Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO
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21. NO PUEDES ESTAR HABLANDO EN SERIO

Q iloçker recorrió a grandes zancadas la poca distancia que separaba su aposento del de Helmet. Al entrar, no se sorprendió al ver allí a sus compañeros. En los últimos días, se habían reunido mucho más de lo habitual. Y, dado lo que había ocurrido aquella tarde, era lo esperado.

Antes de marcharse junto al perro más fiel de Abbadon, Alistair se había mostrado como un auténtico loco en la sala del trono.

Con su comportamiento errático e infantil, parecía incapaz de asimilar que ya había dejado de ser un ser humano y exigía a voz en grito que Bêwestan fuese a rescatar a Alana de las zarpas de Nîga.

El heredero, cuyos argumentos parecían no tener fin, se pasó gran parte de la mañana discutiendo.

Hasta bien entrada la tarde, no suavizó un poco el tono; y solo fue para soltar una mentira.

Con una expresión compungida, reconoció que se sentía responsable de la vida de la chica, y, desde luego, no iba a consentir que muriera únicamente por culpa de sus malas decisiones.

Había repetido hasta hartar a los presentes que era necesario encontrarla y traerla de vuelta al castillo.

Pero aquello no tenía ni pies ni cabeza, puesto que estaba a punto de recorrer casi media Inglaterra para reunirse con su futura esposa.

Helmet, que había observado con su expresión infranqueable cómo padre e hijo se gritaban, sintió cierta curiosidad al ver el extraño interés que sentía el heredero por la muchacha.

Imaginó que tal vez quisiera mantenerla como su amante tras sus esponsales, aunque después cambió de opinión porque le pareció arrepentido.

Quizás el príncipe solo pretendía lavar su conciencia al saberse responsable de cuanto le pudiese ocurrir a la joven junto a la «No Muerta», pero algo no terminaba de cuadrarle.

Por su parte, el rey, cansado de su negativa a marcharse a no ser que tuviera una promesa en firme de que irían a buscarla, le pidió al vampiro que accediera a cumplir sus deseos.

La situación se estaba volviendo insostenible y se veía incapaz de hacerlo entrar en razón.

El líder Drăgoi se negó en un principio para no demostrar delante de Rău que aceptaba que su guerrera se hiciera cargo.

Pero, tras unos cuantos tira y afloja, acabó admitiendo que Bêwestan tenía parte de culpa y dio su palabra de que saldría a buscarla, aunque no especificó cuándo.

Después de eso, el príncipe consintió dirigirse hacia Richborough, aunque la situación en el castillo aún estaba tensa.

Tras saludar a su líder y también a los suyos, Qiloçker se sentó junto a Bêwestan.

Aunque pronto llegaría la medianoche, Helmet los había hecho llamar para otra de sus reuniones secretas.

No sabía qué era tan importante como para no aplazarla hasta el día siguiente.

Aun así, prefirió no decir nada hasta saber el motivo de aquella urgencia.

―Ayer hice un nuevo trato con Athelstan. ―Todos lo miraron con cara de incredulidad―. No seáis tan escépticos. Sé que no puedo fiarme de él, pero está desesperado. Esa es la mejor baza que tenemos, por lo que estad seguros de que ahora sí que cumplirá su palabra.

―¿Cómo puedes decir eso? ―soltó Xwînxwar―. Hace solo tres días, rompió vuestro anterior acuerdo sin titubear porque no quisisteis convertir a su hijo.

―Eso son minucias, Xwîn ―contestó Helmet―. Ahora Alistair se va a desposar con la normanda… ―Wêranker resopló―. ¿Tienes algo que decirme? ―le preguntó al verla hacer ese gesto tan humano.

―Estoy cansada de oír lo mismo una y otra vez desde que llegamos.

El príncipe se va a desposar… El acuerdo con los normandos…

―Puso los ojos en blanco―. ¿En qué nos afecta eso?

¿Por qué continuamos aquí cuando está claro que no estamos haciendo nada más que contemplar cómo pasan los días sin tener una misión clara?

La vampira mostró tal gesto de hastío que hizo sonreír a todos los presentes. Incluso su señor se dejó arrastrar por su aparente mal humor.

―Eres demoledora, Wêr.

Ella ladeó la cabeza, echó ligeramente hacia delante los hombros y entrecerró los ojos un instante, aceptando el cumplido.

―Sé que están siendo unas semanas… diferentes. Incluso yo he de admitir que no me siento… ―Miró hacia la chimenea y permitió que una sensación de libertad lo inundara antes de proseguir―. Debéis saber que nuestra misión no ha cambiado, solo que no estamos cumpliéndola.

Los cuatro prestaron más atención a sus palabras.

―¿Desafiamos a Mørket? ―preguntó ella, mostrando en su rostro una expresión de genuina incredulidad―. Helmet, ¿es eso lo que nos estás intentando decir?

―No lo estoy intentando, es justo lo que os digo. Mi trato con el rey es para unir su ejército con el normando y con el nuestro. Vamos a atacar a Abbadon en cuanto exista la más mínima oportunidad.

Todos, al mismo tiempo, se echaron hacia delante en sus asientos.

―No puedes estar hablando en serio ―dijo Qil.

―Más de lo que crees. Y, precisamente tú, vas a ser la pieza clave para que podamos vencer.

Escogerás a tres de tu mejores vampiros.

Al amanecer, os dirigiréis hacia el puerto de Richborough para subiros al primer barco que parta hacia Francia.

De ahí, avanzaréis sin descanso hasta llegar a nuestras tierras.

Es imperativo que le entregues esta misiva a mi esposa.

―Le dio un pliego rubricado con su sello.

Qiloçker lo cogió entre sus manos con sumo cuidado―.

Lys lleva esperándome demasiado tiempo, y ya estoy cansado de hacer la guerra de otro.

Le dirás que nuestro ejército al completo regresará a casa antes de dos lunas, a no ser que Gunnar acepte mi proposición.

―¿Gunnar? ―intervino Bêwestan―. ¿Estás seguro de pedirle semejante favor?

―Más que nunca. Estoy convencido de que no podrá negarse.

Aun así, esperaremos en el castillo hasta obtener su respuesta.

A Qil no le llevará más de una luna o dos traerla de vuelta.

De todos modos, no partiremos hasta que encuentres a Nîga y a la chica.

Quiero dejar ese tema cerrado. No puedo permitir que nada enturbie nuestro plan.

Si Alistair regresa y no sabemos nada de la muchacha, tendrá un motivo en firme para enemistarse todavía más con su padre.

Lo volverá impredecible, y eso es lo último que queremos porque podría descontrolarse.

―Pero, entonces, ¿vas a confiarle a tu suegro lo que tenéis pensado Athelstan y tú? ―dijo Xwîn, apoyando una pierna sobre la otra al tiempo que cruzaba los brazos, muestra de que aquella artimaña no le estaba gustando en absoluto.

―Cuando llegue el momento. Antes, hemos de conseguir la alianza de los tres ejércitos.

―Helmet, mezclar humanos con vampiros no es una buena idea ―expresó Qil con preocupación.

―Lo sé. Pero, por muy fuertes y dispuestos que estén los nuestros, el ejército de Abbadon es demasiado cuantioso. Apoyarnos en los humanos puede ser la clave para salir victoriosos. Debemos ser realistas. En este momento, nosotros solos no podemos con ellos.

―Eso lo entiendo ―volvió a hablar Xwîn, bajando la pierna y echándose hacia delante para apoyar ambos codos en las rodillas―.

Lo que se me escapa es cómo hombres con picas, espadas y flechas van a ser capaces de vencer a vampiros brutales que se mueven mucho más rápido que ellos y cuya fuerza supera con creces a diez vivos.

―No será una tarea fácil.

―¿Fácil? ―ironizó su mano derecha―. ¡Va a ser una matanza!

―Comprendo tu preocupación, pero no estoy diciendo que vayamos a luchar mañana.

Justo por esa razón hemos de prepararnos.

Si Gunnar rechaza mi oferta, volveremos a casa.

Reclutar a más vampiros nos llevará meses, incluso puede que pasen años antes de que podamos enfrentarnos.

Sin embargo, ya no es un deseo, sino un objetivo.

―¿Y si Abbadon termina exigiéndole a Athelstan que entren en guerra con otros pueblos? Eso diezmaría su ejército y no podríamos…

―Hay enfermedades que se propagan rápido entre los débiles humanos. Mi «hermano» no conseguiría vencer con un puñado de hombres agonizando.

―¿Y qué iba a importarle dejar que murieran por nada? ―preguntó Bêwestan, intrigada por lo que parecía tener en mente su señor y que no les estaba compartiendo.

―No conocéis a Abbadon. Jamás ha ido a la guerra sin saber de antemano que podía ganar.

Durante todo este tiempo, no me había dado cuenta.

Siempre ha atacado a poblaciones pequeñas con un desarrollo mínimo.

Vencer a campesinos o a unos pocos guerreros cuya única defensa son palos y cuchillos no es una noble victoria.

―Tarde o temprano, lo haremos, ¿verdad? ―Qil lo miró a los ojos con determinación.

Helmet mostró esa expresión extraña de satisfacción que empleaba cuando ya había tomado una decisión en firme.

―Sí, hijo mío. Ya te di permiso para que lo destrozaras.

―Pues no se os ocurra a ninguno empezar esto sin mí. ―Señaló a Wêranker, quien no pudo evitar sonreír.

―Si no hay nada más que concretar, me gustaría salir ahora mismo en busca en Nîga ―soltó Bêw, deseando empezar la caza.

―Me parece bien ―le confirmó Helmet.

―¿Y qué castigo vas a imponerle cuando la traiga de vuelta? ―preguntó mientras entrecerraba los ojos, saboreando con antelación el sufrimiento al que con seguridad la sometería su señor.

―Hablaré con ella. Quizás ha llegado el momento de dejarla ir.

Ninguno de los cuatro esperaba esa respuesta, por lo que un malestar general inundó la pequeña alcoba haciendo que todos mostraran sin tapujos muecas de desaprobación.

―¿Por qué harías eso? ―quiso saber Bêw, horrorizada al oír que le iba a conceder sin más la libertad, incluso después de haber desobedecido deliberadamente durante siglos.

―Es la única que ha intentado escapar de mí.

―¿Y eso merece una recompensa?

―Bêwestan, ¿quieres ser libre? ¿Quieres abandonar mi ejército y comenzar una vida sencilla lejos de tanta muerte?

―¡Jamás! No me pidas alejarme de ti, Helmet. Os debo todo lo que soy, dejaros me… mataría.