Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 24. UNA BASTARDA LLAMADA HERLEVA #2
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24. UNA BASTARDA LLAMADA HERLEVA #2

Tras anochecer, los errantes decidieron acampar.

Como había sido hasta ahora su costumbre, encendieron un fuego y contaron historias alrededor de la hoguera.

Ninguno de los vampiros que les pisaban los talones entendía a qué estaban jugando.

Se habían pasado más de una jornada dando vueltas sin llegar a ninguna parte.

Avanzaban, se escondían al ver a las patrullas Drăgoi, deshacían el camino, volvían a retomarlo…

Erke nunca se había tomado la molestia de seguir a un errante; pero no pudo evitar pensar en que, si así era cómo se orientaban, había sido un milagro, como esos de los que hablaban los párrocos, que hubiesen encontrado en otra época el campo de batalla.

Cuando por fin se detuvieron, los cuatro ocuparon posiciones para no ser descubiertos.

Llevaban sin alimentarse desde que habían dejado su campamento, así que la falta de sangre comenzó a hacerles mella.

Edjer fue el primero en comentar que debían encontrar a un humano como fuera o acabaría mordiendo la corteza de un árbol.

Como siempre, su comentario hizo reír a Bahoz.

Soren, en cambio, se mantuvo en silencio; aunque no hacía falta adivinar lo que pensaba porque sus brazos cruzados y labios fruncidos, con los que estaba formando una línea rígida, indicaban claramente su descontento.

El general los miró, entendiendo que no podrían aguantar mucho más tiempo.

Sobre todo, si los errantes no se decidían de una buena vez hacia dónde querían ir.

―A ver, vosotros dos. ¡Bajad la voz que os van a oír! Sé que tenéis razón. La cuestión es dónde vamos a encontrar a un mínimo tres o cuatro humanos. Con uno solo, no hacemos nada.

―Felsted está a poco de aquí. Hay varias posadas y tabernas, y te aseguro que ellos no van a ir a ningún lado ―dijo Bahoz señalando con los ojos a los errantes―. Podríamos escabullirnos de dos en dos.

―Esa es una idea excelente ―lo secundó Edjer, pasándose la lengua por los colmillos sin darse cuenta.

―No puede ser ―rechazó Erke aquella opción―, los últimos no tendrían tiempo de volver.

―Tal vez no sea necesario ―terció Soren―. Creo que se dirigen al pueblo, pero son tan inútiles que se han perdido varias veces.

―¿Piensas de verdad que se encaminan hacia allí? ―preguntó el general a punto de claudicar porque también estaba hambriento.

―Si no es así, no sé a dónde demonios van ―añadió el gigante con un tono amenazador.

A Nessa le hizo gracia y, al mismo tiempo, le sorprendió la conversación de los cuatro Ursu. Aquellos parecían ser más amigos que otra cosa, algo que no esperaba encontrar entre las filas de los peores vampiros que existían.

Sintiendo curiosidad por lo que dirían a continuación, se acercó un poco más para oírlos mejor.

―Está bien, me has convencido ―dijo Erke―. Soren, tú irás con Edjer. Después nos tocará a nosotros ―agregó mirando a Bahoz.

―Sí, señor.

―Os esperaremos en la casa donde vimos salir a aquellos errantes. Si algunos de ellos ya han estado allí, tal vez estos se dirijan al mismo sitio. Si no es así, regresaremos aquí mañana por la noche. Edjer, tú volverás a esta posición y nos informarás hacia dónde se dirigen.

―Sí, mi general.

―Ahora, partid. Sed juiciosos y no llaméis la atención. Nada de muertes ―ordenó con aspecto serio.

―Sí, señor ―respondieron los dos.

Tras verlos marchar, Bahoz se quedó absorto mirando a los que llevaban siendo sus enemigos desde que tenía memoria.

―¿Qué ocurre? ―se preocupó Erke al ver su expresión.

―Nada, solo un recuerdo.

―¿Uno bueno?

―Uno con mi esposa junto al fuego. ―Apretó la mandíbula y bajó un instante la mirada al suelo.

Su superior asintió ante su semblante de dolor. El pasado parecía estar lejos, pero, cuando menos esperaban que lo hiciera, lograba colarse en la mente para destrozar sus muertos corazones.

―Sí, ese parece uno bueno.

―Y tú, ¿conservas alguno que merezca la pena? ―El vampiro se pasó la mano por la cara para alejarse de ese momento.

―Bălan podría tener dieciocho o veinte años. Me presentó a una muchacha de grandes pechos con la que acabé convirtiéndome en un hombre. Después, nos fuimos juntos a celebrarlo con vosotros tres.

―Ese también es un buen recuerdo. ―Le sonrió Bahoz, apoyando la mano en el antebrazo de su jefe. Un gesto muy humano que no le pasó desapercibido al general.

―Mi hermano nos cambió a todos ―añadió, mirando a la nada mientras trataba de congelar ese instante en su mente.

―Sí. Pese a cuanto hizo obligado por las circunstancias, nunca permitió que la sangre de Abbadon lo transformara del todo.

―Y eso fue lo que acabó con él ―se lamentó.

―No, Erke. Rău fue quien acabó con él. Ser lo que somos nosotros no es fácil. Cuanto más tiempo pasa, más cerca estamos de convertirnos en bestias. Puede que ya lo seamos. Sabes que hemos causado demasiado sufrimiento. Tarde o temprano, tendremos que pagar por ello.

―Lo sé, pero no antes de matar a Abbadon y a su perro.

Nessa no sabía de quién hablaban, pero se quedó helada al escuchar que dos Ursu querían acabar con su líder y su mano derecha. Aquella información valía su peso en oro, justo lo que iba a pedirle a Eirik multiplicado por mil.

―Mi hermano tenía los mejores amigos que nadie podría desear. Si no hubiera sido por vosotros, no me hubiese convertido en su segundo y tal vez no estuviera ni siquiera aquí.

―Lo sé. Soren era el que debía haber sustituido a Rău como segundo, pero fue muy listo convenciendo a Abbadon de que tú eras la mejor opción.

―Nunca podré agradecérselo lo suficiente porque tener la oportunidad de haber vencido a esa rata delante de su amo fue de lo más satisfactorio.

Ambos sonrieron.

―Descansa un poco. Yo haré la primera guardia.

Erke apretó su antebrazo como el otro vampiro había hecho antes y cerró los ojos. Aún faltaba mucho para llevar a cabo su venganza, pero cada paso lo acercaba un poco más. Pensó en Bălan y en todo lo que habían compartido desde pequeños.

Rău se lo había arrebatado como un maldito ladrón. Él, a cambio, le arrancaría el corazón y las entrañas como pago.

Después de una cena muy frustrante, en la que solo había podido intercambiar dos palabras con Herleva por culpa de la amabilidad empalagosa de Blanchard, Alistair y Rău volvieron a sus aposentos.