18. SIGUE A TU CORAZÓN #3
―Debes prestar más atención, Knutsen. Iba hacia allí para desposarse con la hermanastra de Ricardo I, duque de Normandía. Por alguna razón, de la que el Rey de Reyes aún no nos ha informado, Abbadon atacó a su séquito. Cayeron cerca de Felsted, el pueblo de la Elegida.
―Pero ¿qué pudo ocurrir para que se conocieran?
―Eso no lo sé… ―Se detuvo un instante―. Pienso que, si el heredero la presentó como su esposa y ella acabó en las mazmorras, solo puede significar que el rey inglés no estaba dispuesto a malograr esa alianza por una simple campesina.
Yng se giró hacia él con el gesto desencajado.
―«Ella» no es una simple campesina ―masculló con rabia.
―No seas necio. La Elegida porta en su interior la luz del mismo cielo al que iremos algún día y es la esperanza de todos nosotros. Fuimos creados para protegerla porque llegará el día en que su amor y compasión hacia todos los seres, vivos o muertos, devuelva el equilibrio perdido.
―Yo no soy digno de «ella»… ―dijo, bajando la cabeza.
―Ninguno lo somos, te lo aseguro.
―Si Alistair permitió que la encerraran, lo mataré con mis propias manos. Aunque eso me condene a una eternidad junto a Mørket.
―Creo que lo dices en serio.
―Así es.
―No conocemos el futuro, Yngvar. Ese don solo lo poseen los Ragnarsson, aunque quién sabe cuál puede ser tu porvenir.
―Uno alejado de «ella», eso seguro.
El rastreador lo miró con la sensación de que se estaba equivocando de pleno. Tal vez debería haberse guardado aquel pensamiento para sí mismo, pero quién podía determinar qué encauzaba el camino de cada uno y lo que implicaría mantener en secreto una corazonada.
De un modo o de otro, el de la casa Volger prefirió no poner en peligro los hilos que tejían el destino de todos, así que se decidió a decirle lo que pensaba.
―No, amigo mío. Nuestro deber es estar al lado de la Elegida. Muchos daremos nuestras vidas por protegerla, pero la pregunta que de verdad importa es ¿qué estás dispuesto a dar tú?
―Lo que me pida el rey.
―Puedo distinguir la mentira en tu voz, muchacho.
Yng volvió a mirarlo. Esta vez, sus ojos reflejaban dolor.
―Todo.
―Eso está mejor. Quizás sea buena idea que le digas lo que sientes cuando la veas.
―Yo no siento…
―Todo, muchacho. Sientes «todo» por ella. Sigue a tu corazón, no dejes que la razón te nuble las palabras adecuadas.
―No digas insensateces. Soy un errante. Tarde o temprano, Eirik me designará una pareja con la que deberé unirme. Alana y yo nunca seremos nada el uno para el otro.
Borg cerró los ojos y se recostó en el árbol. Knutsen se sorprendió al ver que dejaba de prestarle atención.
―¿Te aburro? ―añadió molesto.
―Me aburre la mentira. ―Se inclinó hacia delante y volvió a clavar la mirada en el joven guerrero―. No tienes derecho a rechazar lo que Dios pone en tu camino. Si un errante ama de veras, ni el mismo rey puede interponerse entre las almas que se encuentran.
―Ella no me eligió a mí.
―Tampoco le diste la oportunidad de conocerte. Quizás ni la hubo.
En ese momento, el de la casa Knutsen recordó la primera vez que la vio mientras él se encontraba escondido en el bosque.
―Sí la hubo ―susurró.
―Entonces, solo queda que ÉL guíe tus pasos como lo ha hecho con todos. Duerme, Yngvar. Mañana tendrás que estar muy atento a las señales porque puede que de eso dependa…
―¿Mi futuro? ―bromeó.
―Y el de todos. Ahora, descansa.
Él obedeció, convencido de que el rastreador se equivocaba. La probabilidad de que la volviese a ver era ínfima. De todos modos, qué iba a decirle después de haberla censurado por la decisión que tomó de entregarse al príncipe.
«No. Ella y yo jamás estaremos juntos». Con este pensamiento, se sumió en un sueño aterrador. Alana se debatía entre la vida y la muerte justo antes de que Abbadon asestara el golpe definitivo para destruir todo por lo que había luchado el pueblo Errante.
De pronto, sintió que alguien lo tocaba en el hombro.
―En marcha, muchacho ―dijo la mano derecha del rey.
Yng, aliviado porque lo que había visto solo había sido un mal sueño, miró al cielo. Unos tímidos tonos anaranjados anunciaban el nuevo día y volvían a la carrera.
Tal y como había dicho Vidar la noche anterior, no se separarían para buscar a la Elegida por un lado y a los errantes por otro, sino que lo harían todo a la vez, ya que no contaban con ninguna pista.
Tan solo los dejarían los tres que iban a acompañar a Borg, que regresaría al campamento para informar a Eirik.
Knutsen los estaba dirigiendo a Felsted, a la casa de la Elegida.
Tenía la esperanza de que quizás su madre supiera algo del paradero de alguno de ellos.
En tanto avanzaba por el bosque junto al líder de la casa Eide y los suyos, Yngvar no podía dejar de preguntarse dónde estaría Alana y qué habría hecho con ella la «No Muerta».
Por mucho que Borgervern confiara en que esa vampira no podía herirla, no las tenía todas consigo.
Maldijo a Alistair mientras se repetía, una y otra vez, que esa pesadilla jamás debía llegar a cumplirse, aunque tuviese que acabar con todo el Ejército de la Sangre con sus propias manos si esa era la única manera de salvarla a «ella».