Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 26. HOY NO ME PIDAS ESO, VIDAR
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26. HOY NO ME PIDAS ESO, VIDAR

B êwestan miró al horizonte desde uno de los acantilados más espectaculares que había visto nunca. La patrulla que había escogido meticulosamente le estaba respondiendo mejor nunca. Habían partido hacía tres jornadas, justo a la mañana siguiente de que el príncipe se marchara a por la normanda.

Con la vista fija en el mar, una sensación de calidez la inundó al recordar la última conversación que había tenido con Qiloçker.

Ambos habían decidido que, cuando volvieran a su hogar, a las magníficas tierras de Helmet, le pedirían que los uniera para siempre.

Aquello quizás los obligase a permanecer separados en la mayoría de las misiones, si no en todas, aunque merecía la pena por poder decir en voz alta que se amaban.

Mientras pensaban en cómo sería compartir un espacio que les perteneciera a los dos y que, en cierta manera, pudieran llamar hogar, sintieron algo de preocupación por si su líder se negaba a aceptar su relación.

Quizás pensara que sus tropas no podían perder el tiempo en ceremonias, como si de humanos se tratara, pero, si la memoria no les fallaba, Helmet y su esposa, la princesa Lys de la casa Mosul, hacía poco más de cinco siglos atrás habían formalizado su unión en una celebración digna de un rey.

Bêwestan admitió que no era para menos, ya que el padre de Lys, Gunnar, había sido uno de los reyes vikingos más importantes del pasado.

Fue convertido por un vampiro desconocido que al poco de transformarle debió de morir, puesto que él jamás sintió la llamada de su amo.

Tanto su escolta más cercana como la mayoría de sus súbditos fueron engrosando las filas del pequeño ejército Mosul.

Aún seguían viviendo en las montañas y mantenían su posición gracias al suministro constante de humanos que llevaban para sembrar sus tierras y recoger las cosechas.

Después, permitían a los campesinos quedarse con una parte y la otra la empleaban en llenar sus arcas.

Qil le había reconocido que no recordaba nada de aquello, pero tampoco se había interesado por la vida marital de Helmet hasta ese momento.

Después, se habían besado con desesperación para tratar de dejar a un lado los peligros a los que tendrían que enfrentarse.

―Bêwestan, estamos listos ―dijo uno de los suyos, obligándola a afrontar la realidad.

―Ahora voy ―respondió ella. Disfrutando los últimos instantes antes de la puesta de sol.

Volvieron a la carrera para dirigirse al siguiente asentamiento.

Si los ingleses le parecían bestias, los de las Highlands no se quedaban atrás.

Eso sí, muchos de ellos eran tan atractivos que se había visto tentada a disfrutar de algo más que de su sangre, pero esa era la antigua Bêwestan.

La nueva jamás traicionaría a Qil ni se traicionaría a sí misma.

Tras cerrar la herida del hombretón al que había sometido, se preguntó dónde estaría Nîga.

La vampira no le llevaba tanta ventaja ni era tan diestra como para haber desaparecido con esa facilidad.

Mucho se temía que Helmet y ella se hubieran equivocado.

Si se había dirigido hacia la costa, de nada serviría ir a por ella; puesto que, lo más seguro, ya habría partido hacia Francia.

Esperó a que su grupo acabara de alimentarse para tomar una decisión en firme.

Por un lado, su instinto le pedía encontrarla para que recibiera el castigo que merecía.

Por otro, quizás su jefe tuviera razón y hubiese llegado el momento de avanzar hacia otro tipo de existencia en el que pudieran elegir.

De hecho, Helmet se lo había puesto en bandeja; sin embargo, ninguno de los cuatro ni siquiera se lo planteó.

Pasara lo que pasase, querían estar a su lado.

Y si no había dudado en quedarse, ¿por qué le molestaba tanto que ella no quisiera hacerlo?

En realidad, aún no tenía una respuesta clara para eso.

Puede que una opción fuese que se sentía traicionada, o tal vez envidiaba su determinación para dejar atrás todo lo que la ataba a ellos.

En cualquier caso, solo tenía una cosa clara: pese a todo, la echaría mucho de menos.

Fue, en ese momento, cuando entendió que atraparla para castigar su comportamiento se acercaba mucho a lo que Abbadon hacía con los suyos.

Y lo último que podría desear sería parecerse a Rău.

―Podemos retomar la marcha, Bêwestan. Hemos interrogado a cuanto humano nos hemos encontrado. Ninguno ha visto a nadie que se parezca lo más mínimo a Nîga.

―Ella no está aquí ―reconoció, sonriendo para sí.

―Entonces, ¿qué hacemos?

La vampira pensó que habían llegado muy lejos como para no comprobar el siguiente pueblo. Uno más y regresarían. Por muy habilidosa que fuera, era imposible hubiese podido robar la voluntad de todos los aldeanos. Si ninguno daba cuenta de ella, volverían al castillo para avisar a Helmet.

Con el frío del atardecer cortando su precioso rostro, se esforzó en correr aún más rápido. Sabía que estaban perdiendo el tiempo, pero justamente eso era lo que quería regalarle a su amiga.

«Disfruta de tu libertad, Nîga», se dijo mientras trataba de mantenerse entera. Aunque algo en su interior se había quebrado, ya no quería recomponerlo.

Qiloçker avanzaba hacia Richborough con la mente puesta en otro sitio.

A su séquito le faltaba poco más de media jornada para llegar al próximo pueblo, por lo que alentaría a los suyos a que se esforzaran para hacerlo.

Debían llegar al puerto antes del anochecer del día siguiente.

Allí tendrían la recompensa de poder elegir a cuantos campesinos quisieran para alimentarse.

Después, cuando embarcaran, lo tendrían un poco más complicado; pero podrían aguantar bebiendo unos pocos sorbos de la tripulación y de los pasajeros hasta alcanzar Francia.

Por una parte, sentía un pequeño nudo en el estómago por volver al que había sido su hogar desde que Helmet se casara con Lys. Por otro, extrañaba a Bêwestan. Pasarían mínimo dos lunas antes de que se vieran de nuevo, y eso era lo que peor llevaba.

Acababa de anochecer, así que se detuvieron para descansar un poco. Su resistencia era muy superior a la de los hombres, incluso a la de los errantes, de los que había escapado por los pelos alguna vez, aunque ninguno de ellos era invencible.

Apenas iban a dormir un rato, aunque tendría que ser suficiente para reponer fuerzas. El bosque estaba repleto de peligros, y no podían dejarse sorprender por ninguna raza. Su misión era prioritaria y debían llegar a tiempo para avisar al rey de la casa Mosul.

Mientras la mitad de los suyos montaban guardia, el resto trató de dormir.

Qil cerró los ojos. La imagen de Bêwestan desnuda, sentada en su regazo mientras subía y bajaba a un ritmo acompasado, le recordó que, de un modo u otro, debían destruir al ejército de Abbadon.

Una guerra se aproximaba y ganarla no iba a ser fácil.

Por mucho que los ingleses y normandos se les unieran en aquella gesta, lo más seguro sería que la mayoría muriese en las primeras escaramuzas.

Debían evitar esa masacre, por eso mismo se estaba esforzando en llegar al mar para recorrer una distancia que ningún humano podría soportar hasta llegar a las tierras del norte.

Allí, donde residían vikingos más temibles que algunos vampiros, Helmet había construido un castillo que desafiaba el poder de Abbadon.

Algo que a su hermano no le había gustado nada.

Mucho antes de lo que hubiera deseado, un guerrero lo despertó. Les tocaba hacer guardia para que ellos descansaran.

Geir, un «No Muerto» con el que llevaba años luchando y en quien confiaba tanto como en el resto de los que había elegido para llevar consigo, se sentó a su lado.

―No me creo que volvamos a casa ―dijo, cogiendo una pequeña rama del suelo.

―Así es, y puede que los nuestros no tarden en regresar ―respondió Qil, pensando en que no podría resistir estar mucho tiempo separado de Bêwestan.

―Eso estaría bien. Si le digo la verdad, espero que no tengamos que movernos de allí en muchas lunas ―añadió, haciendo dibujos inconexos con la rama en la tierra.

―Eso no te lo puedo garantizar. Sabes que, tarde o temprano, entraremos en guerra.

―Ya, Qil, pero de momento no.

―Si no te conociera, diría que no quieres entrar en batalla.

―Jamás huiría de una buena pelea, señor ―asintió una vez para reforzar su respuesta―, más bien es todo lo contrario. En los últimos tiempos, muchos de los nuestros están…

―¿Qué? ―preguntó con una mirada que reflejaba una mezcla de recelo y curiosidad.

―Nada, señor ―se calló, temiendo haber cometido el peor error de su existencia.

―Geir, habla. Si temes alguna represalia por mi parte, puedes estar tranquilo de que no te ocurrirá nada.

El vampiro lo miró con incredulidad. Por primera vez, veía la posibilidad de expresarse con libertad.

Algo que nunca había ocurrido, y que dudaba mucho de que volviera a repetirse.

Pero si existía la posibilidad de transmitirle una idea que les había estado rondando a muchos de ellos, tal vez pudiera suceder.

Y aunque perdiera la cabeza por confesarlo, mejor era eso que continuar como estaban.

―Desde hace relativamente poco, algunos de nosotros nos hemos planteado la posibilidad de…

―Deja de dar rodeos y prosigue ―lo instó.

―Qil, nuestra existencia es una continua espera. Nos alimentamos, cumplimos órdenes y lo mismo al día siguiente y al otro.

―Entiendo.

―Cuando protegimos a los soldados del rey, nos dimos cuenta de que nuestra fuerza nada tenía que ver con la de las tropas de Abbadon. Eran mucho más débiles que nosotros, menos aquel gigante. Y, aun así, acabamos con él.

―¿A dónde quieres llegar, Geir?

―Puede que seamos capaces de derrotar a su ejército. Todos sabemos que Helmet nunca firmará una alianza con él, así que creemos que es el momento de erradicarlos de la tierra.