21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO #4
Vidar desvió la mirada hacia la hoguera.
Su rostro se iluminó un instante al ver la camaradería que existía entre sus guerreros y los de la casa Volger.
Ninguno era ajeno al dolor ni a la batalla.
Era difícil encontrar a un errante que no hubiera perdido a un ser querido en alguna escaramuza o tratando de poner a salvo a los suyos.
A pesar de los horrores vividos, todos eran fuertes, valientes y no tenía dudas sobre que cada uno entregaría su vida sin pensarlo dos veces por su rey y por cualquiera de los integrantes de la familia real, ya que los Ragnarsson eran el futuro de la raza.
Sin embargo, sentía vergüenza por lo que algunos de los suyos habían hecho tiempo atrás en aquel castillo, en esas malditas mazmorras, incluyendo a Eirik, a Gudrun y a él mismo.
―¿Vidar? ―Yngvar lo tocó en el brazo para traerlo de allí donde su mente se había refugiado.
Él dibujó una sonrisa cansada. Desde que había regresado a esa isla, no se sentía el mismo.
Demasiados recuerdos. Demasiados horrores vividos e infligidos.
―Trata siempre de estar orgulloso de tus actos ―dijo sin venir a cuento, clavando sus ojos grises en los del joven―. No dejes nunca que el dolor o la rabia dominen tu corazón. Nuestra alma queda impregnada de cuanto hacemos, así que elige sabiamente con qué quieres alimentarla.
―Entiendo lo que dices, pero a veces no es fácil apartar de ti los pensamientos oscuros que te arrastran al temor o al odio.
―Así es, Yng. Cuando te ves sumido en las tinieblas, eres capaz de causar mucho daño. Y, conforme más daño haces, más puedes llegar a hacer.
―¿Hablas de venganza? ―preguntó para tratar de seguirle el hilo.
―La venganza parece la solución más sencilla, pero es un arma de doble filo. Puedes acabar con tu peor enemigo por quitarte lo que más has querido en la vida, pero, tras acabar con él, la realidad golpea fuerte y los caídos no regresan.
―No sé cómo podría refrenarme si alguno de los míos pereciese a manos de un «No Muerto».
―Nunca he dicho que sea fácil controlar esos impulsos que claman vengarnos de la forma más cruel que nuestra mente pueda imaginar, pero ahí entra nuestra naturaleza y para lo que fuimos creados.
―Bueno, supongo que esto dependerá de las circunstancias.
―Por supuesto, aunque también de lo que se halle dentro de ti ―agregó, tocándole con el dedo en el centro del pecho.
―Te aseguro que mi corazón no piensa. Y no hay nada que lo mueva más que la amistad o el respeto hacia los míos.
―Un errante siempre encontrará el camino para amar, joven Knutsen. Por mucho que creas que jamás te llegará la hora de unirte a una de las nuestras, ese momento, quieras o no, te alcanzará. Nada puede compararse con el ritual del sjelevenner. A partir de ese día, te sentirás completo.
―Tal y como lo dices, ¡parece una condena! ―bromeó para no pensar en quien le había robado cada latido desde que la vio por primera vez y se echó a reír para disimular. Vidar se contagió de su espontaneidad y también acabó riendo.
―Venga, muchacho. Vamos a comer algo y a descansar. Quizás mañana el Destino nos permita llegar al pueblo. Por lo pronto, poco más podemos hacer.
Nessa se quedó pensando en las palabras del líder Eide.
Parecía sentir arrepentimiento, aunque jamás podría fiarse de él.
De todos modos, ya había llegado el momento de liberarlos.
El muchacho Knutsen estaba muy preocupado por su amigo y la princesa, así que no alargaría su sufrimiento y al día siguiente les permitiría seguir el camino.
Se fijó en cómo Yngvar asentía a la mano derecha de Eirik, y también cómo se pusieron en pie para acercarse a la hoguera.
Al ver a los guerreros un poco más distendidos, carcajeándose y hablando más alto de lo que deberían, se sorprendió de que todavía no los hubieran descubierto.
Delante del fuego, Yngvar pensó en las palabras de Vidar, y no podía haber más explicación que a la que ambos habían llegado.
Puede que algo estuviera tratando de impedir que visitaran a la madre de la Elegida para preguntar sobre los suyos.
Aunque visto desde otra perspectiva, se podría decir que él mismo era quien no quería llegar allí.
En cierto modo, era verdad. Visitar su hogar lo obligaría a informarle de que Alana había vuelto a desaparecer y también sus amigos.
No sabía cómo iba a explicarle a Leala que su hija había sido encarcelada y que Alistair había sido convertido en un vampiro.
Se repitió que tenía que dejar de pensar en ellos y que en lo único que debía centrarse era en la guerra que se desataría.
Puede que eso ocurriera en este periodo de tiempo, o quizás tuviesen que pasar siglos para enfrentarse en la última batalla.
De un modo u otro, iba a enterrar, de una vez por todas, aquellos sentimientos en lo más profundo de su corazón.
En contra de lo que le había asegurado Vidar, jamás conocería a nadie que pudiera completar su alma, cuando sabía que la mitad, pese a que tan siquiera habían compartido una mísera palabra, le pertenecería para siempre a «ella».
A Alana.