Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 20. HACED LOS HONORES #2
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20. HACED LOS HONORES #2

―Mi rey ―comenzó el de más edad―, el consejero del duque nos ha entregado una misiva para vos.

―Dádmela enseguida.

El hombre abrió el zurrón y extrajo un pliego enrollado que llevaba el sello del normando. Agachó la cabeza y se lo entregó. Después, volvió a colocarse en el mismo lugar junto a su compañero.

―¿Hay algo más que deba saber? ―agregó Athelstan, impaciente por retirarse para leer aquellas letras.

―Se nos ha exigido llevar una respuesta antes de una semana o regresarán a Francia.

―Bien, os haré llamar en cuanto tenga esa respuesta.

Los emisarios abandonaron el salón con la esperanza de ver a sus familias después de tantos días separados. Rău, en cambio, se acercó al rey y lo miró de tal forma que él comprendió enseguida que el vampiro le estaba ordenando conocer el contenido de aquella carta.

―Creo que vuestros «hombres» sin duda estarán más cómodos en el campamento. Si sois tan amable, acompañadme.

El inglés bajó del trono con la intención de llevarlo a la sala donde se reunió por primera vez con Helmet.

Callen y Atwater se pusieron en pie dispuestos a acompañarlos, dado que eran sus consejeros y debían estar presentes para prestar sus servicios al reino.

Athelstan se giró hacia el vampiro con la intención de hablarle, pero solo le pidió en susurros el favor de que los detuviera y les hiciera olvidar aquella reunión.

Rău los sometió en pocos instantes. Sin ser conscientes de lo que les había ocurrido, se retiraron a sus aposentos.

Acto seguido, el general Ursu ordenó a su séquito aguardar en el exterior del castillo.

El vampiro era tan orgulloso que no estaba dispuesto a confiar en nadie más.

En las últimas semanas, había perdido a uno de sus mejores capitanes, y su mano derecha estaba desaparecido.

De un modo muy retorcido, se podía decir que les tenía algo similar al aprecio; sin embargo, se prometió a sí mismo no volver a involucrarse con nadie nunca más para no sufrir la decepción de su incompetencia por haberse dejado matar o atrapar.

Aunque, más que nada, porque sus errores lo dejaban en mal lugar, y no podía permitirlo.

El rey asintió para agradecerle lo de sus hombres y avanzó por varios pasillos hasta llegar a aquella pequeña sala. Una vez entraron, un sirviente cerró la puerta.

Athelstan se sentó en la misma silla y le ofreció la misiva.

―¿Queréis leerla vos? ―preguntó al «No Muerto».

―Haced los honores ―dijo, ocupando otro asiento y apoyando las botas en la mesa.

Aquella falta de respeto provocó que el inglés torciera el gesto; pero prefirió guardarse para sí lo que pensaba porque, en el caso de que ese asesino quisiera destriparlo, nadie llegaría a tiempo de salvarlo.

En contra de lo que le pedía su corazón, asintió levemente y desplegó la carta.

Apreciado rey Athelstan,

Vuestra intolerable falta de palabra ha sido la que me ha obligado a escribir estas líneas, por lo que procuraré ser breve.

A través de mí, el duque os traslada su malestar y os conmina a que vuestro hijo se despose con su hermanastra ante el obispo en menos de un mes.

Para tal empresa, teniendo en cuenta que la feliz pareja deberá regresar a vuestros dominios, le concede una semana para llegar hasta aquí o regresaremos a nuestro hogar con la siguiente marea.

Ricardo I, duque de Normandía

Rău sonrió por la amenaza. Desde luego, tendrían que darse bastante prisa para llegar hasta el castillo donde llevaba residiendo el duque o todo se vendría abajo. Y no iba a darle más ventajas a Erke volviendo a defraudar a Abbadon.

―Los normandos no son muy sutiles ―dijo el general Ursu, cruzando los brazos.

―No, no lo son.

―Debéis responder hoy mismo. La misiva la llevarán dos de los míos para llegar lo antes posible.

―Está bien.

―¿Alistair está conforme?

―¿Acaso tu amo le dio más opciones? ―escupió Athelstan con verdadero desprecio.

―Bueno, las mismas que le disteis vos, ¿me equivoco?

Aquella respuesta envenenó la sangre del rey. El vampiro tenía razón, y no había forma de refutar su argumento.

―No, no os equivocáis ―masculló.

El señor de Inglaterra se puso en pie para abandonar la sala. Rău hizo lo mismo, aunque mucho más pausado.

―Iré a escribir la misiva, a no ser que queráis hacerlo vos por mí.

El «No Muerto» apretó los dientes y negó varias veces.

―Os concedo ese placer. Me vuelvo con mis hombres. En cuanto hayáis acabado, hacédmelo saber. Partiremos hoy mismo.

―Mis hombres estarán preparados…

―No, rey. Alistair es uno de los nuestros. Ningún humano vendrá con nosotros porque nos retrasaría.

―Eso no puede ser. Youngblood es su tutor y debe acompañarlo. Los normandos lo esperan, y un príncipe no puede presentarse sin su escolta personal.

―Nosotros asumiremos ese papel hasta que regresemos. Entiendo que nadie debe conocer la nueva naturaleza del heredero.

―Por supuesto que no.

―Eso pensaba yo. Bien, acabad la carta y avisad a vuestro hijo. No podemos fallar en esta misión.

―Cuanta entrega… ―se mofó el rey.

Rău se acercó a él en menos tiempo del que le llevó al inglés inspirar una bocanada de aire. El vampiro se acercó tanto a su rostro que el más mínimo movimiento haría que se tocaran sus narices.

―Mi existencia le pertenece a Abbadon. Jamás os burléis de mi lealtad a mi señor o vuestro «amado» hijo no llegará a su destino. ¿Os queda claro?

―Muy claro. Pero, si volvéis a amenazarme, os juro que no saldréis de estos muros.

El general se separó mostrando una enorme sonrisa. No se había tomado en serio sus palabras porque ¿qué iban a poder hacer un puñado de humanos contra uno de ellos?

―Un rey no debería comportarse como un bufón, ¿no creéis? Haced lo que os he dicho.

Sin esperar una respuesta, el general de la casa Ursu salió a toda prisa de la estancia. La cuestión era que el rey había hablado en sentido literal, puesto que ahora contaba de nuevo con una alianza que jamás debió romper.

El sirviente que esperaba en la puerta recibió la orden de avisar al de la casa Drăgoi.

A Athelstan ya solo le quedaba pendiente conocer el siguiente paso para establecer las pautas a seguir.

No podía dejar indefenso a Alistair a manos de Rău, y ahora, más que nunca, esa alianza debía llevarse a cabo.

El día pasó tan deprisa que el rey apenas tuvo tiempo de despedirse de Alistair.

Helmet le había asegurado que Rău cumpliría con su parte porque jamás defraudaría a su «hermano» y, además, el príncipe era uno de los suyos.

Tampoco podían hacer mucho más porque si Abbadon se enteraba de que él había mediado en sus planes, podría atacarles en cualquier momento.

Athelstan entendió que no tenía más opción que confiar en que su hijo sobreviviera y aceptó las condiciones que le habían sido impuestas.

Por supuesto, Youngblood se opuso de forma enérgica a que el heredero marchara sin una comitiva adecuada.

No le importaba tanto el protocolo que debía cumplirse en estos casos como su preocupación por los riesgos que conllevaba ir acompañado solo de los secuaces de aquel vampiro.

Sus quejas de poco sirvieron. El rey le obligó a acatar sus órdenes y Landon permaneció en el exterior del castillo mucho más de lo esperado tras ver cómo su pupilo partía con ellos.

Mientras tanto, los errantes ya llevaban casi una jornada completa corriendo. Al anochecer, Vidar ordenó que se detuvieran, ya que su rastreador había encontrado una pista.

―Señor, mirad aquí.

El líder de la casa Eide se acercó. Yngvar lo siguió de cerca.

―Dime, Gransker.