Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 19. NUNCA PEDÍ SER ESTO
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19. NUNCA PEDÍ SER ESTO

E rke terminó de anudarse las botas y se ciñó su inseparable abrigo de cuero oscuro con un escorpión bordado.

Se subió las solapas, tal y como lo hacía su hermano Bălan.

Por último, se pasó los dedos por el cabello de color negro azabache, tan profundo como lo eran sus impactantes ojos, para tratar de peinarlo.

Abbadon le había prometido un día de descanso antes de marchar, de modo que se había visto forzado a participar en una orgía grupal la noche anterior para satisfacer a su amo.

Detestaba presenciar cómo descargaba su crueldad en los pobres humanos que le servían de entretenimiento.

Al menos esta vez se había ahorrado ver a Rău en plena acción.

Se alegraba de que hubiera sido castigado a no intervenir, puesto que, cuando formaba parte del juego, siempre se excedía para estar a la altura de las exigencias de Abbadon.

Y ya tenía recuerdos más que suficientes como para tener que tratar de olvidar uno más.

El sol aún no había salido, pero le pareció que ese día era el más brillante y luminoso que había contemplado en años.

Caminó con decisión hacia el punto de encuentro con el grupo que siempre lo acompañaba desde que se había convertido en el segundo de la casa Ursu. Lo formaban los guerreros más rudos que había conocido nunca. Leales como nadie y, lo más importante, afines a sus ideas.

Cuando llegó, lo estaban esperando. No pudo evitar emocionarse al ver a Soren, el que había sido durante siglos el mejor amigo de Bălan.

Aquel vampiro enorme, de seis pies y medio de altura, era realmente intimidante.

De cabello largo rubio y ojos verde oscuro, que reflejan su determinación para llevar a cabo cualquier empresa.

En realidad, tenía más apariencia de errante que de «No Muerto», y, aun así, detestaba su piel sin mácula.

No era extraño verlo pasar su daga justo donde su hijo pequeño lo había herido hacía milenios el día que decidió enseñarle a cortar leña, el mismo en que su pueblo fue masacrado por Abbadon y él transformado en un asesino.

En el escaso tiempo que tardaba en sanar la carne, lo recordaba mientras cerraba los ojos cuando pensaba que nadie lo veía.

A su lado, estaba Bahoz, que también era muy alto, aunque con una figura mucho más esbelta.

Con todo, su presencia era imponente. El cabello castaño le caía en ondas desordenadas sobre los hombros, y sus ojos, de un intenso color violáceo, mostraban una sabiduría antigua.

La misma que los de Edjer, cuya mirada gris clara brillaba con una intensidad especial en la oscuridad y parecía capaz de ver el interior de tu alma.

El vampiro pelirrojo lucía unos cabellos largos rizados que le llegaban a la mitad de la espalda, y su expresión pícara la compensaba con un mentón fuerte.

Los tres lo saludaron con un gesto seco, sin embargo, Soren se acercó e hizo algo que los había unido con el pasar de los años.

Agarró el frontal de la chaqueta de Erke y tiró un poco de ella, haciendo de ese momento uno muy especial en recuerdo de su hermano fallecido.

Todos estaban con él, y lo seguirían hasta el final de los tiempos para acabar con la maldita casa Ursu.

―¿Estáis preparados? ―preguntó el general emocionado.

―Sí, señor ―respondieron los tres.

―Nuestro deber es rescatar a Taiat y traerlo de vuelta.

Recordad que Abbadon no admite errores ¡ni yo tampoco!

―dijo en voz alta para alguien que, con toda seguridad, estaba escuchando―.

¡Somos Ursu, sembramos muerte para gloria de Mørket!

―gritó el que había sido su lema hasta ver a su hermano desangrado en el campo de batalla.

Durante un instante, recordó cómo Rău se lo había llevado a rastras para seguir combatiendo en otra zona. Ni siquiera le había permitido volver para enterrarlo, puesto que los Ursu jamás miraban atrás y esa era una costumbre meramente humana.

Las voces de los tres consiguieron devolverlo al oscuro y doloroso presente.

―¡Somos Ursu, sembramos muerte para gloria de Mørket! ―gritaron ellos en respuesta.

Rău miró con rabia a los cuatro, aunque a Erke más que a ninguno.

Aquel que lo había acusado de asesinar a uno de los suyos debía pagar por haber tratado de conseguir su puesto.

Por desgracia, no podía enviar ningún destacamento tras ellos.

Su amo le había ordenado que acompañara al príncipe Alistair a Richborough para conocer de una vez a la bastarda con la que debía desposarse.

No entendía cómo Abbadon se deshacía de sus dos generales más importantes en un momento tan delicado, pero podía suponer sus razones.

En cualquier enfrentamiento tenía garantizada la victoria, por lo que con el grueso del ejército capitaneado por él mismo era más que suficiente.

Observó a los cuatro antes de verlos desaparecer de camino a Felsted.

La última vez que Taiat lideraba a su pequeña avanzadilla había sido muy cerca de allí, por lo que era un buen comienzo rastrear la zona e ir ampliando el círculo hasta dar con él.

El general se lamentó de no estar en su lugar para poder enmendar su error, pero esperaba poder compensarlo muy pronto con una nueva remesa de humanos y con la garantía de que, a su vuelta, el príncipe traería consigo a su prometida y al ejército normando.

Mientras tanto, el pequeño grupo encabezado por Erke avanzó lo más rápido que les permitieron sus fuerzas para alejarse.

Un número nada despreciable de patrullas Ursu protegían el campamento y gran parte del camino que llevaba hasta el castillo del rey inglés; por lo que, de momento, no tendrían que preocuparse de dar explicaciones.

A cada zancada, una increíble sensación de libertad se colaba en sus corazones, aunque eso fuese imposible.

Una vez dejaron atrás los límites que ocupaban los suyos, corrieron aún más deprisa.

Querían llegar a Felsted para tratar de encontrar a aquellos errantes que días antes habían visto salir de una humilde casa.

Por desgracia, no sabían por dónde se habrían marchado, y no tuvieron tiempo de averiguarlo porque Abbadon les había ordenado regresar para cumplir otra misión de forma urgente. Eso significaba que, si no querían verse en un apuro, no tenían más remedio que volver; y así hicieron.

Ahora no importaba lo que la sangre de aquel sádico exigiera. Tenía vía libre para encontrar a uno de los suyos en el campamento errante, y justo era eso lo que estaba buscando. Entrar allí para descubrir si Taiat aún seguía encarcelado o, para su tranquilidad, ya habría muerto para siempre.

Soren, callado como era su costumbre, se movía con más brío que nunca. Bahoz y Edjer no habían bromeado ni una sola vez, en cambio, trataban de seguirles el ritmo a los dos con la mirada fija hacia adelante.

Aquel grupo estaba decidido a cumplir la misión para la que se habían preparado a conciencia.

Nada iba a detenerlos, y tampoco estaban dispuestos a fracasar.

Erke sonrió para sí mientras se repetía que su objetivo estaba mucho más cerca.

Pronto encontraría a los errantes, y eso a lo que llamaban vida iba a cambiarles para siempre.

Poco después del amanecer, Fairfax se puso en marcha para cuidar de las tierras. El destino podía esperar porque él debía recoger parte de la cosecha y aún le quedaba por arar más de medio campo.

Abrió la puerta y se topó con el errante, que estaba limpiándose las manos con un trapo. Se sorprendió al ver que había llenado de leña recién cortada el hueco situado al lado de la chimenea.

Un olor a masa caliente le llegó de pronto. Se giró hacia el pequeño horno y vio que el pan ya estaba cociéndose.

―Buenos días, Oskar.

―Buenos días, Fairfax.

―Has madrugado mucho.

―No podía dormir.

―Lo comprendo. Es muy difícil coger el sueño en una silla tan incómoda. Lamento…

―No, tranquilo. No ha sido por eso. Me preocupaba que «ellos» aparecieran de nuevo.

―¿Te refieres al padre León y a…?

―Exacto.

―Hijo, si hubieran querido acabar con nosotros, ¡ya seríamos salchichas! ―añadió con un tono que hizo sonreír al errante.

―¿Eso creéis?

―Si te soy sincero, no puedo más ―reconoció, sentándose frente a la chimenea. Le hizo un gesto al joven, que hizo lo propio en la otra silla―. Estoy tan preocupado por todo lo ocurrido y por lo que parece que va a suceder que ya no soy capaz de pensar con claridad.

―Comprendo que os sintáis de esa manera. Es una carga muy grande la que vuestra hija ha de llevar en los hombros.

―Demasiado para una niña. Alana aún es muy joven, y si le ocurriera algo… ―se le quebró la voz.

Ella, que estaba oyendo detrás de la puerta, no pudo resistir el dolor que sintió que desprendían no solo sus palabras, sino todo su ser. Corrió hacia él y lo rodeó con sus finos brazos por la espalda, dejando caer la cabeza en su hombro.

―Padre, podré con ello. No os preocupéis por mí ―dijo con los ojos empañados.

Fairfax se puso en pie y la abrazó con todas sus fuerzas. Ella apenas rozó su cuerpo por miedo a herirlo. Rota por verlo también llorar, durante un instante, se permitió sentir debilidad; como, si de alguna manera, pudiera escoger qué parte de sí misma tomaba el control.

Ahora solo era Alana, y fue ella quien pudo abrazar a un buen hombre que estaba a punto de desmoronarse.

―No lloréis, padre. La Divina Providencia está conmigo ―dijo, secándose las lágrimas.

―Tu madre y tú vais a acabar con este viejo campesino.

Ambos sonrieron mientras se miraban con verdadero amor. El guerrero fijó la vista en las llamas, avergonzado por compartir con ellos aquel momento tan familiar e íntimo.

―Buenos días, Oskar ―dijo ella, después de darle un beso en la mejilla a su padre.

―Buenos días.

―Thyra saldrá enseguida.

―El padre León y Nîga aún no han regresado.

Tres golpes en la puerta fueron suficientes para interrumpirlos.

―Tranquilo ―agregó ella―, ahí están.