25. NO HAY NADA QUE ANSÍE MÁS
A l día siguiente, Alana disfrutó de los tímidos rayos de sol que acaban de aparecer detrás de unas nubes.
Ya era media mañana cuando casi alcanzaron la linde del campamento errante.
Tal y como había acordado con Oskar y Thyra, él les cubrió los ojos a Nîga y al padre León mientras que la princesa se lo hacía a ella.
Los tres habían comprendido el peligro que supondría para los errantes que alguno de ellos conociera la situación exacta de donde se hallaban, no obstante, eso no significó que la vampira pensara que jamás se había visto tan expuesta ante un enemigo.
Poco después, varias patrullas de errantes los detuvieron. Al reconocer a la princesa, hincaron la rodilla en el suelo. Ella les ordenó que se pusieran en pie y les pidió que trataran con mucho cuidado a los tres invitados que los acompañaban.
En tanto varios guerreros se adelantaron para informar que la hija del rey estaba de regreso, el grupo avanzó despacio hasta la entrada.
Nada más desaparecer la barrera, Thyra vio a su madre correr hacia ella. Se fundieron en un abrazo mientras la reina empapaba sus mejillas con lágrimas de felicidad.
―Hija mía ―susurró sobrecogida por tenerla sana y salva entre sus brazos.
―Madre, lo siento ―respondió al tiempo que la rodeaba un poco más fuerte al darse cuenta de lo mucho que la había preocupado.
Detrás de ellas estaban su padre, Gudrun, y sus hermanos Vagn, Thorkell y Asvoria. Todos la observaban, pero cada uno tenía sus propios pensamientos sobre cómo se había comportado.
Eirik no podía dejar de mirarla, hasta que no fue capaz de apartar la vista de las dos mujeres que tenían los ojos vendados, y que Oskar llevaba de la mano. Además, un hombre, también con la vista cubierta, se orientaba apoyándose en el antebrazo de otro guerrero.
En cuanto dieron el último paso antes de detenerse, la energía que desprendía una de las muchachas, cuya melena dorada parecía fundida en luz, lo impactó con tanta fuerza que lo obligó a posponer lo que iba a decirle a su hija.
―Isaksen, ¿qué significa esto? ¿A quiénes has traído a nuestro hogar sin pedir antes mi consentimiento? ―Su voz sonó con un eco profundo de autoridad inquebrantable.
Thyra se separó de su madre para interponerse entre ellos y su padre.
―Oskar, descubre sus ojos ―lo instó a que lo hiciera al momento.
Él asintió ante el estupor de Eirik y del resto.
Todos quedaron en silencio cuando vieron el precioso rostro de una de las jóvenes, quien los observó con los labios curvados suavemente hacia arriba mostrando una sonrisa genuina y cálida.
Su visión provocó en los corazones de cuantos la miraban una oleada reconfortante de ánimo y gratitud.
―No es posible… ―La incredulidad se dibujó en el rostro del rey al reconocerla.
―Padre, ella es Alana. La Elegida.
―Por fin nos conocemos, Eirik ―dijo, ofreciéndole ambas manos.
Él se quedó paralizado al darse cuenta de que la salvación de todos estaba un paso más cerca, casi tan corto como la mínima distancia que ahora los separaba. Reaccionó un instante más tarde y unió sus manos con las de ella.
―He vivido miles de vidas para conocerte ―dijo el Šāhanšāh conmocionado.
―He esperado miles de vidas para poder decirte que la espera ha concluido.
El repentino silencio que se formó a su alrededor los dejó a todos sobrecogidos.
Eirik pensó que todo por lo que había luchado de forma incansable lo había llevado hasta allí, sin embargo, un alma oscura estaba empañando ese momento.
No pudo evitar preguntarse qué hacía con ellos una yekem Drăgoi, que estaba mirándolo como si supiera que iba a morir, y, pese a ser consciente de ello, no le causara el más mínimo desasosiego.
Aunque, lo que más curiosidad le causó fue cómo aquel párroco, cuyos pasos había guiado años atrás, ahora se presentaba ante él sin latidos en su corazón y con el semblante más pálido que le había visto nunca a un «No Muerto».
Eirik se fijó por última vez en León antes de volver a prestar toda su atención a Alana. Le parecía mentira verla en sus dominios. De hecho, se sentía algo perdido porque nunca había tenido la visión de su presencia allí con los suyos.
Ahora, más que nunca, debía admitir que aquellas nuevas circunstancias las había propiciado su hija Thyra. Su imprudencia parecía que hubiese cambiado el futuro de todos, incluyendo el de la propia Elegida.
Pensando en cómo iba a afrontar la situación, decidió que era mejor llevar a los recién llegados a la tienda principal para tratar de aclarar por qué se encontraban en su campamento.
―Padre, yo… ―comenzó Thyra.
―Aquí no ―respondió él con una intensidad feroz.
La princesa bajó la mirada después de contemplar su rostro. El Šāhanšāh tenía las cejas fruncidas, sus ojos parecían estar a punto de lanzar llamas y sus labios formaban una línea tensa. Lo había enfadado hasta el extremo por haber desobedecido una vez más y por salir huyendo de su propio deber.
Ahora le tocaba asumir las consecuencias de sus actos, y la discusión que aún estaba pendiente iba a ser la peor que habían tenido nunca.
―Alana, es un privilegio teneros entre nosotros, pero necesito hablar con mi hija en privado. Si sois tan amable…
―Donde vaya Thyra, yo iré con ella.
―Esto es algo que debo resolver a solas.
―Sabéis que puedo obligaros ―susurró tan bajo que solo él pudo oírla―. Por favor, permitidme explicaros qué ocurre.
Eso era lo último que esperaba oír de la Elegida, una amenaza. Medir fuerzas con ella no era algo que pensaba tener que hacer al conocerla, por lo que acabó aceptando.
―Acompañadnos ―acabó diciendo Eirik, dando su mano a Brina.
Al pasar junto a Gudrun, le dedicó unas palabras en privado. Este asintió y caminó hasta colocarse al lado de los príncipes, debían continuar con su entrenamiento sin tener distracciones.
Durante esos instantes, el grupo se miró desconcertado.
Ninguno sabía qué era lo que debía hacer.
Oskar se detuvo en Thyra, quien elevó los hombros igual de extrañada que el resto.
Para no empeorar la situación, ella les hizo una señal con la cabeza.
En silencio, caminaron detrás del rey. La joven princesa sonrió a sus hermanos, que la miraron con pesar por lo que sucedería a continuación.
Después, se quedó confundida al ver cómo Vagn y Thorkell se marchaban con el segundo de su padre.
Mientras caminaban hacia la tienda principal, Oskar le susurró a Thyra que quería estar a su lado. Consternada, le rogó que no lo hiciera. Sabía que su padre iba a humillarla sin pudor, así que prefirió que no estuviese presente.
―¿No quieres que yo esté, pero van a entrar la Elegida y los vampiros? ―masculló en voz baja para que solo ella lo oyese.
―Confía en mí, ha de ser así. ―Lo miró, dándole a entender que le había sido revelado en una visión.
―Entiendo. Iré a ver a mi familia, pero regresaré luego ―agregó decidido.
―Gracias.
Él asintió sin estar demasiado conforme, aunque aceptó que debía ser de ese modo. Justo antes de entrar en la tienda, se dirigió a Eirik.
―Señor, me gustaría visitar a mi familia. Llevo muchos días fuera y estoy seguro de que se sentirán aliviados al saber que he regresado.
―Por supuesto. Puedes marcharte, a no ser ―se dirigió a la Elegida ignorando a propósito a su hija― que prefiráis que se quede.
―Lo que él decida, aunque creo que es mejor que vuelva con los suyos, puesto que es lo que desea ―respondió Alana al ver cómo Thyra le pedía mentalmente que lo dejara ir.
El joven Isaksen volvió a mirar a Thyra, quien asintió a su petición de marcharse.
La princesa sabía que, en cuanto estuvieran fuera del alcance de ojos curiosos, su padre entraría en cólera con ella e incluso con la Elegida.
Él siempre se había opuesto abiertamente a que los «No Muertos» fuesen al campamento, y, en realidad, tenía toda la razón.
Pero su cabezonería, junto con la imposición de Alana, había empujado al errante a consentir que los acompañaran.
Ahora se encontraban recogiendo tempestades por haber puesto en peligro a los suyos, y su prometido no tenía por qué pagar por sus errores.
―Thyra, ¿prefieres que se quede? ―preguntó a su hija con un tono que encerraba cierta maldad.
―No, padre. Antes de que se vaya, debéis saber que Oskar no quería que ellos vinieran ―dijo mirando a los vampiros.
―Entiendo. Sin embargo, ninguno le ha hecho caso ―añadió frunciendo los labios―. Bien, hijo. Puedes irte. Más tarde hablaremos sobre cancelar vuestro sjelevenner.
―¿Cancelarlo? ―El rostro de Oscar se tensó, incapaz de ocultar la incredulidad que sentía.
―¿De qué estás hablando, padre? ―preguntó Thyra, poniéndose al lado de su prometido.
―¿Es que no quieres anularlo después de que ella saliera huyendo? ―añadió Eirik censurando a su hija.
―Mi rey, no hay nada que ansíe más.
―Ya, ¿y tú? ¿Te escaparás otra vez?
―No, padre. Reconozco que me equivoqué. Nunca más volveré a huir ni de él ni de mis responsabilidades.
El viejo errante se fijó en los dos y vio en ellos algo más que el cumplimiento del deber. En otro momento, esa noticia hubiera sido algo que celebrar, pero antes tenía que aclarar demasiados temas con aquellos que aguardaban como para felicitar al joven guerrero y a su hija.
―Está bien. Puedes irte, Oskar. Ahora, Thyra, tú y yo vamos a averiguar qué demonios tienes en la cabeza para haber desoído todas y cada una de mis órdenes.
La princesa apretó la mano de su prometido antes de desaparecer en la tienda.
Aquel gesto le gustó a su padre, solo que estaba demasiado enfadado con ella como para decírselo.
La reina le dedicó a su esposo una mirada de reprobación.
En los últimos tiempos, Eirik estaba tomando decisiones desacertadas, aunque jamás lo pondría en evidencia delante de sus guerreros.
Ahora, sin embargo, la que estaba a punto de ser juzgada era su hija, y no estaba dispuesta a mantenerse en silencio cuando su destino lo había decidido él mismo sin contar con nadie.