grupo por fin había llegado, fueron hacia él para saludarlo.

Al ver su expresión, el rastreador miró hacia donde lo hacía el guerrero.

Sonrió al entender que el joven había encontrado a la que le había robado el juicio.

Isaksen fue el primero en abrazarlo, rompiendo así el hechizo que los había unido nada más verse.

Thyra, emocionada por el reencuentro de los dos, sintió la necesidad de coger de la mano a la Elegida y le hizo un gesto con la cabeza a Nîga y al padre León para que se acercaran.

Todos caminaron juntos hasta ellos. Al verla, Oskar sintió que su mundo estaba completo.

Emocionado por su próxima unión, decidió que su mejor amigo debía a conocer a quien habían estado esperando los suyos durante siglos.

―Alana, permitidme que os presente al errante con el corazón más grande que he conocido nunca. Él es Yngvar, mi mejor amigo.

La luz del sol palideció ante la que ella mostró con su sonrisa. El errante se dijo que había vivido en la oscuridad hasta que la vio aparecer.

Alana, sintiéndose extrañamente ansiosa, avanzó un paso y le ofreció la mano.

― Yngvar i Knutsen-huset, du hadde rett. Han fortjente meg ikke [9] ―dijo ella en su lengua, como si la sangre de Nîga hubiera sido la responsable de transmitirle ese conocimiento.

―¿Cómo conoces nuestra lengua, Alana? ¿Qué has querido decir con que Yngvar tenía razón? ―preguntó Thyra muy sorprendida.

―Eso es algo que el guerrero y yo tendremos que aclarar.

―Estoy de acuerdo con vos.

Yngvar sostuvo su mano en el momento justo en el que un trueno pareció romper el cielo.

Thyra iba a presentarle a Nîga y a León cuando, de pronto, comenzó a llover con furia.

Oskar, la princesa y los vampiros se resguardaron en una tienda, mientras que ellos se pusieron a cobijo bajo un techado improvisado.

―No sé si sabéis que él… ―dijo Yng con un gesto austero.

―No quiero hablar de eso ―respondió ella sin dejar de mirarlo a los ojos, confundiendo la pregunta que acababa de hacerle.

―Perdonadme, también me cuesta creer que permitiera que su padre os encerrara en las mazmorras cuando erais su…

―Pues así fue, guerrero. Y ahora os pido de nuevo que dejemos de hablar de esto.

―Disculpadme si os he…

Ella asintió a modo de aceptación y se giró un instante para observar cómo caía la lluvia.

―Guerrero, ¿por qué susurrasteis en el bosque «Maldito destino»? ―Volvió a mirarlo porque, de pronto, necesitaba saber la verdad.

―¿Pudisteis oírme?

―Sí.

―Vos sois la Elegida, yo un errante.

―Ahora no es el momento para pensar en ello. Pero os aseguro que nada es eterno, guerrero.

Oskar avisó de que la tormenta empeoraría, así que todos corrieron para resguardarse.

En la tienda principal, Eirik deliberaba con sus generales sobre qué hacer con respecto a los Ursu.

Los tres llegaron a la misma conclusión: los «No Muertos» estaban allí para liberar a Taiat.

Un vampiro jamás renegaría de su amo ni osaría decir que deseaba acabar con su existencia.

Esa lealtad espontánea les parecía demasiado forzada y sospechosa; no obstante, el día anterior, Nîga no había dudado en entregar su propia vida, demostrando así, que existía una realidad muy distinta a la que conocían.

Eirik aún no había compartido esa información con sus guerreros, aunque merecía la pena comprobar si la sangre de los hijos de Mørket estaba debilitándose o, por el contrario, aquello solo era otra treta más de Abbadon para localizar su campamento con el fin de iniciar una guerra.

Sabía que, cualquiera que fuera su elección, la carga sería difícil de llevar si erraba; pero, después de lo visto y oído, iba a concederles el beneficio de la duda.

Por supuesto, antes que nada, tenía que aclarar con la Elegida y el padre León por qué habían decidido ir a verlo.

Después, hablaría con los Ursu y tal vez fuese buena idea agregar a Nîga a esa reunión para ver las reacciones de todos.

El rey deseó con todas sus fuerzas recuperar su capacidad para predecir el futuro.

Las palabras de la Elegida resonaron en su mente; sin embargo, ese no era el mejor momento para dudar.

Jamás se había sentido tan perdido; aunque, por otro lado, no tener que depender de su don también sería liberador.

Por primera vez, sus decisiones le pertenecerían; y estaba seguro de que podría tomar las mejores para su pueblo e incluso para él mismo.

O al menos eso fue lo que se repitió para tratar de convencerse.