21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO #2
―Tu lealtad es indiscutible, pero son tus verdaderos sentimientos los que te unen a mí. ―Miró al resto, uno a uno―. ¿Alguno quiere ser libre? Esta es vuestra oportunidad.
Helmet sonrió al ver que todos rechazaban de pleno aquella idea.
De alguna manera, tras compartir cientos de situaciones difíciles, en las que siempre pudieron confiar los unos en los otros sin siquiera cuestionárselo, los cinco habían conseguido formar algo similar a una familia.
Unos lazos indestructibles los unían, pese a haber discutido miles de veces.
En esa estancia no había solo lealtad, existía respeto y algo parecido al amor. Un sentimiento sincero y en parte similar al que experimentaban los humanos. Eso era lo máximo a lo que los «No Muertos» podían aspirar. Y para ellos era más que suficiente.
―Me siento muy orgulloso de vosotros ―añadió el líder Drăgoi. Era la primera vez que se lo decía a los suyos, y ellos no podían estar más pletóricos―. Bien, ¿a dónde crees que ha podido ir Nîga con la inglesa?
Bêwestan asintió mientras pensaba como lo haría una traidora a la que ya han atrapado tratando de dirigirse hacia la costa.
―Ella no volverá sobre sus pasos. Su intención era ir a Francia, pero destrocé sus planes. Si es lista, cambiará de camino. Yo iría hacia el norte. A tierras escocesas donde podría someter a cualquier humano y unirme a él hasta que se calmaran las aguas.
―No sé ―agregó Helmet―, ella es muy lista. ―Sopesó un instante antes de decidirse―. Tal vez tengas razón. Dirígete hacia el norte y trata de averiguar todo lo que puedas. Si en una semana no das con ella, vuelve.
―No me das demasiado tiempo.
―Porque no lo tenemos.
―Está bien. Regresaré en una semana si no la encuentro.
Tras abandonar la estancia, Qil y Bêw se marcharon a la habitación de ella para aprovechar la noche. Pasaría algún tiempo hasta que pudieran verse de nuevo, por lo que una velada agotadora de sexo sería la mejor despedida antes de cumplir las órdenes encomendadas por su señor.
Xwînxwar y Wêranker hicieron lo mismo, solo que, en esta ocasión, él estaba más pensativo que de costumbre.
―¿Se puede saber qué te ocurre? ―preguntó Wêr, tras recuperarse del último orgasmo.
―No sé si este acuerdo nos va a beneficiar.
―Dos ejércitos humanos, uno vampiro y puede que otro de camino. ¿Qué podría salir mal? ―bromeó, apartándose con fastidio un mechón del rostro que se había empeñado en molestarla.
―¿De verdad eres de los nuestros, Wêr? ―preguntó muy en serio, sentándose en la cama.
La visión del vampiro desnudo la sobrecogió.
Bajo la tenue luz de la luna, que se filtraba por la ventana, su piel pálida le pareció que brillaba.
Cada uno de sus músculos estaban esculpidos con esmero, como si hubieran sido diseñados para hacer de él un ser prefecto.
Se fijó un instante en cómo sus fornidos brazos descansaban a los lados, como si guardaran en secreto una fuerza contenida.
Su mandíbula marcada y los pómulos altos le añadían un aire de peligro irresistible.
Sin poder retenerse, colocó la mano en su muslo.
Se maravilló una vez más al sentir su piel, fría al tacto, que contrastaba de lleno con el calor de la pasión que acababan de compartir.
Ella lo observó con una mezcla de admiración y asombro, embelesada por su presencia imponente y la belleza sobrenatural que desprendía su cuerpo inmortal.
Sin embargo, el rostro de Xwîn solo mostraba preocupación.
Aquella duda lo estaba matando. Sin darse cuenta, recurriendo a una respiración que hacía mucho que le había sido arrebatada, comenzó a alzar y a bajar lentamente el pecho.
―Respóndeme, Wêr ―le insistió.
La vampira dibujó media sonrisa al ver cómo su ceño se fruncía en un gesto que combinaba premura e inquietud.
―Sabes que, durante un tiempo, dudé de si este era mi sitio.
No puedo decirte que mis… gustos hayan cambiado, pero sí me he dado cuenta de que sois mi verdadera familia.
Cuando Helmet ha dicho que dentro de poco iremos a la guerra, lo primero que he pensado es que jamás permitiría que a ninguno de vosotros le ocurriese nada.
―Él asintió―. Hemos compartido miles de años, y ha sido esta noche cuando me he dado cuenta de que no quiero existir ni un solo día más si no voy a estar a tu lado, general ―añadió su rango para restarle importancia a sus palabras―. Dime, ¿responde eso a tu pregunta?
―Solo un poco ―bromeó. Ella lo miró desconcertada―. Creo que esta confesión merece una rúbrica por mi parte, ¿no crees?
Wêranker se mordió el labio inferior al comprender que él sentía lo mismo. Sin decir palabra, se puso en pie. Caminó hasta la pared más cercana y apoyó las manos. Después, se giró hacia el vampiro, agachándose ligeramente hacia delante.
―¿Y cómo vas a «sellar» tu firma en mi cuerpo? ―se insinuó sin ningún tipo de pudor.
Xwîn sonrió de manera tan amplia y sincera que sus ojos brillaron. Su forma de observarla la dejó descolocada.
―Con algo que había olvidado que aún conservamos.
Ella ladeó la cabeza sin entender a qué se estaba refiriendo, incorporándose.
―¿El qué?
Con la mirada clavada en sus ojos, se levantó del lecho y se acercó hasta ella. La apartó de la pared y cogió una de sus manos. Emocionado por sentir algo imposible, se la colocó en el pecho.
―Voy a sellar lo nuestro con el corazón, Wêr.
Ella trató de dar un paso atrás, pero él se lo impidió sujetándola con fuerza para que no huyera de aquella conversación.
―No me hagas esto… ―susurró temblando mientras notaba un nudo estrangulando su fino y delicado cuello.
―Debí hacerlo hace mucho ―añadió él con seguridad―.
Sé que dentro ti hay mucho más que solo dolor.
―Colocó su propia mano a la altura del corazón de ella―.
Me lo has demostrado infinidad de veces, pero jamás has querido admitir que aquello con lo que disfrutas es justamente lo que te destruye por dentro.
Su barbilla comenzó a temblar al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas. Unas lágrimas que no habían vuelto a aparecer desde que dejara de ser humana. Unió los labios con fuerza mientras luchaba contra las ligeras convulsiones que trataban de liberar su cuerpo.
―Te amo, Wêr. Yo tampoco quiero existir ni un solo día más si no voy a estar a tu lado ―utilizó las mismas palabras que ella había empleado antes―. Quiero que entiendas que jamás trataré de cambiarte, pero tampoco me quedaré impasible viendo cómo sufres.
―Yo soy… así.
―No lo dudo, aunque también creo que lo que veo no es solo lo que hay. Sé que dentro de ti existe un lugar oscuro y terrible que no eres capaz de compartir, pero ten por seguro que jamás me importará qué tuviste que hacer o lo que ocurrió, yo siempre estaré justo aquí si lo necesitas.
Pese a que trató de contener la avalancha de recuerdos terribles que habían hecho de ella lo que era, no pudo contener ese dolor que Xwîn había puesto al descubierto.
Las piernas le fallaron un instante y acabó de rodillas en el suelo mientras unas pocas lágrimas rosadas profanaban su precioso rostro.
El vampiro reaccionó al momento y la cogió entre sus brazos. Sin esperarlo, ella se abrazó a su cuerpo con desesperación. No emitió ningún sonido; sin embargo, sus hombros subían y bajaban, mostrando de este modo que estaba permitiéndose sentir un dolor muy diferente.
Xwîn se sentó en la cama con ella en su regazo. Al mirarla, le fue imposible contener la necesidad de borrar con el pulgar las huellas de tristeza en su rostro. Cuando asimiló lo que estaba ocurriendo, se quedó sin palabras.
―Wêr…
―¿Sí?
―No puedo creer lo que voy a decir. Estás… ¡estás llorando! ―expresó, impresionado.
―¿Qué dices? ―Se llevó las manos a las mejillas y dejó escapar una exclamación al verlas teñidas de un tono rosa muy suave―. ¿Cómo es posible? Nunca había llorado tras mi conversión.
―«Nunca» te habías sincerado de esta manera.
―Lo sé, pero no dudes ni por un instante que esto hará de mí una vampira débil ―se defendió, pensando que, por haber perdido el control delante de él, Xwîn iba a cambiar la forma en la que la veía―. Sigo siendo demoledora.
―Lo eres, solo que ahora te quiero incluso más porque me has mostrado parte de tu verdadero ser. Créeme, no preciso conocer qué te sucedió. Si algún día necesitas cerrar esa herida, estaré a tu lado.
―No sé si podré contártelo, Xwîn. Sin embargo, ahora me siento mejor. Había olvidado lo que era llorar.
―Yo también. ―Besó sus labios suavemente―. No hemos compartido mucho de nuestra vida anterior después de transformarnos. Supongo que no nos interesaba, puesto que la mayoría de los nuestros había desaparecido; y hablar de ello solo traía recuerdos muy amargos.
―He de reconocer que nunca me importó lo que os había ocurrido. Bastante tenía con lidiar con mis propios problemas como para consolaros por los vuestros.
―Eso no es muy amable.
―Ninguno de nosotros lo somos… Somos vampiros, Xwîn. ¡Somos Drăgoi, vive un día más para gloria de Mørket! ―dijo su lema medio broma medio en serio. Se le hizo raro escucharlo, ya que llevaba años sin decirlo en voz alta.
―Ese lema es un asco. El de Ursu es mucho mejor, pero no se lo digas nunca a Helmet.
―¡Siempre he pensado lo mismo!
Se echaron a reír. Él se sentía tan feliz de haber rozado un poco la superficie del caparazón con el que se protegía Wêranker que no pudo contenerse y la abrazó.
―Gracias por mostrarme otro camino distinto al de la maldad pura ―susurró ella, sobrepasada por los nuevos sentimientos que ignoraba que pudiese tener.
―Gracias por recordarme que no siempre tenemos la opción de ser diferentes si nadie se toma la molestia de enseñarnos cómo hacerlo de otro modo.