Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 24. UNA BASTARDA LLAMADA HERLEVA #3
77%

24. UNA BASTARDA LLAMADA HERLEVA #3

De camino, el heredero le había expresado con cierto grado de preocupación que quizás se había sobreexcedido con el francés aquella mañana al obligarlo a cambiar de parecer.

El general, por el contrario, pensaba que había sido una gran idea convertirlo en un pelele, ya que, de ese modo, no volvería a amenazarlos con cambiar el pacto.

Tras despedirse, Alistair, como siempre, se dirigió a la ventana de la habitación para contemplar el exterior.

Un manto de oscuridad lo cubría todo, sin embargo, podía ver con nitidez el bosque a un lado y las pequeñas casas que conformaban Richborough al otro.

Las ventajas de ser un vampiro no dejaban de sorprenderlo.

Ser capaz de ver las luces titilantes de los hogares de los pueblerinos era algo que aún no podía asimilar, pero comprendió que, con el tiempo, y de eso tenía a raudales, sin duda alguna lo haría.

Unos suaves golpecitos en la puerta llamaron su atención.

Supuso que sería algún sirviente preguntándole si necesitaba algo.

La muchacha que se presentó le pareció perfecta para alimentarse.

Como si fuese natural en él, la sometió en un abrir y cerrar de ojos, y bebió de ella hasta que oyó cómo sus latidos descendían demasiado.

Rău le había advertido que no podían matar a nadie, ya que sería contraproducente que encontraran a alguien desangrado en el castillo.

Aquello podría levantar sospechas hacia ellos, puestos que eran los únicos visitantes.

En contra de sus deseos, lamió la herida y le ordenó a la chica ir de inmediato a la cocina a comer hasta sentirse recuperada.

Un poco más tarde, de nuevo, volvieron a tocar en la puerta. Sonrió para sí porque aquella noche tendría ración doble. Al abrir, un destello de asombro apareció en sus ojos, seguido por una sonrisa sincera al verla.

―¿Herleva? ―preguntó embobado, como si fuese un muchacho sin experiencia.

―Príncipe Alistair, ¿podríamos hablar un momento? ―dijo con un tono tímido de voz, casi asustadizo.

―Sí, claro. Pasad. ―La invitó, haciéndose a un lado.

―Pronto partiremos hacia vuestro hogar, y no quería irme sin aclarar nuestra situación.

―¿Aclarar? No os entiendo. Vamos a desposarnos para que nuestras familias aúnen fuerzas.

―Eso lo sé. Esto es una imposición para que vuestro padre posea el ejército de mi hermano… hermanastro ―se corrigió.

―Así es.

―¿Os agrado? ―soltó mirándolo fijamente.

Aquella pregunta era la última que Alistair esperaba oír.

―Sí, Herleva. Sois muy bonita.

―No sé nada de… Bueno, mi nodriza me ha explicado algo. ―Le dio la espalda para que no la mirase, pero terminó dándose de nuevo la vuelta―. Estoy segura de que me azotaría con el atizador de la chimenea si supiera que he venido a vuestra alcoba.

―Y tendría razón. Estáis exponiendo vuestra virtud al venir aquí.

―Supongo ―frunció el entrecejo de una forma que a Alistair le pareció adorable―, pero he pensado que, como vamos a ser esposo y esposa, era mejor solucionar… Quizás no he sido demasiado sensata.

El príncipe se acercó a ella, atraído a la vez por su inocencia y arrojo. También por sus mejillas arreboladas al mirarlo, algo que le pareció pueril y delicioso.

Subió la mano y le acarició con delicadeza el rostro. Aquel contacto nubló por un instante los pensamientos de ella, antes de que una sonrisa de puro deleite cruzara su rostro.

―No te has apartado ―susurró, sorprendido al sentir una excitación que no había experimentado desde que conoció a Alana días atrás.

Ella entreabrió los labios, respirando de forma entrecortada incapaz de responder.

―¿Nunca te había tocado un hombre? ―añadió el heredero sintiendo una extraña satisfacción, dispuesto a enseñarle cuanto sabía.

Herleva, sin dejar de mirarlo, negó mientras se humedecía ligeramente el labio inferior. Aquella respuesta volvió loco a Alistair, que no pudo contenerse y depositó un beso cargado de deseo en su boca. Ella respondió con torpeza.

Él pensó que, sin duda, era la primera vez que alguien la besaba.

Saberlo le produjo un inmenso placer, pero, al contrario de lo que le pedía todo su cuerpo, se separó.

La joven iba a convertirse en su esposa, y no iba a mancillarla antes de tiempo.

Por una vez en su vida, se merecía tener lo que siempre había querido: una muchacha dulce e inexperta con la que formar algo puro, aunque después la convirtiese en una virtuosa en el lecho para satisfacer todas sus depravaciones.

―¿Lo he hecho mal? ―dijo abrumada, mostrando una expresión de pesar y vergüenza.

―No, para nada. Estad tranquila, yo os enseñaré a ser una mujer.

Ella dibujó una preciosa sonrisa en su rostro y asintió. Después, corrió hacia la puerta con una expresión de diversión al ver lo fácil que le había resultado engañar al inglés.

Antes de salir, se volvió para mirarlo.

―Hasta mañana, Alistair ―se despidió con un tono dulce.

―Hasta mañana…, Herleva ―respondió él con la voz ronca, llena de deseo contenido.

La normanda cerró sin hacer ruido y se dirigió a su habitación conteniendo la sonrisa.

Él se quedó pensando en que el destino era caprichoso en exceso, aunque también generoso.

Por supuesto, Alistair sintió que era natural que sucediera, puesto que no se merecía menos, y pronto le demostraría a aquella muchacha lo que era estar al lado de un verdadero príncipe.