20. HACED LOS HONORES
E irik había pasado toda la noche con Gudrun ultimando los detalles de su plan.
Revisaron innumerables mapas y leyeron pasajes completos de decenas de libros antiguos que aseguraban conocer el paradero de quien buscaban.
Hacía rato que ya había amanecido, pero los dos guerreros seguían ofuscados en encontrar una pista que fuese fiable para poder comenzar.
El rey pidió que les sirvieran un copioso desayuno para tratar de despejarse.
Tenía que reconocer que, en los últimos días, no se había sentido él mismo.
Su cambio había empezado hacía un tiempo, aunque sus síntomas se habían acelerado de manera preocupante desde que Thyra abandonó el campamento.
Estaba convencido de que el vínculo que mantenía con su hija menor era muy estrecho, por lo que concluyó que aquella separación le había traído esas desastrosas consecuencias en su salud.
Ahora necesitaba alimentarse con más frecuencia.
No cabía duda de que nadie había notado ningún tipo de debilidad en él, puesto que se había exigido resistir en todo momento.
Cuando comenzaba a experimentar la sensación de que le faltaba vitalidad, terminaba de una sentada la bandeja con todo lo que le hubiesen llevado, daba igual la hora del día.
Aparte de su esposa, los demás no lo notaban distinto, aunque cada jornada se le hacía más cuesta arriba.
Ya no podía confiar en su don. Las imprecisiones eran cada vez más frecuentes, y temía enviar a sus guerreros a una muerte segura por haber confiado en una visión que más bien parecía ser un deseo que una futura realidad.
Tras ingerir el trozo de manzana que tenía en la mano, miró a su segundo, que mientras comía estaba leyendo algo con mucha atención.
―Esto parece inútil ―dijo el rey, apartando con rabia el manuscrito que acababa de terminar.
Gudrun cerró el que tenía en las manos y formó una mueca de disgusto en su rostro.
―Señor, con todo respeto. ¿Estos escritos son…?
―¿Fiables?
El guerrero asintió frustrado. Llevaban demasiados días sin parar de revisar todas las referencias que existían en su biblioteca acerca del paradero de aquel al que pretendían encontrar, pero no habían sacado nada en claro porque parecía que unos textos contradecían a otros.
―Mi padre afirmaba que sí ―dijo con tristeza al recordarlo―, aunque yo no sé qué más podemos hacer. Hemos leído cientos de páginas y no puedo afirmar que alguna sea cierta.
―¿Y qué veis, mi señor?
Eirik se tensó nada más escuchar aquella pregunta tan conocida.
Era la misma que su fiel guerrero le había formulado durante miles de años, solo que ahora no podía contestarla.
Lo había intentado tantas veces en las últimas semanas que había perdido la cuenta, pero era incapaz de ver lo que deseaba con tanto ahínco.
―Nada, Gudrun. Es como si, por alguna razón, esa información me estuviera vetada.
―¿Vetada? ¡Eso jamás os había ocurrido antes!
―Lo sé ―añadió con tranquilidad, pese a sentirse angustiado―. Me temo que aquello que hemos estado esperando se acerca ―mintió para protegerse.
―¿La guerra?
―Sí, aunque puede que haya otra explicación. ―Dejó la respuesta en el aire y se echó hacia delante en la silla mientras entrecerraba los ojos.
―¿Cuál? ―preguntó su segundo contrariado.
―La Elegida ya está entre nosotros. Puede que deba esperar a conocerla para que todo vuelva a su lugar.
―¿A qué os referís?
―Querido amigo, llevamos dando tumbos desde el principio de los tiempos, aguardando pacientemente a que se nos revelara cada propósito para el que hemos sido creados.
―Así es, y todos nos sentimos honrados y también agradecidos por haber sido elegidos para servir a Dios.
―Hermosas y sabias palabras, pero siento que la última prueba hemos de pasarla todos.
―No os comprendo. ¿Por qué tendríamos que ser juzgados por una misión que nos fue asignada?
―Porque, pese a la nobleza con la que pensamos que impregnamos nuestros actos, ambos sabemos que, sin ser necesario, nos hemos excedido muchas veces.
―¿Y no era eso lo que se nos pedía? Ser implacables con el enemigo es parte de la guerra. Ningún «No Muerto» merece misericordia. Son el mal que recorre la tierra. Incluso sus lemas son ofensas intolerables.
―Hace mucho que no se oye el de la casa Drăgoi ―puntualizó Eirik, que intentaba buscarle algún sentido a lo que estaba ocurriendo.
―Pero sí el de Ursu. Y, si ellos siembran muerte para gloria de Mørket, nosotros debemos hacerlo para gloria del Creador.
―Reconozco que hasta ahora pensaba igual que tú; pero, si obramos igual que ellos, ¿en qué nos diferenciamos?
―¿Señor…? ―preguntó extrañado―. ¡Nos diferenciamos en todo! Nuestro deber es sembrar justicia en «Su» nombre.
―Eso es cierto; pero, en muchas ocasiones, no hemos tenido piedad en «Su» nombre ―repitió para hacerle entender que tal vez la forma en la que habían luchado para reestablecer el equilibrio no fuese la correcta.
―Yo no podría haber actuado de otro modo, Eirik.
―Puede que tengas razón, no obstante, nuestros actos nos definen. Puede que, a partir de ahora, podamos hacerlo de forma distinta.
―¿Crees que, después de tanto tiempo, los nuestros van a cambiar?
Llevamos muchos milenios tratando de acabar con Mørket y todos sus malditos perros escurridizos.
No creo que puedas pedirle a tu ejército que traten de razonar con ellos para que dejen de alimentarse de humanos y no quieran erradicar nuestra raza a fin de poder caminar libremente por la tierra ―dijo con ironía.
―Gudrun, si ÉL nos lo pide, caminaremos por encima de las brasas para terminar con esta agonía.
―Sí lo haríamos, ¿verdad?
―Claro que sí, aunque esperemos que no sea necesario. ―Los dos sonrieron―. Descansemos un poco. Esta tarde proseguiremos con los últimos manuscritos. Si no encontramos lo que necesitamos, tendremos que encontrar a la Elegida. Quizás ella arroje un poco de luz a nuestra empresa.
―Sí, señor.
Ambos se marcharon a sus respectivas tiendas para tratar de coger fuerzas. Gudrun, contrariado por las últimas palabras del rey; y, Eirik, implorando que «ella» pudiera darle la respuesta que buscaba a la desaparición imparable de sus visiones.
Athelstan se encontraba en la sala del trono hablando con sir Callen y sir Atwater acerca de que Alistair marcharía hacia Richborough lo antes posible. En cuanto hubiera aclarado su retraso al duque, regresaría con su prometida para formalizar los esponsales.
El rey estaba algo ansioso por estar a la espera de que llegara el séquito de Abbadon para protegerlo, cuando lo cierto era que jamás hubiese estado en peligro de no haber aparecido ninguno de ellos en el castillo para obligarlo a cumplir un trato despreciable.
Nada de eso tenía importancia, puesto que las circunstancias actuales volvían a exigirle un nuevo acuerdo.
La noche anterior le había parecido razonable restaurar la alianza con Helmet, aunque sustituir un perro rabioso por otro no sabía cómo iba a resultar.
De un modo u otro, ya había tomado la decisión, así que solo quedaba esperar.
Un sirviente apareció para anunciar dos visitas. Una inesperada y otra impuesta a regañadientes.
―Mi rey ―dijo el joven tras hacer una reverencia―. Los hombres de Abbadon acaban de llegar y también los emisarios.
―¿Los que envié a Richborough? ―preguntó con un tono de voz más elevado de la cuenta.
―Sí, señor.
―Esto no es buena señal… ―dijo más para sí que para los que lo acompañaban―. Hazlos pasar a todos enseguida.
Sus consejeros lo miraron extrañados. La información que traerían los mensajeros tal vez fuera decisiva para sus planes, así que no entendían por qué no estaba preocupado porque aquellos extranjeros la conocieran.
Con sutileza, mientras aguardaban a que llegasen, le invitaron a recibirlos en privado.
Por supuesto, él se negó en rotundo y, con un gesto de mano similar al de Helmet, le quitó importancia al hecho de que estuviesen juntos, ya que ambos eran aliados.
Pero la realidad era otra muy distinta.
Athelstan sabía que de poco iba a servir que mantuviese a los «No Muertos» al otro lado de la puerta, ya que podrían oírlos sin problemas.
En cualquier caso, prefería no darle motivos a Abbadon para que se vengase castigando a los suyos de alguna forma; aunque en quien de verdad estaba pensando era en su hijo.
La condena eterna a la que se enfrentaba Alistair, estando bajo las órdenes y caprichos de un ser impredecible, no era el futuro que había deseado para él; pero ya no había vuelta atrás.
Con pesar, asumió que había cometido un error imperdonable al forzar su conversión para no romper el pacto con los normandos, aunque, tal y como acababa de decirse, no podía cambiar el pasado.
Las puertas se abrieron y Rău apareció con una docena de vampiros imponentes en cuyos rostros se veía la falta absoluta de compasión por los seres humanos, a los que, sin disimulo, miraban con desprecio y diversión.
―Rey Athelstan, mis «hombres» y yo estamos a vuestra entera disposición ―repitió las palabras exactas que le había dicho su amo―. Cuando lo creáis conveniente, acompañaremos a vuestro hijo.
―Agradezco vuestra presencia ―respondió el inglés, tragando veneno con cada palabra―. Os ruego que aguardéis aquí para conocer las nuevas de mis emisarios. Ellos fueron los que envié antes de… del cambio de planes.
El «No Muerto» dibujó media sonrisa. Lo que el rey había denominado como «cambio de planes» no era sino el ataque donde uno de sus mejores capitanes había muerto a manos de una Drăgoi.
Ambos se miraron con la certeza de que aquel asalto había propiciado todo lo demás, pero ninguno iba a compartirlo delante de tantos testigos. De modo que el recién llegado solo ladeó la cabeza y se echó a un lado para que los hombres del rey pudieran informar de lo acontecido con los normandos.
Ellos se adelantaron hasta quedar a poca distancia del trono. Hincaron una rodilla y bajaron la cabeza, esperando a que el rey les diese permiso para hablar.
―Poneos en pie y decidme por qué habéis regresado.