Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 25. NO HAY NADA QUE ANSÍE MÁS #2
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25. NO HAY NADA QUE ANSÍE MÁS #2

―Eirik, sabes que nunca he puesto en entredicho tu palabra, pero te recuerdo que la que está ahí dentro es nuestra pequeña. Si la propia Elegida está de su parte, no te dejes llevar por la ira.

―Querida, soy el rey. No puedes imponer tu voluntad sobre la mía.

―Y jamás lo he hecho. Pero, si hoy te excedes, juro que me iré con ella a nuestro verdadero hogar.

―No me amenaces, Brina.

―Y tú no pretendas que siga confiando en ti cuando tú no lo haces en mí. Te amo, lo sabes bien.

―Y yo a ti… ―Se detuvo un momento para pensar bien sus siguientes palabras―. Sabes no puedo permitirme juzgar a Thyra de forma distinta que a los demás cuando desobedecen una orden.

―Tienes razón ―acabó admitiendo―, sin embargo, parece que has olvidado que yo también fui creada para luchar. Soy mucho más que una madre y tu consorte. Soy una Parêzvanan. Mi deber es proteger a este campamento y a todos lo que lo componen.

―No lo he olvidado, pero este no es el momento de hablar de esto.

―Está bien. Ya sabes lo que pienso.

Eirik asintió y ambos entraron. La acompañó hasta que ella se colocó a su derecha, mostrando una expresión entre preocupación y determinación.

Tras ocupar su propio asiento, le ofreció a Alana la posibilidad de hacer lo mismo al otro lado.

Al resto, incluida su hija, los dejó de pie mientras los miraba con un gesto engañoso de calma, que solo era el preludio de una explosión inminente.

El Šāhanšāh se mantuvo en silencio tratando de no perder el control delante de la Elegida, que aún se mantenía al lado de la princesa y de los dos vampiros.

Brina, sabiendo lo importante que iba a ser esa conversación, eligió posponer su enfado y posó la mano en la de su esposo para tratar de tranquilizarlo. Al mirarlo, se dio cuenta de que todo lo que habían hablado antes resultó ser una pérdida de tiempo.

Al ver a su hija, se le cambió el semblante a Eirik. Por el momento, no habría nada que lograse aplacar la ira que sentía hasta saber por qué Thyra había destrozado la línea de tiempo para acelerar la guerra.

―Padre, permitidme…

―¡Silencio! ―bramó él―. Antes de explicarme en qué estabas pensando para parecerte una buena idea traer al enemigo a mi propia casa, tienes que entender que no me has dado más opciones. Aunque tu madre no está de acuerdo ―añadió, girándose un instante hacia ella― , tu castigo ha de ser ejemplar.

Alana, al comprender el peso de sus palabras, sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

No sabía cuán crueles podían ser los errantes, pero la corta experiencia vivida en las mazmorras le había puesto en perspectiva los horrores que hombres y vampiros podían llevar a cabo.

Y no iba a permitir que Thyra sufriera daño alguno pudiendo evitarlo.

―Sí, padre ―agregó, bajando la cabeza.

Nada más asentir, el brillo de sus ojos se apagó, dejando tras de sí una mirada dura y helada.

―Ahora vas a explicarme con detalle qué te hizo actuar como si fueras una humana.

La Elegida se mordió la lengua. Si el deber de los errantes era el de cuidar precisamente a la que hasta hacía muy poco había sido su raza, y, de hecho, ella aún seguía sintiéndose como una mujer, ¿por qué Eirik acababa de ponerlos de ejemplo de forma despectiva?

Decidió mantenerse en segundo plano hasta que Thyra acabara de contar a sus padres todo lo que había sucedido.

Sin embargo, verla con los ojos llenos de lágrimas, pidiendo perdón cada cierto tiempo, le recordó lo que una hija tenía de valor para un padre en su propio mundo.

Nada.

Nacer mujer solo significaba ser un estorbo. Un lastre del que era mejor deshacerse cuanto antes para no malgastar comida en ella.

Cuando la princesa acabó, notaba un nudo en la garganta. Ver la sumisión en su mirada y en sus gestos, le hizo darse cuenta de que llevaba gran parte del tiempo tocándose la palma de su mano con el pulgar, un pequeño gesto repetitivo para calmarse que no había logrado su objetivo.

La reina Brina mostró una expresión de asombro absoluto, incapaz de asimilar lo que acababa de contar su hija. Temiendo su reacción, miró a su esposo. Las venas de su cuello habían comenzado a hincharse y se palpaba claramente que estaba conteniendo el impulso de gritar.

Angustiada por la magnitud de su enfado, decidió mediar antes de que él dijera algo de lo que luego pudiera arrepentirse.

―Thyra, creo que será mejor que te vayas…

―No, Brina ―la interrumpió Eirik, cortando de raíz su intento de librarla del castigo―.

Sé lo que opinas sobre esto, pero nuestra hija ha cometido muchos errores por los que tiene que responder.

Podría encerrarla en una celda o azotarla en mitad del campamento para que todos vieran que nunca se ha desobedecer ninguna de mis órdenes porque sus malas decisiones nos ponen a todos en peligro.

―Padre… ―dijo ella con desesperación.

―Pero eso solo castigaría su cuerpo, y Thyra necesita aprender que el mayor dolor de todos es el que se siente en el corazón al experimentar la decepción y la imposibilidad de cumplir los más profundos deseos.

Los cuatro se miraron sin poder imaginar qué había ideado para reprenderla. Nîga se sintió soliviantada porque aquella severidad y sangre fría le recordó más de lo que hubiera esperado a Helmet.

―¿Qué quieres decir, Eirik? ―preguntó Brina, que tuvo la sensación de no conocer a su marido después de tanto tiempo juntos.

―Que sé exactamente lo que más va a dolerle a nuestra hija, y estoy convencido de que esto enseñará al resto a mantenerse en el lugar que le corresponde. ―Cada palabra que pronunció se deslizó con una lentitud tal que logró que la amenaza fuera clara.

Alana cerró los puños para no perder el control. No sabía qué había pensado el rey para su mejor amiga, porque eso era en lo que Thyra se había convertido, pero aquella expresión que mostraba su rostro no le estaba gustando nada.

Vio al rey apretando los dientes. Incluso ella era capaz de apreciar el control frío en su mirada, que mostraba con nitidez que su castigo ya estaba decidido.

―¿De qué estás hablando, padre?

―Tu compromiso con Isaksen queda anulado y vuestro sjelevenner se cancela.

―¡No puedes hacer eso! ―añadió, llevándose las manos a la boca para ahogar su sorpresa.

―¡Puedo y lo haré! ―gritó, golpeando el brazo de la silla con el puño para dejar salir su frustración.

―Pero él y yo nos amamos. ¡Nos amamos antes de nuestra unión! ―repitió con las mejillas empapadas de lágrimas.

Nîga y el padre León se miraron contrariados.

No entendían por qué eso era lo peor que se le podía ocurrir al rey para aleccionar a su hija.

Al ver cómo Thyra se arrodillaba ante él suplicando que la azotara en vez de cancelar sus esponsales, supusieron que él había encontrado su punto débil y que aquella pena era mucho peor que cualquier escarmiento físico o público.

En aquel momento, Alana pensó en Alistair, en cómo él la había traicionado para conseguir su cuerpo. Lo que aprendió por las malas fue que, de alguna manera, la amaba, pero no lo suficiente como para luchar por ella ante su padre.

Thyra continuaba rogándole al errante que no la condenara a una eternidad sin su pareja designada. Cancelar el ritual iba a destruir sus almas, y prefería ser torturada durante mil años antes de que jamás permitiera realizarse el sjelevenner .

El padre León bajó la mirada al suelo, pero Nîga sintió que no había escapatoria.

Vampiros o errantes, no existía ninguna diferencia entre ellos.

De pronto, se dio cuenta de que su vida no importaba nada frente al amor que sentían Thyra y Oskar, así que hizo algo que nadie jamás pensó ver: echó un paso adelante y se dejó caer de rodillas.

―Moriré por ella ―dijo bajando la cabeza―. Thyra y Oskar no merecen estar separados por mi culpa.

Incapaz de expresar el asombro que la embargaba, la princesa trató de decir algo, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Con un suspiro, finalmente encontró su voz.

―¿Qué... qué estás diciendo, Nîga?

Eirik se quedó igual de sorprendido que su hija. ¿Qué hacía una vampira entregando su vida por una errante? ¿Qué locura era esa?

―He existido lo suficiente como para darme cuenta de que la libertad es lo único que deseo más que nada en este mundo.

Con vuestras palabras, rey Athelstan, habéis demostrado que no importa a qué bando pertenezcas ―un par de lágrimas rosadas profanaron su precioso rostro―, siempre habrá alguien dispuesto a castigar a otro cuando se niegue a seguir cumpliendo órdenes.

―Se desprendió de la prenda que llevaba para mostrar sus verdaderas ropas.

―¿Acaso me estás comparando con Helmet? ―bramó, clavando la mirada en el escudo de las tres serpientes.

―Así es. Vos, Helmet, Abbadon o el que venga después.

Todos estáis ebrios de poder. Imponéis vuestra voluntad a través de actos terribles; pero, en realidad, os escondéis detrás vuestros miedos.

Os escudáis en proteger a los errantes, Helmet en tratar de derrotar a Abbadon, y Abbadon en destruir a todos para complacer a Mørket…

―Su boca dibujó una sonrisa amarga, dejando al descubierto su resignación al tener que aceptar siempre las imposiciones de otros―.

Estoy cansada de sufrir, rey Athelstan. Así que prefiero morir antes de que se cometa otra injusticia delante de mí, si puedo evitarla.

Elevó los hombros y sonrió con tristeza. Miró a la errante y le ofreció su mano. Ella se la cogió enseguida sin poder dejar de llorar.

―Thyra merece amar ―prosiguió―. Incluso Oskar, al que sé que no agrado en absoluto.

Los pocos días que hemos compartido me han recordado lo que significaba formar parte de una familia.

Y no hay nada que no hiciera por ellos con tal de que fuesen felices.

―Inspiró como si aquellos sentimientos le hubiesen devuelto durante unos instantes su humanidad―.

Por tanto, os ruego que me concedáis el honor de sacrificarme por «mi familia».