Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 20. HACED LOS HONORES #3
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20. HACED LOS HONORES #3

―Fijaos. Alguien hizo un fuego y después trató de cubrirlo. Hay restos de animales. Por el tamaño y cantidad, yo diría que varios conejos o liebres. No fueron muy buenos ocultando sus pasos. Hay pisadas de tres pies pequeños y de unos más grandes. Un macho y tres hembras.

―¿Tres hembras? No pueden ser ellos ―aseguró Vidar.

―Señor, ¿y si escaparon con alguien más?

―¿Crees que se arriesgaron a salvar a dos mujeres?

―Las celdas estaban destrozadas. ¿Y si fueron ellas las que los salvaron? ―elucubró Yngvar en voz alta, tratando de buscarle una explicación a todo aquello―. ¿Y si fue la Elegida quien las abrió?

―¿E iba a salvar a una vampira? Lo dudo mucho, muchacho. Aun así, no lo sabremos con seguridad hasta encontrarlos. ―Miró alrededor―. Es un buen lugar para acampar. Está muy bien protegido por árboles espesos y la vegetación es frondosa. Creo que haremos lo mismo que ellos.

Vidar ordenó a tres de los suyos que encontraran alguna presa para poder comer algo de carne. Gransker rehizo la hoguera y la encendió.

―¿No es muy arriesgado hacer esto? ―preguntó Yngvar.

―Nadie nos persigue ni conoce nuestra posición. De todos modos, en cuanto comamos, lo apagaremos.

―No sé yo…

―Hijo, te llevo unos cuantos milenios como para saber cuándo hay que parar y coger fuerzas. El brío de la juventud no puede eclipsar la experiencia de tus mayores. Siéntate junto al fuego y procura calentarte. Tu mente necesita un descanso.

―Reconozco que tenéis razón, solo que no sé cómo dejar de estar preocupado por todos ellos ―confesó con gesto cansado.

―La preocupación que sientes es sana, solo que no debes permitirle a tu imaginación que guíe tus pasos.

Estamos haciendo cuanto podemos, pero su destino no está en nuestras manos.

Ninguno de nosotros obligó a la Elegida a desposarse ni tampoco a la princesa a dejar el campamento o indujo a esos «No Muertos» a que los encarcelaran.

―Lo sé, sin embargo, no creo que pudiera soportar… Si les llegase a ocurrir algo, no me lo perdonaría nunca.

―Pues entonces ya puedes comenzar a sentir esos remordimientos que te hundirán en el pozo más profundo durante el resto de tu vida.

Yngvar dejó escapar el aire entre sus labios, imitando una risa de incredulidad.

―No puedo creer que me hayáis dicho eso.

―Y yo no puedo creer que un guerrero no sea capaz de aceptar que no es responsable de los errores de los demás.

Si los dejaras a su suerte, comprendería tu pesar, pero todos nos estamos esforzando al máximo para rescatarlos.

Si el Creador tiene otros planes para ellos, ni tú ni yo, por mucho que hagamos, podremos cambiar lo que ya está escrito.

Eso sí, ninguno de nosotros jamás nos reprocharemos haberlos abandonado.

Por supuesto que los echaremos de menos, sin embargo, también nos sentiremos orgullosos porque cumplimos con nuestro deber.

―Nunca lo había visto de esa manera, pero no podemos perder a la Elegida.

―Y no lo haremos. Ten fe, guerrero.

―Lo intento. Gracias, Vidar. Me han servido de mucho tus palabras.

―Ya te lo he dicho ―le sonrió―. Es la experiencia, muchacho.

Los guerreros que habían salido a cazar volvieron con las manos llenas. Se dedicaron a despellejar las piezas y las pusieron al fuego.

Mientras uno de ellos contaba anécdotas subidas de tono, Yngvar pensó en que Vidar tenía razón.

Se estaba desviviendo por encontrar a Thyra y a su amigo.

Reprocharse el que no estuviera haciendo lo suficiente no tenía ningún sentido.

De hecho, se estaba esforzando tanto que había puesto en peligro a Borgervern y a él mismo para entrar en el castillo con tal de hallar una pista.

El problema era que a esa búsqueda se había añadido la responsabilidad de encontrar de nuevo a Alana, por lo que si pensaba un poco más en ello terminaría cayendo enfermo.

Miró a los errantes que estaban a su lado disfrutando de la carne y de la compañía.

Al alba, retomarían la marcha. Aquellos fornidos guerreros sabían que aún les quedaba otra jornada agotadora hasta Felsted, pero, por el momento, todos reían con ganas de las insensateces que estaba contando uno de ellos sin ser conscientes de que, al otro lado del bosque, estaban siendo vigilados por cuatro vampiros y alguien más.

Alguien que jamás pensó volver a verlos en aquellas tierras y que iba a exigir el pago que se le debía.

Erke les sonrió a los suyos y se dispusieron a pasar la noche tras el abrigo de un enorme roble. La suerte había decidido echarles una mano, y ahora solo les quedaba seguirlos hasta el campamento de los errantes.

Mientras tanto, Nessa, que había visto a los «No Muertos» seguir a los secuaces de Eirik durante todo el día, decidió que había llegado el momento de jugar con los guerreros.

Nublaría su mente y los haría correr un poco más.

Se sirvió de un pajarillo para hacer llegar a sus discípulas un mensaje en el que les decía que iba a divertirse a su costa y que pronto tendría aquello por lo que llevaba esperando demasiado tiempo.