23. HAS ROTO TU PROMESA
E l padre León se colocó al lado de los cuatro sin esfuerzo.
Para él, era algo nuevo correr sin perder el aliento.
No notaba pesadez en las piernas ni le molestaba la espalda.
Por una parte, ser un vampiro contaba con ciertos beneficios inesperados que agradecía.
Por otra, tener que alimentarse de sangre humana era lo que peor llevaba.
Se sentía miserable después de profanar aquellos cuerpos sin su permiso, aun así, no tenía más remedio que aceptar que esa era su vida ahora si no quería perecer.
Nîga corría tras él con una sonrisa. Había pasado tiempo suficiente como para que su creador lo hubiese reclamado.
Que no hubiera sido así solo significaba que había muerto y que León era libre.
Se alegraba por él, aunque, al mismo tiempo, se lamentaba de que ella misma aún dependiera de los deseos de Helmet.
Le extrañaba que Bêwestan fuese tan despacio como para no haberla encontrado ya, de modo que se preguntó si la inglesa tenía razón cuando le aseguró que antes la buscaría en el norte.
De un modo u otro, junto a aquel extraño grupo, al que se había unido sin poder oponerse, empezaba a sentirse distinta.
Aquellas mujeres la habían aceptado como a una más y también consolado tras confesar entre lágrimas su terrible pasado.
Esa experiencia las había unido, y, si se paraba a pensarlo con detenimiento, puede que antes deseara estar en otra parte, pero no había mejor lugar en la tierra que en aquel en que los demás sentían aprecio y respeto mutuo.
Y eso era justo lo que había encontrado con ellas.
León se acercó un poco más a Alana. Quería hacerle entender que entre ellos nada había cambiado y que aún podía confiar en él.
―¿Cómo estás? ―preguntó verdaderamente interesado en saberlo.
―Ahora no me apetece hablar ―dijo sin mirarlo.
―¿Estás enojada conmigo?
―No, lo estoy conmigo misma.
―Tú no tuviste…
Ella bajó el ritmo un momento para mirarlo a los ojos.
―Sí, fue culpa mía. Si no hubiese huido a la linde del bosque, no hubieras venido a buscarme para prevenirme.
―Puede que tengas razón; no obstante, creo que la explicación es más sencilla. Tenía que ser inmortal para poder acompañarte.
Ambos sonrieron un poco.
―¿Te ha dicho Thyra a dónde nos dirigimos? ―preguntó él, cabeceando hacia la princesa, que iba justo delante de ellos.
―No, y tampoco debemos conocer la situación exacta del campamento para no ponerlos en peligro. Así que, antes de llegar, nos cubrirán los ojos.
―Si no nos sigue nadie, ¿por qué? ―agregó el párroco algo molesto y a la vez receloso porque los errantes no confiaran en ninguno de ellos. Ni siquiera en la Elegida.
―León, fui yo quien se lo pidió; aunque lo hubieran hecho de todos modos porque es la única manera de que nadie pueda revelar su posición.
―Tiene sentido, aun así, me siento ultrajado. Hasta cierto punto, entiendo que no confíen en mí, ¿¡pero que no confíen en ti!?
―No le demos más vueltas.
Continuaron a la carrera sorteando los frondosos árboles de una zona donde Alana jamás había estado antes. Hacía bastante que no se oía el río, así que entendió que se encontraban más al este de lo que había pensado en un principio.
―Aún no me adapto ―reconoció él.
―¿A qué?
―A la vida de vampiro. De hecho, no puedo creer que haya pronunciado tales palabras.
―Es como si estuviéramos dentro de uno de los cuentos que le relataba de pequeño a Wade para asustarlo, lleno de monstruos y seres extraños dispuestos a cometer cualquier maldad.
―La realidad es bastante peor que cualquier historia inventada.
―Tienes mucha razón, padre.
―León. Dudo de que pueda volver a ejercer de párroco. Me da miedo perder el control y hacerle daño a cualquiera de mis feligreses.
―Es comprensible.
Thyra levantó un brazo y les indicó con la mano que se detuvieran.
―¿Qué ocurre? ―inquirió Nîga asustada. Creía que habían visto a los suyos por alguna parte.
―Cerca de esta zona había patrullas de Abbadon ―dijo Oskar―. Hemos de ir con cuidado. Caminaremos como si fuéramos humanos hasta llegar a ese claro. Allí avanzaremos lo más rápido que podamos si no encontramos a nadie. ¿De acuerdo?
―Me parece bien ―respondió Alana. El resto asintió.
León aprovechó el momento para preguntarle a su pupila una cuestión a la que no había podido dejar de darle vueltas.
―Hay algo de lo que quería hablar contigo… ―Le hizo un gesto a la vampira para que se pusiera a su lado―. Nîga me ha contado lo que ocurrió en aquellas mazmorras.
―¿Qué quieres saber?
―¿Cómo pudiste arrancar los barrotes, Alana? Tu madre es mucho más fuerte que cualquier hombre que haya conocido, pero sacarlos de la piedra y lanzarlos hacia la pared como si no pesaran nada…
―No tenía ni fe en mí ni creía que lo que me había sucedido produjera un cambio tan grande. Cuando aquel soldado laceró mi garganta, traté de curarme. No lo conseguí…, sentí que la vida se me escapaba. Su sangre me salvó y despertó en mi interior algo que aguardaba por salir.
―La sangre de un vampiro no puede hacer nada contra la del propio Cristo ―respondió con indignación.
―No he dicho eso, León. Aunque sí creo que era necesario que ambas vivieran en mí.
La dualidad es la que os hace fuertes. La que nos obliga a luchar contra nosotros mismos para ser mejores personas.
Ser la Elegida es mucho más que contar solo con la verdad, también debía enfrentarme a mis propios demonios.
―Eso te puede empujar a sucumbir a…
―Ya sucumbí a mi propio egoísmo al unirme a Alistair, y ahí aún no tenía su sangre ―dijo mirando a Nîga―.
Enséñame para que sea la mejor versión de mí misma, pero también permíteme cometer mis propios errores para que pueda aprender a no repetirlos.
Incluso si los repito, déjame que me levante y vuelva a intentarlo.
―Alana, no podemos darnos el lujo de que cometas errores.
―Te equivocas, lo que no podemos pretender es que exista en la tierra la perfección del cielo.
Haremos cuanto se nos pida, y ahí residirá la diferencia.
Si partes de la premisa de que no podemos equivocarnos, nos abocarás al fracaso porque no podremos recuperarnos si no somos capaces de acabar la guerra al primer intento.
―Alargar la agonía pondrá en peligro a muchos errantes. Incluso tú podrías…
―Todos, León ―lo interrumpió―. Estoy segura de que algún día todos moriremos.
Piensa la de errores que he cometido para que tú y yo nos convirtiéramos en dos seres inmortales.
Esa ahora es nuestra ventaja. Piensa en cómo hubiera podido enfrentarme a ellos dentro de diez o veinte años si no fuese como soy ahora.
―No sabes si ya eras inmortal por ser la Elegida.
―¿Es que acaso ÉL lo fue?
León la miró perplejo, puesto que ella tenía razón.
―No sé qué más voy a poder enseñarte, hija. Eres mucho más lista que yo. Tus conocimientos ahora superan los míos.
―Estoy convencida de que me queda mucho por aprender. ―Le sonrió―. En otro momento, estaría bien que me contaras todo lo que sabes de mis antepasadas. De hecho, si posees algún escrito de alguna de ellas, me gustaría leerlo.
―El día que regresemos, será lo primero que hagamos.
―Me parece bien.
Los tres continuaron detrás de los errantes mientras Nîga le contaba a Alana cómo se había sentido al reencontrarse con el León.
Mientras tanto, Oskar, que había estado pendiente de Thyra todo el tiempo, decidió que había llegado el momento de hablar con ella porque no soportaba ver aquella expresión de desasosiego constante en su rostro.
―¿Qué te ocurre? ―le preguntó en tono bajo.
―No es nada… ―Él ladeó la cabeza y asintió una vez con un gesto que logró hacerla sonreír―. Vale, Oskar. Lo confieso, es todo ―reconoció superada―. Temo regresar. Mi padre estará hecho una furia, y con razón. Mi madre me abrazará, aunque después querrá despellejarme viva. Y mis hermanos…
―Thyra, es lo que tenía que ser. Claro que tu padre te castigará por haberlo desobedecido, pero no solo porque eres su hija, sino porque eres una errante. Como tal, has de cumplir sus órdenes.
―¿Y si estas no tienen sentido? ―se defendió ella.
―¿Estás diciendo que Eirik, nuestro amado rey, dictamina órdenes sin sentido?
Sobrepasada, dejó escapar un enorme suspiro.
No tenía defensa alguna y pretendía desentenderse de sus propios errores en vez de hacerse responsable de ellos.
La idea de escabullirse del campamento había surgido a raíz de pensar que sus visiones eran tan precisas que sin ayuda de nadie podría solucionar todos los problemas futuros.
Pero el motivo principal se reducía a que no soportaba la idea de atarse para siempre a un errante que apenas conocía y que no la amaba por lo que era, sino por designio de su padre.
Al haber acabado en ese mismo final del que había salido corriendo, no sabía cómo enfrentarse a él.
De pronto, dejó de caminar. Miró al suelo, perdida en una infinidad de incógnitas que la estaban engullendo en un mar de dudas.
Hacía poco, ambos habían confesado su amor por el otro, pero ¿cómo podía pensar en el sjelevenner con la situación en la que se encontraban?
Y, si se dejaba guiar por las visiones de su padre, ¿tomaría el control de sus sentimientos el Destino y los intercambiaría por unos que no se parecían en nada a los que ahora la unían a él? ¿Sentiría un amor diferente?
―¿Thyra? ¿Qué es lo que realmente te preocupa? ―La cogió de la mano con la mente atrapada en un torbellino de angustia al ver su rostro marcado por la preocupación.
―No quiero dejar de ser yo. ¿Y si el ritual nos cambia? ¿Y si ya no me amas o yo no te amo de verdad porque lo que sentimos es simplemente una imposición? ―Negó con los labios fruncidos―. ¿Cómo sabré si nuestro primer beso es… verdadero?
Oskar jamás se había planteado esas preguntas, sin embargo, ahora que ella las había hecho en voz alta le atravesaron el corazón.