Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 22. ENSÉÑAME #2
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22. ENSÉÑAME #2

Recordarlo le enervó. No le importaba aceptar órdenes en la batalla o incluso desmembrar a alguien cuyo rostro le había parecido desagradable a su señor.

Pero ser tratado como una mísera nodriza, cuando la misión de Erke era encontrar a su mano derecha, lo estaba desquiciando.

De hecho, gruñó mientras mostraba los colmillos a una puerta que no se había quedado impresionada por su malestar.

Resopló con fuerzas, recurriendo a ese gesto tan humano para no abalanzarse sobre él y retorcerle el cuello por puro placer. «Por Abbadon», se dijo, y salió hacia la alcoba de Alistair.

Nada más llegar, golpeó dos veces. Se decidió a entrar al escuchar la invitación del joven al otro lado. Se extrañó de verlo en la misma postura en la que lo había dejado hacía bastante rato, mirando por la ventana y con los brazos hacia atrás, como si aguardarse a recibir una orden.

―Príncipe, ¿necesitáis alimentaros? Hay bastantes presas en esta…

―Lo sé ―lo interrumpió sin mirarlo―, pero todavía no he sido capaz de hacerlo.

Rău asumió que la transición del heredero estaba siendo algo distinta a la de muchos que había visto.

Normalmente, no se tenía tanta consideración por el convertido.

Una vez podía cazar por él mismo, pasaba a engrosar al Ejército de la Sangre y, de ahí, a la batalla.

Ninguno había tenido tiempo para pensar o lamentarse de su nueva existencia porque estaban demasiado ocupados en no perder aquella también.

Pero el caso del muchacho que tenía delante era diferente.

No es que le interesara o importara ponerse en su lugar.

Su amo le había dado una orden, así que daría lo mejor de sí para que su evaluación posterior fuese favorable.

Unos golpes en la puerta hicieron volverse al temible vampiro. Abrió con tanto brío que la sirvienta que se había presentado soltó un grito por la impresión.

―¡Ah, qué susto! ―dijo, llevándose las manos a la altura del pecho, propiciando así que los ojos de Rău se fijaran en aquella zona demasiado generosa para una chica tan menuda.

―¿Sí? ―dijo con brusquedad.

―Perdón, señor. El tabernero me manda para preguntarles si necesitan que les prepare un baño. El almuerzo se servirá al mediodía, y después no podré atenderles hasta que acabe de servir las mesas.

―Ambos necesitamos que nos prepares un baño ―confirmó con un tono peculiar―. Pero, antes, pasa un momento.

La chica obedeció en silencio. Cuando el general cerró la puerta, Alistair se volvió hacia ellos.

―¿Qué haces? ―preguntó disgustado.

―Enseñarte lo que la «vida» puede ser cuando aceptas que eres uno de nosotros ―dijo con un tono intimidante mientras apoyaba las manos en los hombros de la chica.

―No soporto lo que soy ―reconoció mientras se humedecía los labios al ver cómo el pecho de la muchacha subía y bajaba de forma acompasada, ajena a lo que sucedía a su alrededor.

Rău la cogió por el cuello y tiró de ella hacia atrás para dejar expuesta su garganta.

―Ahora eres un Ursu ―dijo como si aquellas palabras ya tuvieran sentido para el heredero―; y, esto que ves aquí, es solo ganado ―añadió de forma despectiva.

Subió la mano hasta el cabello de la chica y tiró con fuerza―.

Deberían pastar en los campos y agradecernos cada día que hemos decidido no matarlos.

Alistair abrió los ojos de golpe, asqueado tanto por oír sus palabras como por la necesidad imperiosa que sentía en ese instante de hincar los colmillos en su templada carne.

―¿Eso es lo que yo era para ti? ―preguntó colérico.

―Sí, hasta que su sangre pasó a formar parte de la tuya. Has sido, al igual que yo, creado por el primogénito de Mørket. ¿Acaso puedes hacerte una idea de lo honrado que deberías sentirte porque él se haya tomado la molestia de convertirte en uno de los nuestros?

Rău empujó con tanta fuerza a la sirvienta que la infeliz cayó de rodillas y terminó apoyando las manos en el suelo.

―Mírala ―le ordenó. Alistair lo hizo sin pensarlo―. ¿Conoces algo del poder que se te ha concedido?

―¿Y cómo podría? ―se atrevió a responder elevando el mentón, pensando que el vampiro había olvidado que él aún era el príncipe―. ¡Te recuerdo que me abandonasteis a mi suerte hasta que desperté!

―¿Es que piensas que, por ser quien eres, Abbadon iba a desperdiciar su valioso tiempo en ti?

―No, claro que no. Por eso ha mandado a su perro, ¿verdad? A hacerle el trabajo sucio…

Al heredero no le dio tiempo de añadir nada más. El general Ursu saltó por encima de la chica y acabó lanzándolo al suelo. Se sentó en su pecho y le rodeó la garganta con una mano.

Se acercó tanto que sus narices se tocaron.

―Vuelve a llamarme perro y te destriparé para que te coman los cerdos.

Yo soy la mano derecha de Abbadon y comando todo su ejército ―obvió a Erke porque no venía al caso explicarle la situación real―.

Fáltame al respeto una vez más ―cerró los dedos sobre su cuello con más fuerza― y te parecerá una muerte digna el destripamiento.

―No… no pretendía…