Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 22. ENSÉÑAME #3
72%

22. ENSÉÑAME #3

―Sí lo hacías, pero olvidas que te llevo miles de años como para pretender engañarme. He visto nacer y desaparecer a más pueblos de los que puedas llegar a imaginar, así que olvida tu patético intento de que piense que tu experiencia me supera cuando todavía no te ha crecido ni la barba.

―Yo… ―Pese a que no necesitaba respirar, tosió porque la fuerza del vampiro estaba comprimiéndole la garganta de tal forma que apenas podía emitir sonidos―. Yo… ¡lo lamento! ―acabó susurrando como pudo.

Rău puso los ojos en blanco y lo dejó ir.

Se levantó en un parpadeo y le ofreció la mano.

Alistair se la aceptó para poder incorporarse y ponerse después en pie.

Se llevó las manos al cuello para comprobar que aún estaba unido a su cuerpo.

Temía que esa solo hubiera sido la primera lección y que se le fuese de nuevo la cabeza.

Cuando recuperó la compostura, algo que sorprendentemente para él le llevó apenas un momento, se quedó maravillado al fijarse en la muchacha.

Continuaba en silencio y tenía una expresión serena.

Se fijó en sus manos, no se había movido ni un ápice.

No protestaba ni se quejaba, tan solo se mantenía en la misma posición a la espera de que le ordenasen qué hacer.

Sin ser consciente de que su actitud había cambiado, sus bellas facciones se tornaron oscuras al entender lo que estaba sucediendo.

Como «No Muerto», poseía el poder de someter a cualquier humano.

Y, si podía someter a cualquier humano, tal vez se librara del matrimonio al que lo había condenado su padre.

―No ―dijo Rău al captar rápidamente sus intenciones.

―¿Qué? ―preguntó contrariado.

―No vas a someter al duque ni te vas a escapar de tus esponsales. Debes cumplir con tu deber.

―¿Cómo has sabido…?

―Te lo he dicho antes, te llevo miles de años.

Alistair unió los labios y asintió con la mirada fija en la chica mientras le daba vueltas a un nuevo pensamiento. Elevó una de las comisuras de sus labios al comprender que ahora esa era su «vida» y que tal vez el cambio no fuese tan malo como había creído.

Miró al vampiro que tenía delante con una expresión indescifrable.

―Enséñame ―dijo de pronto.

―¿A qué?

―A hacer a otros lo que le has hecho a ella. A robar un alma. Quiero aprender todo lo que puedo hacer siendo un Ursu.

Rău soltó una carcajada al mirar su expresión de depredador. Al fin y al cabo, el príncipe ahora formaba parte de los suyos. Tal vez le resultara entretenido mostrarle de lo que eran capaces los de su raza, aunque siempre sería bajo sus condiciones.

―Está bien, pero no cuestiones mis métodos. Los Ursu no somos como los débiles Drăgoi. Tomamos cuanto queremos porque «todo» nos pertenece. ¿Lo entiendes?

El príncipe volvió a asentir tratando de asimilar ese concepto.

Como heredero del rey de Inglaterra, no había tenido que renunciar nunca a nada que hubiese querido.

Quizás a su propia libertad. Por suerte, en unos años su padre desaparecería, y, con él, cualquier trato en el que lo hubiese utilizado como moneda de cambio.

―Aún no, Rău ―lo llamó por su nombre. Aquella cercanía le molestó apenas un instante tras oír lo que después le dijo―, pero sé que no podría tener mejor maestro.

―Bueno, si nuestro amo estuviese aquí, se sentiría orgulloso de tu pronto despertar y tal vez diría que somos «hermanos»; puesto que él es nuestro «padre».

―Sonrió ligeramente―. Debes saber que ser un Ursu conlleva tener dos ideas claras.

Una, tu existencia es por y para Abbadon.

Y, dos, ensalza su gloria con actos dignos del propio Mørket.

―No entiendo a qué te refieres.

―Es sencillo. Olvida cuanto sentimiento honorable haya en ti. Nos vanagloriamos de la maldad con la que sembramos la tierra. De hacer cuanto nos plazca porque ese es nuestro privilegio. Los remordimientos son para los humanos, y tú ya no eres uno de ellos.

Alistair no dijo nada, solo frunció el ceño ante aquella declaración tan explícita.

En esencia, le estaba pidiendo que olvidara su humanidad y todo lo que le hacía ser un buen hombre.

Dejar a un lado los escrúpulos para satisfacer cualquier pensamiento, por muy caótico que fuera, le pareció al mismo tiempo terrible y muy atrayente.

Lo que Rău había decidido obviar por el momento era que, conforme pasaran los días, su nueva naturaleza iría ganando terreno hasta convertirlo en un verdadero integrante del Ejército de la Sangre por derecho propio.

Por supuesto, esa información aún podía esperar, ya que sería mucho más divertido para él cuando el príncipe comenzara a sentirlo por sí mismo.

―¿Sin reglas? ―preguntó el heredero con media sonrisa.

―Solo las que te imponga Abbadon, y estoy seguro de que las suyas te van a gustar.

―¿Qué podría hacer con ella? ―dijo mirando a la chica, a la ya le temblaban los brazos por el esfuerzo a la que la estaban sometiendo.

―Todo lo que se te antoje y más.

Alistair se dejó guiar por uno de los peores sádicos que existían sobre la faz de la tierra. Pero, a fin de cuentas, Rău solo sacó a la superficie lo que el heredero siempre había albergado en su interior.