Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 22. ENSÉÑAME
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22. ENSÉÑAME

L a luz del alba se coló por la ventana situada entre las dos camas y también por las diminutas rendijas que había causado el cuerpo de León al impactar contra la pared. Fairfax aún no había tenido tiempo para arreglarlo, pero prometió hacerlo en cuanto llegara el verano.

Aquella claridad imparable despertó a Alana, quien se frotó los ojos y sonrió al ver a su hermano enroscado en su cintura.

La asía con fuerza, como si, de ese modo, lograra retenerla.

La tarde anterior, le había partido el corazón verlo llorar al decirle que todos se marcharían al día siguiente.

Pese a que le había rogado que no lo dejase, no había podido complacerlo.

Esta vez, el deber estaba muy por encima de sus sentimientos y deseos.

Wade la había apartado con rabia y después había salido corriendo hacia el campo, para consolarse con su padre.

Era aún muy pequeño como para entender la responsabilidad que a ella le había sido impuesta.

Le acarició con cuidado el cabello mientras sopesaba sus opciones.

Por un lado, necesitaba hablar con el rey Eirik.

Todo su ser parecía empujarla a realizar esa búsqueda, como si encontrarlo fuese vital para los futuros acontecimientos.

Por otro, odiaba tener que dejar a su familia tan pronto.

Apenas había disfrutado de ellos. Y menos aún de aquel terremoto que, al final de la tarde, había regresado a su lado y no había consentido separarse de ella.

Durmieron juntos porque Thyra había ocupado su lecho.

Aquello le había dado fuerzas para continuar con la ardua tarea a la que debía enfrentarse.

Cerró los ojos y decidió que la inundaran esas sensaciones que en los últimos días parecían guiarla.

No sabía si lo que veía era el futuro o sus más profundos deseos.

Un par de lágrimas se le escaparon al tener la completa seguridad de que volvería a verlos una vez aclarara sus dudas con el rey errante, pero ahora no tenía más remedio que seguir el camino de «la Elegida», y ese no estaba junto a los suyos.

Despacio, separó al pequeño de su cuerpo.

Antes de incorporarse, le dio un beso en la frente.

Le susurró que lo amaba más que a nada y que muy pronto regresaría.

Miró hacia la otra cama. Estaba hecha y no había rastro de Thyra.

Sin apenas hacer ruido, se vistió y recogió del suelo el morral de su padre.

Antes de irse a dormir, se lo dio para que tuviera siempre a mano un recuerdo de su hogar.

Lo había preparado con una muda y su inseparable estola de lana.

En realidad, desde que había bebido la sangre de Nîga, había dejado de sentir frío; pero no quería desprenderse de aquella prenda por lo mucho que significaba para ella.

Miró a su hermano por última vez y reprodujo en su cabeza la conversación tan emotiva que había compartido con su madre la noche anterior.

Tras haberlo pensado mucho, las dos habían llegado a la conclusión de que era mejor para Wade que partiera sin despedirse.

Aunque los primeros momentos iban a ser muy duros para él, acabaría conformándose.

Cerró la puerta de la habitación dejando un pedacito de su corazón al otro lado.

Ya estaban todos en la sala, esperándola. Al verlos, no pudo evitar sentir un escalofrío.

―Buenos días ―dijo tratando de sonreír, pero el nudo de emociones que aguijoneaban su interior la dejaron sin habla un momento.

―Buenos días ―respondieron en voz baja.

―Supongo que ha llegado el momento ―añadió con los ojos cargados de lágrimas retenidas.

―Alana, he estado pensando hasta el alba ―Thyra avanzó un paso―, y creo que, por ahora, no es necesario que vengas con nosotros. Podríamos volver tras celebrar el sjelevenner y…

―¿Retrasar mi destino una toda una luna?

―Más o menos. Llevamos esperando siglos a que aparecieras, ¿por qué tendrías que renunciar a ellos cuando…?

La princesa dejó en el aire lo que todos sabían. En unos años, su familia desaparecería. Ese era el orden natural, el ciclo de la vida del que dependía cualquier humano. Si los vampiros y demás razas no habían atacado antes, ¿por qué iban a hacerlo en los próximos días?

El padre León miró a la errante con un gesto de preocupación y no pudo mantenerse callado. Nada ni nadie podía cambiar el curso de los acontecimientos, ni siquiera la misma Elegida.

―Princesa, siento deciros que eso no está en vuestra mano ―respondió él con gravedad.

―Pero lo estuvo ―replicó Thyra con el mismo tono―. Si yo no hubiese intervenido, ninguno de vosotros estaría hoy aquí. Alana no tendría sangre de vampiro en sus venas ni tú te hubieras convertido en uno de ellos.

―Ni yo hubiese escapado nunca de los Drăgoi ―afirmó Nîga, esperando a que se diera cuenta de lo mucho que sus decisiones habían ayudado a su huida del ejército de Helmet.

Todos la miraron con una expresión de aceptación y alivio por ella. Sobre todo, a Leala, a quien su historia había afectado profundamente.

―Tienes razón ―reconoció la princesa, cerrando los ojos al ser consciente de lo mucho que al final había ayudado su imprudencia.

―Amiga mía ―intervino Alana―, por mucho que queramos, no podemos retrasar lo inevitable.

Sé que volveré junto a mi familia. Compartiremos muchos años, veré crecer y desposarse a Wade ―miró a sus padres mientras asentía para tranquilizarlos―, pero ahora he de escuchar lo que me dice el corazón y la cabeza.

Mi sitio no está aquí, sino en el campamento con los tuyos, con tu padre.

Deseo quedarme con todas mis fuerzas, pero algo en mí me insta a partir. He de hacerlo.

―Thyra, sabes que debemos irnos ―medió el joven Isaksen también―. Tu familia estará muy preocupada por ti, y es necesario que se lleve a cabo nuestra unión en el momento preciso.

―Lo sé, Oskar. Solo quería darle más tiempo ―añadió con pesar.

―Y yo te lo agradezco ―elevó Alana los hombros―, pero es lo que tiene que ser.

Tras despedirse de sus padres, los cinco tomaron rumbo hacia los dominios de Eirik. El que todos pudiesen avanzar a gran velocidad era una ventaja, sin embargo, cada paso que separaba a la Elegida de los suyos lo sentía como si le desgarraran el alma.

Después del amanecer de su tercer día de viaje, el príncipe y los vampiros Ursu se detuvieron en Canterbury.

Aquel pueblo estaba lleno de vida, literalmente.

Por doquier, había decenas de personas yendo y viniendo como si llegaran tarde a algún lugar.

Todos los comerciantes anunciaban con entusiasmo sus productos para animar a los posibles clientes a que se detuvieran para comprar.

Había puestos con pescado, frutas, verduras y carne.

Otros ofrecían cerámica y utensilios de hierro.

Por último, encontraron algunos que tenían diversas prendas confeccionadas, pieles y telas de muchos tipos.

Alistair jamás había visto algo semejante, ya que tan solo había dejado la vida en el castillo para cabalgar por los campos cercanos o ir unas pocas veces a las casas de mala reputación para convertirse en un hombre.

Ahora, muy a su pesar, no lo era. Su existencia como «No Muerto» cambiaba el juego, y no entendía por qué había tenido ese momento de debilidad para llegar a acceder a casarse con la normanda.

En realidad, se estaba engañando a sí mismo.

No había podido actuar de otro modo porque su voluntad ya no le pertenecía.

Abbadon se la había arrebatado, y, ante el poder de la sangre, solo podía obedecer.

Dejó ese pensamiento a un lado y volvió a prestar atención a lo que le decía Rău.

Su padre le había entregado una cantidad de oro considerable para que, antes de llegar al hogar de Ricardo I, pudieran adquirir cuanto les fuese necesario.

Claro está que al menos él debía presentarse con ropas limpias para conocer a su prometida.

Hubo una queja general en el séquito tras recibir una orden de su líder, ya que se vieron obligados a quedarse en el pueblo para comprar caballos y una cantidad absurda de objetos inútiles.

Youngblood les había entregado a última hora esa lista que había confeccionado siguiendo las directrices del rey, y que ambos consideraban imprescindible.

Si realmente querían que la alianza tuviera éxito, como mínimo Alistair debía presentar sus respetos llevando algunos presentes como cortesía hacia su futura esposa y también al duque.

Una vez tuvieron todo listo, se dirigieron a la posada donde Rău había reservado un par de habitaciones, una para el príncipe y otra para él.

El resto esperaría a las afueras del pueblo hasta el momento de partir.

Cuando se hubo instalado, el viejo vampiro sonrió al ver que el establecimiento estaba repleto de viajeros con sus familias.

También porque el servicio contaba con hombres y mujeres robustos con los que se podría dar un festín.

De camino hacia allí, tampoco habían tenido problemas para abastecerse con los campesinos que araban las tierras, por tanto, lo que pasara esa noche sería aún más sencillo.

Durante unos instantes, pensó en dejar a su suerte al heredero.

Si quería sangre, se las tendría que ingeniar para buscarla él mismo, pues se negaba a ser su criado durante el resto del camino.

Estaba a punto de salir para decírselo cuando se quedó inmóvil delante de la puerta sujetando el pomo.

De pronto, las palabras de Abbadon habían vuelto con fuerza: «Cuida de él y procúrale todo lo necesario para que llegue sano y salvo al día de sus nupcias. Por ahora, son nuestros aliados».