26. HOY NO ME PIDAS ESO, VIDAR #2
―¿Y qué haríamos cuando llegara la guerra contra los errantes? ―le preguntó mostrando unas finas líneas en la frente, como si estuviera tratando de desentrañar un rompecabezas complejo y perturbador.
―Todos tenemos la convicción de que Abbadon es un traidor.
Nunca confiaríamos en que cumpliera su palabra y aunara fuerzas con los nuestros para vencer a los errantes o incluso a los Tvillinger o a los Skyggene.
Los suyos son una plaga, y ninguna vez hemos estado tan cerca de poder derrotarlos, señor ―repitió con convicción.
―Me complace tu determinación más de lo que puedas imaginar.
Geir dibujó una sonrisa de forma inconsciente como respuesta al desconcierto que sentía y que estaba tratando de procesar.
―Pensaba que iba a desollarme por pensar de esta manera ―dijo sin salir de su asombro.
―Esos tiempos quedaron atrás. Ahora, más que nunca, debemos confiar los unos en los otros.
Se han acabado las torturas en nuestras filas.
El temor a ser castigados no gana batallas.
Por eso hemos de convertirnos en hermanos, no ser enemigos dentro de nuestro propio ejército.
Solo así, si nos unimos, seremos capaces de vencer a Abbadon.
―Eso es lo único que queremos, señor. ¿Me dais permiso para comentarlo entre los nuestros?
―Si te parece, lo haremos juntos.
Qil sonrió con la satisfacción de confirmar que las sospechas de Helmet era ciertas. Sus vampiros, de alguna forma, habían despertado. Y pronto averiguarían si aquella unión de la que le había hablado sería suficiente como para vencer a Abbadon y destripar a Rău.
Con el último claro, el grupo de errantes respiró al ver las luces de Felsted. Al atravesar el bosque cercano al pueblo, una sensación extraña los embargó. Quizás fuera el cansancio o las esperanzas por encontrar allí a los suyos.
Caminaron en silencio los últimos codos hasta llegar a la casa de la Elegida. No debían ser descubiertos bajo ningún concepto. Aquel día, habían visto solo a una patrulla Drăgoi; pero, por suerte, la habían podido dejar atrás sin más inconvenientes.
Cuando estuvieron a una distancia prudencial, un preocupado Vidar les ordenó detenerse.
―Yngvar, yo te acompañaré. Eres el único al que conocen. Los demás nos esperaréis aquí.
Los guerreros asintieron y comenzaron a preparar el campamento. Esa noche encenderían ningún fuego. Estaban demasiado cerca de las casas y no podían arriesgarse a mostrar su posición. Quizás avanzaran a una menos arriesgada cuando su líder y el joven Knutsen volvieran con las nuevas.
Antes de llamar a la puerta, trataron de adecentarse un poco. Su aspecto era deplorable y no querían que se asustasen al verlos.
―Bien, no nos demoremos más ―dijo la mano derecha de Eirik y después se quedó callado mirando hacia la casa.
―¿Qué ocurre? ―preguntó Yng, temiendo que él supiera algo que no había querido confesar antes.
―Ahí ha vivido la Elegida, y ahora vamos a hablar con Leala, la que hasta hace muy poco era la Portadora de la sangre de Nuestro Señor.
No puedo decir con palabras lo importante que es este momento para mí.
Miles de años nos separan, y, aun así, jamás había tenido la sensación de no haber aprendido nada que me ayudase a afrontar esto.
Estoy a punto de conocerla y no sé qué voy a decirle.
―Sois un errante noble, Vidar. No me puedo creer que sea yo quien en este momento os dé aliento para continuar cuando no he vivido lo suficiente como para ofrecer lecciones de nada. Solo os puedo decir que ella es luz, ambas lo son. La luz más pura que hayáis visto nunca.
―Entonces, espero estar a la altura ―reconoció con profunda emoción―. Vamos, Yngvar. Recemos para que sepa algo del paradero de alguno de los tres.
Él asintió y ambos caminaron hacia la puerta. Golpearon dos veces y escucharon unos pasos. Cuando Fairfax los vio, supo enseguida a qué pueblo pertenecían.
―Buenas noches, errantes. Pasad ―dijo mientras movía la mano, invitándolos a entrar.
Leala se acercó al escuchar a su esposo. Reconoció al instante a Yngvar. Al sonreírle, el corazón de ambos guerreros fue colmado de una paz casi infinita.
―Guerrero, has vuelto ―dijo, acercándose a él para darle la mano. Yng se la estrechó sin pensarlo―. Veo que has venido acompañado.
―Así es. Me gustaría presentaros a Vidar de la casa Eide, mano derecha del rey Eirik.
Él, incapaz de decir una sola palabra, se inclinó ante ella y después repitió el mismo gesto hacia Fairfax. Eran los padres de la Elegida y ambos merecían el mismo respeto.
―Bienvenidos a nuestro humilde hogar ―añadió ella feliz pero extrañada de verlos allí a esas horas―. ¿En qué podemos ayudaros?
Vidar al fin pudo reaccionar y fue él quien se dirigió a Leala.
―El joven que tengo a mi lado acompañó hace unas semanas a Oskar de la casa Isaksen en la búsqueda de la princesa Thyra. Por desgracia, fueron capturados después de que se marcharan de vuestras tierras; al igual que vuestra hija…
―Lo sabemos ―lo interrumpió Fairfax.
―¿Lo saben? ―preguntó Yng con la voz temblorosa―. ¿Cómo es posible?
―Cuando escaparon de allí ―continuó ella con la explicación―, vinieron aquí. Acompañaban a mi hija y también a una dulce muchacha que lo ha pasado muy mal en su vida. ―Prefirió omitir que hablaba de una vampira, puesto que le había cogido cariño a Nîga.
―¿Dónde están ahora? ―preguntó Vidar, preocupado porque les hubiese ocurrido algo.
―Los cuatro partieron esta mañana muy temprano. Se dirigen a vuestro campamento. Os llevan solo una jornada ―confirmó Leala.
Los dos errantes se miraron y comenzaron a reír. La tensión de tantos días salió a borbotones. La Elegida, Thyra y Oskar estaban a salvo y ahora marchaban de vuelta con los suyos.
―Esa es una noticia excelente ―dijo el de la casa Eide.
Como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida, Vidar comenzó a hablar con la pareja, ahora mucho más calmado. Se sentía plenamente feliz y estaba seguro de que siempre recordaría la preciosa sonrisa de la Portadora.
Mientras Yngvar lo veía reír y comentar las peripecias del viaje hasta llegar allí, el joven no paraba de darle vueltas a lo que ella les había dicho. ¿Qué hacía la Elegida yendo hacia el campamento errante? ¿Sabría Leala que Alistair se había convertido en un vampiro? ¿Y la propia Alana?
Trató de contener su lengua, pero le fue imposible.