Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO #3
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21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO #3

Ella lo miró y se perdió en su boca con un beso cargado se sentimientos y lujuria.

Él comprendió que aún era pronto para pedirle una manera distinta de disfrutar de sus cuerpos que no implicase sentir dolor para alcanzar el clímax.

Por esa razón, mientras devoraba su lengua con verdadero deleite, estiró el brazo para alcanzar la fusta con la que antes la había castigado duramente antes de hundirse en su cuerpo hasta conseguir que se convulsionara varias veces a su alrededor.

―¿Qué haces? ―preguntó ella.

Xwîn le enseñó lo que llevaba en la mano y miró un momento hacia la pared.

―Esto es lo que necesitas…

Wêr le quitó la fusta y la lanzó con rabia hacia la puerta.

―Te necesito a ti, general ―susurró, acariciándole el cabello y entremetiendo los dedos para atraerlo hacia sí―. Enséñame a hacerlo de otro modo, Xwîn.

Sus palabras calaron muy hondo en el corazón muerto del vampiro. Aquello no significaba que sin más pudiesen renegar de la rudeza que imprimía su naturaleza inmortal a sus actos, pero era un comienzo.

Con una sonrisa pícara, él la tumbó en el lecho.

Sus manos ocuparon el lugar de la fusta y sus labios sustituyeron los latigazos por besos.

Quizás tuviera que castigar un poco más tarde el final de su espalda, pero, de momento, ella tendría que conformarse con sus dedos acariciándola despacio y su lengua jugueteando en su interior.

Dos días después, Wade saltó del carro de su tío y entró corriendo en casa buscando a su hermana.

En cuanto escuchó su voz, Alana voló hacia la sala.

Al verla, saltó a sus brazos. Ella lo cogió en volandas y comenzó a dar vueltas mientras lo cubría de besos.

Leala esperó a que se detuvieran y los abrazó con fuerza.

Aquella escena familiar consiguió que Thyra y Nîga sonrieran al verlos tan felices.

Ambas se miraron, sintiendo pena por no darles más tiempo para estar juntos, pero no podían retrasar su partida porque quedaban menos de dos semanas para el sjelevenner .

Por mucho que quisieran permanecer allí, puesto que habían sentido aquella casa como si fuera el hogar de todos, no tenían más remedio que partir.

Pese a que trataba de disimular, la vampira sentía una preocupación constante. Esperaba que, en cualquier momento, Bêwestan derribara la puerta y se la llevara a rastras. Había vivido tantas veces esa experiencia que no era consciente de lo mucho que temía que volviese a ocurrir.

Sin más, Wade se separó de las dos y fue directo hacia ella. Le tiró de la capa, pidiendo con la mano que bajara a su altura.

―¿Tú quién eres? ―preguntó con descaro.

Ante la insistencia del pequeño, ella se agachó.

―Me llamo Nîga ―dijo con tono serio.

―Eres muy guapa. ―La soltó y fue junto a la princesa―. ¿Y tú quién eres? ―repitió sin sentir ningún tipo de vergüenza.

―Me llamo Thyra.

Él elevó los hombros mientras miraba a una y a otra.

―Pues también eres muy guapa, pero ninguna lo es más que madre.

Se volvió hacia Leala y la abrazó de nuevo. Llevaba demasiado tiempo alejado de su hogar y la echaba mucho de menos. El niño preguntó por su padre. Alana lo llevó de la mano al campo y allí le presentó a Oskar, con quien se pasó jugando a caballeros y villanos el resto de la mañana.

A pesar de que ninguno de los errantes podía controlar las circunstancias, Yngvar estaba muy disgustado porque llevaban más de una jornada de retraso.

El día anterior, se habían topado con varias patrullas del ejército Drăgoi, de modo que habían tenido que dar unos cuantos rodeos.

Hasta en tres ocasiones, se vieron obligados a volver sobre sus pasos para evitar ser descubiertos.

Parecía que el destino estuviese en su contra y, por alguna razón, no quisiera permitirles que llegaran a Felsted.

En realidad, había sido Nessa quien, en todas las ocasiones, les había susurrado a los «No Muertos» que cambiaran de dirección.

Le había resultado tan fácil pasar desapercibida gracias a su don que más de una vez había tenido que morderse la lengua para no soltar una carcajada al ver el desconcierto en la cara de Vidar.

El maldito guerrero no había cambiado nada.

Ni su rostro ni su cuerpo evidenciaban el paso del tiempo.

Y, por supuesto, seguía con la misma arrogancia y autosuficiencia que le había conocido antaño.

Parecía que los errantes nunca cambiaban.

De hecho, se jactaban de que sus creencias eran inamovibles, pero ella conocía su parte más oscura y sabía que aquello tan solo era una fachada.

Eirik, Gudrun y Vidar estaban hechos de una pasta distinta.

Podían llegar a ser tan crueles o más que los vampiros, así que estaba convencida de que los de su propia raza eran unos cínicos que se escondían tras la palabra de Dios para ejecutar en la tierra las vilezas que les viniera en gana.

Sonrió al oír al joven Knutsen quejarse por lo bajo.

No había duda de que el muchacho era muy atractivo y de que, con seguridad, su familia estaría muy satisfecha con él por su arrojo al tratar de rescatar a la princesa y a su amigo.

Nessa llevaba oyendo cada conversación desde que los había visto pasar de camino hacia el castillo.

Conocer sus secretos más profundos la había reconfortado.

Incluso echaba de menos al rastreador, ya que le había parecido un guerrero sensato y amable, pero no lo conocía tanto como para darle el beneficio de la duda.

Alejó de su mente aquellos pensamientos y se centró en seguirlos de cerca bajo su campo de protección invisible.

El grupo de guerreros no se había quejado ni una vez, pero todos se habían dado cuenta de que el regreso al punto de partida se estaba haciendo de rogar más de lo esperado.

Yngvar estaba llegando a tal punto de desesperación que pensó que estaban avanzando en círculos.

Un par de veces estuvo a punto de decírselo a Vidar; pero prefirió callárselo porque el resto no había protestado ni una sola vez.

Puede que fuesen las ganas que tenía de ver a Oskar y a Thyra sanos y salvos lo que le estaba empujando a ver errores donde no los había.

La luz del atardecer se despidió de ellos, aun así, continuaron corriendo hasta que la oscuridad fue tal que el líder Eide decidió que debían detenerse.

Tras dar las órdenes pertinentes para hacer fuego y buscar algunas presas para asar, decidió descansar a los pies de un roble centenario y apoyó la espalda en el tronco.

Yng se sentó a su lado. Apoyó los brazos en las rodillas y echó el cuerpo hacia delante para estirar un poco la espalda y los hombros, mostrando así el agotamiento que su cuerpo y su mente sentían.

Nessa, tras comprobar dónde se detenían aquellos cuatro vampiros, se escondió en las sombras para escuchar lo que decían los errantes.

―Tengo la sensación de que estamos siendo obligados a perder el tiempo dando vueltas ―dijo Yngvar con voz cansada.

―¿Tú también? ―reconoció Vidar.

Knutsen giró la cabeza hacia él para mirarlo. No esperaba que le respondiera aquello con la mayor naturalidad.

―¿Te lo ha comentado alguien más?

―Hijo, te aseguro que contamos con experiencia de sobra como para no perdernos.

No te confundas, esto es algo distinto. Jamás habíamos tenido tantos impedimentos para encontrar el camino de regreso.

Cuando nos libramos de una patrulla, aparece otra y después otra.

No sé qué diablos están haciendo los Drăgoi tan lejos del castillo, pero siguen al acecho, como si persiguieran a alguien.

Vidar prefirió pensar que esa era la respuesta a lo que les estaba sucediendo antes que dejarse llevar en especulaciones sin sentido.

―¿Crees que los están buscando?

―¿A los nuestros? ―Yng asintió―. Helmet no desperdiciaría sus valiosos recursos por dos errantes, a no ser que hubiera descubierto que ella es la hija de Eirik.

Si eso hubiese ocurrido, no podríamos caminar ni por el bosque ni por ningún otro sitio.

¿Sabes lo que supondría contar con esa baza?

Nuestro rey daría su vida por ella sin titubear.

―Por los Altos Guardianes, que nunca llegue a suceder nada parecido. ―Cerró un instante los ojos.

―Yo también pienso como tú. ―Un pequeño silencio―. Sigo dándole vueltas a quién ha podido arrancar esos barrotes. La única opción que se me ocurre es lo que ya me dijiste, que la Elegida lo haya hecho.

―Si es así, ella es el ser más poderoso que hemos visto nunca. Detesto que la hayan encerrado allí. Jamás había visto peores condiciones para un preso.

―No has vivido lo suficiente, pero recemos para que no tengas que hacerlo. Muchas veces, la desesperación saca lo peor de nosotros.

―¿Qué quieres decir?