23. HAS ROTO TU PROMESA #2
Él era un guerrero errante. Siempre había cumplido con su deber y seguido los escritos antiguos para honrar la casa Isaksen; pero allí estaba su futuro, y no iba a permitir que las dudas empañaran un momento que debía ser perfecto.
Así que, yendo en contra de la tradición y de lo que se había prometido así mismo, la sujetó de las mejillas para besarla con la mayor de las devociones.
Alana, Nîga y León se miraron sin entender nada. Por respeto, se dieron la vuelta y anduvieron unos pocos pasos, separándose de los dos para darles un poco de intimidad.
Oskar abandonó su boca con el corazón rogándole que no lo hiciera, pero debía parar. Había infringido una norma, aunque no se arrepentía porque ese beso siempre lo recordarían hasta el fin de los tiempos. A Thyra se le llenaron los ojos de lágrimas. Su sonrisa hablaba por sí misma.
―Has roto tu promesa ―susurró emocionada.
―Y ha valido la pena. Un ritual no puede estar por encima de lo que siento por ti. Que arda la tierra misma si el Destino me castiga por amarte, pero no me arrepiento de haberte besado.
―Yo tampoco.
―No podía soportar que siempre te preguntaras cómo hubiera sido.
―Me alegro de que hayas arriesgado todo por nosotros.
Se acercó y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
―No podía haberlo hecho de otra manera.
Ambos se miraron como si ya se reconocieran el uno al otro como pareja designada. Se abrazaron, compartiendo un momento muy especial.
Tras separarse, Oskar avisó a los tres para retomar la marcha, puesto que aún les quedaba más de un día de camino.
Mientras corrían por la campiña, tratando de llegar lo antes posible de nuevo al bosque, la pareja errante no podía dejar de sonreír.
Ahora, más que nunca, deseaban que pasaran rápido los días para formalizar su unión porque, fuese como fuese, ya nunca podrían olvidar su primer beso de amor verdadero.
Después del mediodía, la sirvienta terminó de prepararles el baño que habían pedido aquellos dos amables extranjeros.
El posadero, que se había quedado esperándola para atender las mesas buena parte de la mañana, le había gritado con ganas cuando vio que se presentaba en la cocina con las mejillas arreboladas y exigiendo que calentaran varias ollas con agua.
Al ir a pedirle explicaciones, la chica le dio las cinco monedas de oro que ellos le habían entregado a cuenta por haber estado limpiando sus habitaciones.
La ira que sentía su jefe desapareció al instante.
Ella regresó a sus quehaceres sin recordar nada, y era mejor así.
En cuanto Alistair y Rău se adecentaron, decidieron retomar el viaje.
Cuanto antes llegaran a Richborough, antes podrían regresar.
Abandonaron sus estancias y el general Ursu pagó una generosa propina por los servicios prestados.
El posadero, muy agradecido, los invitó a volver cuando lo consideraran oportuno.
Caminaron por el pueblo hasta llegar al punto donde habían acordado con el séquito. A disgusto, los «No Muertos» subieron a sus monturas para recorrer la poca distancia que les quedaba.
A media tarde, divisaron el imponente castillo donde los estaba esperando el duque. Tras mostrar a los soldados normandos el escudo del rey de Inglaterra, los dejaron pasar.
Ya no había vuelta atrás. El joven inglés se dio cuenta de que, por muy fuertes y sanguinarios que fuesen los vampiros que lo acompañaban, no tendrían nada que hacer con el despliegue de hombres que se veían alrededor de aquella fortaleza.
Sin duda, estaban entrando en las fauces de un depredador que tenía medio ejército listo para atacar.
Se giró en su montura hacia Rău, quien le mostró un gesto divertido ante su estupor.
―Los míos acabarían en una sola tarde con todos ellos ―le susurró al príncipe para que se tranquilizara.
Aquella declaración consiguió el efecto deseado. El rictus de Alistair se suavizó y dejó de preocuparse. Ahora era un Ursu y no se dejaría llevar nunca más por el temor de perder… la «vida».
Borgervern y los tres guerreros que lo acompañaban llegaron a la entrada del campamento. Los suyos los recibieron con alivio después de haberlos visto marchar tantos días atrás. El de la casa Volger solicitó ver de inmediato a Eirik, tenía nuevas importantes que compartir con él.
Momentos después, se le permitió audiencia. Los cuatro se dirigieron a la tienda principal para informar de cuanto sabían.
Nada más entrar, se inclinaron ante el líder del pueblo Errante, que estaba acompañado por sus dos hijos mayores, Vagn y Thorkell, y su segundo al mando, Gudrun.
―Mi rey, traigo información muy importante…
Borg le reveló cuanto sabían y sospechaban.
Ragnarsson se mantuvo en silencio mientras el rastreador le relataba que todos los indicios apuntaban a que los dos prisioneros errantes que habían sido retenidos por los ingleses, muy probablemente, fuesen su hija y el joven Isaksen; aunque no lo habían podido confirmar.
Eirik se sintió satisfecho al saber que Vidar continuaba con su búsqueda; sin embargo, le costó asimilar que la Elegida se hubiese desposado con el príncipe y que más tarde la encerraran en aquellas terribles mazmorras.
―… Le oímos decir a Xwînxwar y a Wêranker que ella se había escapado con una de los suyos ―confirmó Borg.
―¿Y estás seguro de que eran los generales de Helmet? ―quiso asegurarse Eirik.
―Sí, mi rey. Os lo puedo garantizas, los reconocí al instante. No tengo ninguna duda.
―Entiendo.
―Hay algo más, señor. Los generales Drăgoi hablaron de la transformación del príncipe Alistair en vampiro. No pudimos averiguar si ha sido convertido por Helmet o por Abbadon.
―Dudo mucho que sea una coincidencia que ambos estén en el castillo de Athelstan. Solo podemos especular el motivo de por qué el inglés ha decidido sacrificar a su propio hijo, pero si los tres han formado una alianza para atacarnos, hemos de encontrar a la Elegida cuanto antes.
―Yngvar los está guiando de vuelta a su casa para hablar con Leala. Si la Elegida ha logrado escapar, aunque no sea lo más sensato, quizás regrese allí para refugiarse con sus padres. Con suerte, puede que los encuentren de camino.
―Esperaremos dos jornadas. Si no regresan, saldrás a buscarlo de nuevo con dos destacamentos.
―Sí, señor.
Eirik se acercó a él y le ofreció el antebrazo. Borgervern se lo apretó con una leve sonrisa.
―Amigo mío, ve con tu familia. Y a vosotros ―añadió, dirigiéndose a los guerreros de Eide―, gracias por vuestros servicios.
Tras inclinarse, los cuatro salieron para reunirse con los suyos tras estar varias semanas fuera del campamento.
―Padre ―dijo Vagn―, ¿crees que aquellos errantes son mi hermana e Isaksen?
―Estoy seguro, nadie más de los nuestros está desaparecido.
―Sí, claro.
―Hijo, Thyra regresará a tiempo. Lo he visto ―dijo basándose en visiones antiguas.
―Debiste retenerla para que no desatara este caos ―intervino Thorkell, quien no se llevaba demasiado bien con su hermana pequeña porque siempre desobedecía.
―Por mucho que me sea revelado ―comenzó Eirik con un tono de voz cargado de una determinación inquebrantable―, ni yo mismo puedo impedir los designios de Dios. Mis visiones son certeras, aunque siempre es el Altísimo quien decide cómo llevarlas a cabo.
―¿Pero fue esto lo que viste, padre? ―insistió Thork.
―Hijo mío, si dudas de mí, dudarás de ti mismo.
El joven bajó la mirada porque se estaba comportando de una manera intolerable delante de su segundo.
―Te pido disculpas, padre. Detesto que Thyra siempre trate de salirse con la suya y que nunca se la castigue a la altura de sus faltas.
―Si crees que soy demasiado permisivo con ella, tranquilo. Esta vez, no va a «salirse con la suya» ―repitió sus palabras a propósito para zanjar el asunto―. Ahora, continuemos con vuestro cometido. En cuanto se celebre el sjelevenner …
Eirik siguió trazando el plan que tenía pensado para Gudrun.
Había depositado toda su confianza en él, que se llevaría a sus dos hijos en el próximo encargo para convertirlos en dos verdaderos guerreros.
Vagn era su primogénito, el futuro Šāhanšāh [8] cuando él faltara; así que debía aprender cuanto sabía su segundo antes de acometer la verdadera misión para la que tendría que estar preparado.
Y esa iba a ser mucho antes de lo que él mismo pensaba.