24. UNA BASTARDA LLAMADA HERLEVA
A listair y Rău llegaron por fin a las puertas del castillo, los recibieron cuatro enormes franceses a los que apenan entendieron.
Su acento marcado y la falta de interés por comunicarse provocaron que aquellos primeros momentos fuesen muy incómodos para el heredero.
Esperaba una comitiva de bienvenida, en cambio, le pareció que su presencia no era acogida con agrado.
Tras esperar a que los anunciaran, fueron acompañados al salón principal. Allí, el jovencísimo duque presidía la enorme mesa. La estampa era ridícula, un niño jugando a tener el poder en sus manos.
Rău miró de reojo a Alistair, que, tal y como le había advertido el viejo vampiro antes de llegar, trataba de no alterarse.
―Tranquilo… ―le susurró tan bajo que solo él pudo oírlo.
El príncipe asintió levemente para darle a entender que lo había escuchado, pero el trato que estaban recibiendo lo comenzó a enervar más de lo que era recomendable si ninguno de ellos quería morir bajo sus sedientos colmillos.
En cuanto les dieron la venia y se acercaron, vieron la realidad de lo que ocurría.
Étienne Blanchard, primer consejero de Ricardo, discutía acaloradamente con uno de los suyos por un tema de tierras.
Pese a no entender una sola palabra, el rostro de complacencia que mostraba el infante al escucharlos hizo que los recién llegados reconocieran al momento quién era el que gobernaba el ducado.
―Señor duque, señor Blanchard ―se dirigió a ellos un sirviente―, el príncipe Alistair de Wessex.
Ricardo, desde su silla, elevó el mentón con curiosidad para observarlos de arriba abajo. Étienne se puso en pie y los saludó como si él fuera el auténtico duque.
―Dichosos los ojos, príncipe Alistair ―dijo con un tono que no le gustó a ninguno de los dos.
Como saludo, el francés gesticuló un simple cabeceo, pero no se acercó a ellos. Rău lo observó desde su altura con una mirada perturbadora, que más bien parecía un aviso silencioso de que tuviese cuidado con sus palabras.
La prepotencia del consejero le hizo obviar aquella amenaza y continuó en una línea que solo empeoró el humor de ambos.
―Temimos que llegaseis a tiempo ―ironizó mostrando una sonrisa forzada.
―Pues aquí estoy.
―Veo que, después de todo, vuestro padre es un hombre de palabra. ―Lo provocó, ignorando el peligro que comenzaba a correr.
―Sois muy amable al recibirme en nombre del duque ―dijo Alistair, mirando al pequeño directamente―, aunque no lo veo necesario. Creo que Ricardo y yo podremos entendernos a solas porque su madurez supera con creces su edad. ¿Me equivoco?
Al niño se le iluminaron los ojos. De pronto, se sentía importante. Sin embargo, había sido bien aleccionado por su consejero, por lo que temió equivocarse al tomar una decisión.
―Hablaremos, pero Étienne se queda ―dijo el crío, que apenas sacaba un palmo al borde de la mesa.
―Por supuesto ―aceptó el príncipe a regañadientes.
A una señal del consejero, todos salieron; incluso aquel con el que había discutido y que se marchaba con un gesto de disgusto que fue incapaz de disimular.
―Bien, ahora que estamos solos, podemos hablar del acuerdo ―prosiguió Alistair―.
Acepto desposar a vuestra hermanastra bajo la condición que establecisteis con mi padre.
Vuestro ejército al completo pasará a formar parte del nuestro.
En el caso de que necesitéis de nuevo a vuestros hombres, permitiríamos que regresaran junto con la mitad de los nuestros para aportaros toda la ayuda posible.
―Sí, esos eran los términos. Aunque ahora el duque alberga algunas reservas con respecto a cumplirlo, puesto que piensa que está en desventaja.
El príncipe miró a Rău con las cejas arqueadas, mostrando su indignación.
Lo que estaba sugiriendo Blanchard era que iba a modificar los términos del pacto.
Alistair había perdido todo cuanto tenía por estar en esa reunión, y ahora ese maldito francés pretendía cambiar de opinión mientras se reía de él en su cara.
El general Ursu sonrió con sutileza. Sus ojos revelaban una tormenta interna que mostraban tanto sorpresa como desagrado.
Aquel humano estaba regateando como un sucio comerciante, y no iba a consentir que un saco de sangre faltara al respeto a uno de los suyos.
Su señor quería que esa alianza se llevara a cabo, así que no toleraría que los mirara ni con desprecio ni altanería.
Menos aún, que se saliera sin más con la suya si él podía evitarlo.
―¿Prefieres al niño… o a esa escoria? ―soltó de pronto el vampiro, harto de escuchar sus amenazas veladas.
Alistair le devolvió una amplia sonrisa, como si de pronto la sorpresa le hubiera robado las palabras.
―La escoria ―puntualizó el heredero.
Blanchard, al ver su semblante, los miró aterrado. Sin darle tiempo a preguntar, los dos se lanzaron a por cada uno para robarles la voluntad. En esta ocasión, no les causarían daño alguno, pero que el consejero se anduviera con cuidado si no quería acabar desangrado a la primera de cambio.
Al regresar a donde estaban, Blanchard se sintió de maravilla.
Con premura, hizo llamar a la hermanastra de Ricardo.
Al poco, apareció una muchacha menuda con la cabeza gacha acompañada de su aya.
Se veía claramente que la habían enseñado a obedecer y a mantenerse en silencio hasta que alguien se dirigiera a ella.
―Príncipe Alistair ―le habló Étienne con un tono mucho más amable―, ella es Herleva, vuestra futura esposa.
La joven lo miró tal y como le habían ordenado.
Forzó una ligera sonrisa e hizo una sutil reverencia.
El heredero se quedó impactado por su belleza natural.
No podía compararse con Alana, pero recordó que los de Helmet ya estarían buscando a la campesina, por lo que pronto podría satisfacer sus deseos con ambas sin tener que oír de ninguna quejas o lamentos.
Aquel pensamiento también lo hizo sonreír.
Al fin y al cabo, quizás ser un «No Muerto» no estuviera nada mal.
―Me produce una inmensa dicha conoceros ―dijo el heredero cogiéndole la mano para llevársela a los labios―. Estoy convencido de que me haréis muy feliz y yo… procuraré hacer mismo.
―Me siento muy honrada por vuestras palabras ―respondió en un perfecto inglés.
―Bien, Blanchard. Creo que deberíamos partir hoy mismo hacia el castillo de mi padre. El obispo nos desposará en cuanto lleguemos ―mintió, puesto que no sabía para cuándo estaba acordado el matrimonio―, y me temo que nuestro regreso no podrá ser tan forzado como ha sido nuestro camino hasta aquí.
―Claro, lo entiendo ―añadió con amabilidad―.
Pero comprended que aún tenemos que concretar algunos asuntos.
Marcharos hoy sería demasiado precipitado.
Además, buena parte de nuestro ejército está de camino y aún tardarán varias semanas en llegar.
Recordad que eso era parte del acuerdo. Ellos os deben acompañar para unirse a los hombres de vuestro padre.
―Lo entiendo. Regresaremos en cuando lleguen. Espero que sus pertenencias para entonces estén preparadas o podéis enviarlas cuanto antes. Si te parece bien ―dijo mirando a Rău―, algunos de nuestros… hombres pueden acompañarlos.
―Cuatro de los nuestros los escoltarán ―confirmó el vampiro.
―Excelente ―añadió Étienne.
―Ahora, si me lo permitís ―agregó Alistair―, os entregaré unos presentes con los que mi padre y yo queríamos agasajaros.
Rău ordenó a un sirviente que avisara a los suyos, que al poco aparecieron con las manos llenas de baratijas.
Con aquella muestra de respeto hacia el duque acabaron las presentaciones.
Con mucha más cortesía de la que había mostrado antes el consejero, hizo que acompañaran a los invitados a sus alcobas.
Pronto servirían la cena y seguro que necesitaban descansar antes de que comenzara el banquete que les habían preparado.
Alistair se despidió de ellos convencido de que aquel pacto le iba a resultar más provechoso de lo que creía.
La muchacha no era una beldad, pero seguro que pasaría veladas muy interesantes con ella.
Al llegar a la habitación, le pidió al general que lo acompañara. Necesitaba hacerle varias preguntas.
Nada más cerrar la puerta, le soltó la que más curiosidad le causaba.
―¿Qué te ha parecido?
―Creo que te vas a divertir mucho con ella ―respondió Rău, sentándose en una de las sillas al lado de la chimenea―. ¿Cómo te has sentido al quitarle la voluntad a esa rata?
―Creo que me he sentido más vivo que nunca. Debí dejarlo seco, pero entonces Abbadon no estaría nada contento conmigo.
―Muy bien, príncipe. Esa ha sido la mejor respuesta que podías dar. Nuestro amo por encima de todo.
―Debes entender que esto aún es complicado para mí.
―Muy pronto dejará de serlo. Déjate llevar por lo que ahora corre por tus venas.
―Me gusta sentirme poderoso.
―Es nuestra naturaleza. Creo que serás un segundo excelente cuando llegue la hora.
―Me gustará mucho estar a tu lado. ―Sus ojos brillaron con una chispa de sadismo mientras sonreía, disfrutando del caos que sabía que ambos crearían en un futuro cercano―.
Pero, de momento, voy a concentrarme en cumplir con mi deber.
No puedo esperar a ver cómo se porta en el lecho.
Quizás, después de todo, no sea tanto sacrificio desposarme con esa bastarda llamada Herleva.
Rău no pudo evitar echarse a reír. Desde luego, el heredero había cambiado a pasos agigantados en la última jornada.
No había más satisfacción para él que engrosar al Ejército de la Sangre con un candidato digno, y Alistair, por el momento, estaba comportándose mucho mejor de lo que había imaginado.