Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 19. NUNCA PEDÍ SER ESTO #2
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19. NUNCA PEDÍ SER ESTO #2

Fairfax abrió convencido de que su hija no se equivocaba. En efecto, eran ellos. Ambos mostraban un semblante tranquilo, por lo que los tres entendieron que habían podido alimentarse.

Leala y Thyra aparecieron al mismo tiempo y, con ellas, la estancia quedó completa con el grupo más variopinto.

La mujer se acercó al horno y vio que faltaba muy poco para que varias hogazas de pan estuvieran hechas. Miró a su esposo, pero él negó antes de señalar al errante.

―Ha sido él ―dijo, echándole el brazo a su hija por el hombro. Con ese gesto, trató de protegerla; aunque solo fuese en sentido figurado.

―Oskar, ¿las has hecho tú? ―le preguntó Leala, sintiéndose culpable por sentir esa emoción dada la situación en la que se hallaban.

―Así es. Mi madre me enseñó a hacer pan desde muy pequeño. Por alguna razón, temía que, si llegaba a perderme, pasara hambre. Claro que dudo de que, si me hubiese ocurrido, hubiera tenido la suerte de encontrar harina, agua o un horno con leña.

Los vivos sonrieron por su comentario, y los «No Muertos» fingieron para no ofender al resto.

La situación era tan preocupante que no comprendían cómo estaban perdiendo el tiempo en algo tan nimio.

Nîga miró a León, pero él negó sin casi mover la cabeza.

Pese a su necesidad de salir corriendo, tenían que ser pacientes.

Alana acababa de regresar a su hogar tras una experiencia terrible y la pérdida de aquel que la había engañado.

La vampira se había encargado de ponerlo al día con todo lo ocurrido, así que el párroco retuvo las ganas de acelerar cualquier acercamiento a la Elegida por temor a que no volviese a confiar nunca más en él.

Una vez terminaron el desayuno, León y Oskar acompañaron a Fairfax al campo para ayudarle a completar las tareas correspondientes a ese día. Ellas, por el contrario, se quedaron en casa para preparar el almuerzo y así poder hablar a solas.

―¿Pudisteis…? ―preguntó Alana a Nîga.

―Sí. No herimos a nadie ―confirmó para que se tranquilizaran. Después, vio claramente cómo la madre de la chica relajaba los hombros tras escucharla.

―Gracias, de verdad ―dijo Leala.

―Hay algo que quiero aclararos, y es que nunca pedí ser esto ―agregó, señalándose―. No tuve elección. Muy pocos de nosotros la tuvimos.

―¿Quieres decir que algunos de vosotros querían ser… así? ―inquirió Thyra, que no podía creer que eso fuera cierto.

―Hay personas de todo tipo. Por lo que yo sé, donde más ocurrió lo que os comento fue en el ejército de Abbadon. Rău es el ejemplo más cercano que conozco, pero hay muchos más.

―¿Y quién en su sano juicio querría convertirse en uno de vosotros? ―añadió la princesa.

―¿Lo dices en serio? Todo aquel cuya maldad supera cuanto conoces. Asesinos, ladrones, violadores… Hay muchos que tienen sed de poder, de fuerza casi infinita, de rapidez para alejarse de las consecuencias de sus actos… Es lo peor de la naturaleza humana lo que nutre al Ejército de la Sangre.

―No todos, Hawin ―intervino Alana, poniendo la mano en su hombro para reconfortarla.

―Puede que no todos, pero la ponzoña nos cambia ―agregó, posando un momento sus ojos en la chimenea.

Nîga no pudo disimular y dibujó una triste sonrisa. Se giró hacia la Elegida y la miró con agradecimiento antes de apretarle la mano con la que aún le tocaba el hombro. Después, se apartó de ella para acercarse al fuego. Jamás había dejado de sentir frío.

―¿Qué quieres decir? ―quiso saber Leala, ya que todo lo que conocía de ellos se lo había contado el padre León.

La vampira se calentó las manos antes de proseguir. Sabía que no le serviría de mucho, pero no podía renunciar a los pocos instantes que las llamas le recordaban que aún no estaba muerta del todo.

Sin darse la vuelta, comenzó a hablar.

―Yo era una muchacha cualquiera en un pequeño poblado cerca de unas montañas. Muy al este de aquí, en otras tierras, al otro lado del mar. El día que atacaron a los míos, no entendí al principio qué estaba sucediendo.

Se volvió hacia ellas con la pena instalada en su semblante.

―Imaginaos a decenas de hombres abalanzándose hacia otros que comienzan a morderlos como animales y a beber su sangre ―prosiguió―.

Jamás había visto ese tipo de colmillos en un humano, solo en lobos y en osos.

Ellos eran como nosotros, pero su piel estaba muy fría y era tan pálida antes de llenar su boca con…

―se interrumpió al ver el miedo en los ojos de Leala.

―No te detengas, Nîga ―le pidió Alana. Ella asintió con tristeza.

―Caer en su embrujo es una bendición, ya que no recuerdas qué ha sucedido.

Aunque yo no tuve esa suerte. Supe en todo momento lo que me estaba haciendo Helmet.

Cada sorbo que tomaba de mí me acercaba un poco más a la muerte.

―Sus ojos se llenaron de lágrimas―. Ese momento, en el que sabes que te está llegando el final, es agónico.

―Sus mejillas se humedecieron y se tornaron de un color rosado inconfundible―.

El dolor va desapareciendo. Por fin dejas de oír los gritos de tu familia y te rindes porque solo quieres que aquel horror acabe…

Nîga no pudo seguir contándoles cómo ocurrió su transformación y se cubrió el rostro para tratar de olvidarlo. Alana, Leala y Thyra se acercaron para abrazarla y consolarla. Lloraban con ella porque habían sentido como propio el sufrimiento de la vampira.

La errante jamás podía haber imaginado cuánto miedo y frustración había experimentado cualquiera de ellos.

Las historias que contaban los ancianos eran ciertas, y la habían inducido a juzgar a todos los «No Muertos» por igual.

Sin embargo, no todos lo eran, y la joven a la que estaban abrazando era la prueba.

―Lo siento, Nîga ―susurró la princesa con el corazón encogido.

―¡Cuánto debiste sufrir! ―dijo Leala, temiendo los horrores a los que tendría que enfrentarse su propia hija.