25. NO HAY NADA QUE ANSÍE MÁS #3
Brina sollozó sin poder evitarlo. El rumbo del Destino estaba cambiando de una forma brusca e incontrolable si una vampira estaba dispuesta a dar su vida por una de los suyos. Mucho más, por su propia hija. Su querida e indomable Thyra.
Se volvió hacia a su esposo, quien, con un gesto serio, desvió la mirada hacia el suelo. Después, el rey cerró los ojos un momento para recobrar el control.
―¿Cuál era vuestro nombre? ―preguntó Eirik, carraspeando. No es que desconociera que ella era una yekem de Helmet, sino más bien para recuperar la voz.
―Nîga, de la casa Drăgoi.
―Está bien, Nîga… de la casa Drăgoi. Hoy me has hecho ver que un errante también comete errores.
Y yo debo de haberme equivocado mucho como para que me hayas comparado con mis peores enemigos, y que tú, una vampira, estés dispuesta a entregar tu propia vida con tal de que mi hija menor pueda ser feliz.
Brina le apretó la mano. Él la miró y asintió varias veces.
―Es innegable que los tiempos cambian ―agregó, paseando la mirada por ellas, Alana y el padre León.
El Šāhanšāh no pudo contener una expresión de incredulidad, que revelaba la lucha interna que mantenía por comprender lo inexplicable.
Pero no por ello iba a sucumbir ante su soberbia para mantenerse firme en una posición que poco lo acercaba a la verdad, sino más bien a la vanidad de sentirse poseedor de esa verdad.
―Thyra, Nîga, poneos en pie.
Ellas, aun contrariadas, obedecieron al instante.
―Padre… ―susurró.
―Hoy he recibido una lección que había olvidado, y es que un rey también puede cambiar de opinión ―dijo con firmeza―.
Es más, un rey ―enfatizó― debería darse cuenta de que las injusticias o los castigos excesivos no son el mejor ejemplo cuando lo único que busca es hacer feliz a su pueblo, no que vivan en el temor más profundo.
La reina se limpió las mejillas y le sonrió al percibir una auténtica transformación en él.
―Hija mía, incumpliste mis órdenes, pero también encontraste tu camino.
La rebeldía no es digna de alabanzas, como tampoco lo es la ofuscación en pretender tener siempre la razón.
No sé qué será de nuestro porvenir hasta que me sea mostrado; sin embargo, creo que ha llegado el momento de aprender a vivir por nosotros mismos y no a esperar que nuestros dones nos impongan qué hacer.
Jamás pensé ver a una vampira en nuestro pueblo, menos aún que rogara por una vida que no fuese la suya.
Pero no volveré a caer en ese error ―dijo, acercándose a ellas―.
Las dos habéis sido capaces de enseñarme lo que es tratar de reparar el daño causado y también el sacrificio.
―Tomó aliento para proseguir―. Thyra, celebraremos vuestro sjelevenner , pero antes deberás pedir perdón a nuestro pueblo. Es justo que conozcan lo que hiciste.
―Sí, padre. Merecen saberlo, y acataré lo que decidan.
―Me parece bien. Nîga, en cuanto a ti, no sé qué decir.
Es una situación muy complicada en la que ahora me encuentro.
Uno de los vuestros ―agregó, mirando al padre León―, está encarcelado.
Es un Ursu, pero apenas hemos podido sonsacarle las pretensiones de Abbadon.
Si los errantes averiguan que eres una Drăgoi, pensarán que estás intentando traicionarnos.
―Lo sé, por eso creo que será mejor que abandone el campamento ―dijo la «No Muerta» para evitar más problemas.
Alana, que había permanecido en silencio todo el tiempo, se negó a aceptar que los dejara. Si Nîga se marchaba, se iría con ella.
―No puedes hacer eso. Si te vas, me voy contigo.
―Pero ¿qué dices, Alana? ―intervino León, que tampoco había dicho una palabra hasta ese momento.
La vampira no respondió por miedo a empeorar la situación, que se estaba complicando cada vez más.
La Elegida, sin embargo, no iba a dejar que nadie volviera a manipular su futuro.
Sabía que no tenía derecho a cuestionar las decisiones de Eirik, pero la crueldad que había mostrado con Thyra la había enfadado e indignado a partes iguales.
Por fortuna, él se había retractado en el último momento.
Sin embargo, ver cómo la había tratado hasta que Nîga dijo que estaba dispuesta a sacrificarse por ella dejaba de manifiesto que los errantes no se diferenciaban demasiado de sus enemigos.
Y eso era intolerable.
―Digo, León, que haré lo que considere. No intentes manipularme ni imponerme tu voluntad ―agregó en un tono que no dejaba dudas de su determinación―.
Rey Eirik, después de lo que he presenciado, he de deciros que siento una profunda decepción por cómo imponéis castigos a los vuestros.
Entiendo que Thyra os ha desobedecido, pero ha sido porque ha confiado en su don, al igual que vos habéis hecho desde tiempos inmemoriales.
Si la castigáis por seguir sus visiones, ¿en qué lugar os deja?
―No tenéis derecho a hablarme así, ¡soy el rey!
―¡Y yo la Elegida!
El errante la miró con rabia porque sabía que tenía razón. Brina, que había aguantado la respiración mientras ella hablaba, caminó hasta su esposo para ponerse a su lado.
―Eirik… ―dijo con el corazón en un puño.
Thyra los observaba con una expresión de pavor mientras que los vampiros permanecieron inmóviles. Ella había abierto una brecha entre los dos y temían que el futuro estuviera en peligro.
―Como he tratado de decirle antes, un rey también puede equivocarse.
―Así es. Solo os pido que lo tengáis presente ―dijo Alana en un tono mucho más suave. Él asintió una vez―. Creo que lo mejor será que nos vayamos a descansar. Seguiremos hablando mañana. ¿Puede ser, rey Eirik? ―añadió sin acritud.
―Por supuesto, pero quiero que entendáis que, dado el peligro al que he expuesto a los míos por culpa de mi hija, ha de disculparse ante su pueblo. Si no lo hiciera, podría provocar rencillas porque le estaría dando un trato preferente. Y todos los errantes son iguales a mis ojos.
―Lo haré, padre.
La inglesa asintió a su respuesta. Durante milenios, habían sobrevivido a múltiples batallas y situaciones muy difíciles. Ella no podía imponer de la noche a la mañana su forma de ver el mundo.
Para acabar con aquella reunión tan compleja, Brina llamó a un sirviente e hizo que les asignaran varias tiendas a los recién llegados. Más tarde solucionarían cómo alimentar a los dos vampiros, quienes decidieron compartir el mismo alojamiento.
Alana prefirió quedarse junto a Thyra. La reina lo entendió y las acompañó en silencio. No quería separarse de su hija y tenía mucho que aclarar con ella porque, pese a todo, su comportamiento había dejado en entredicho ante su pueblo el buen nombre de los Ragnarsson.