Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 18. SIGUE A TU CORAZÓN #2
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18. SIGUE A TU CORAZÓN #2

―¿Sabéis que diciéndome esto podría contarle que estáis intentando traicionarlo? Os estáis exponiendo demasiado, y no sé por qué pensáis que yo quiero hacer un trato con vos cuando acabáis de demostrarme que no sois de fiar.

―No sé si en algún momento de vuestra vida habéis tenido hijos, ya me entendéis.

―A ellos los considero mis hijos ―expresó con seguridad, refiriéndose a sus generales.

―Entonces, podéis poneros en mi lugar. ¿Qué sentiríais si alguien al que jamás podríais vencer los obligase a arrodillarse ante él?

―Creo que acabaría matándolo.

―Pero yo no tengo esa suerte. Abbadon, pese a querer acabar con su vida, ha terminado decidiendo que era mejor que se uniera a la bastarda normanda.

―Por supuesto… ―Helmet cerró los ojos un instante―, quiere a las tropas del duque.

―Sonrió al darse cuenta―. Sabe que, si se enfrentara a mí, sus filas quedarían diezmadas.

En cambio, esa alianza que rechazaba en un principio ahora le parece interesante porque, además de teneros a vos y a vuestro hijo en sus manos, supone contar también con ellos.

―Exacto.

―Bien jugado, Abbadon ―añadió, frotándose el mentón mientras pensaba qué podían hacer―. Quiere poseer el mayor ejército conocido para acabar conmigo, y no le importará a quién se lleve por delante.

―Entonces, ¿qué podemos hacer? ―preguntó el rey preocupado, aunque dispuesto a todo.

―Retomar nuestra alianza.

―¿Cómo? ¿Lo haríais?

―Por supuesto, «mi rey», pero solo bajo mis condiciones.

Helmet le contó el plan que acababa de ocurrírsele sobre la marcha. Athelstan asintió, aceptando que aquella opción era mucho mejor que no obtener nada más que sumisión por su parte.

No sabía si llegarían a sobrevivir, pero, si lo hacían, habría merecido cada hombre que sabía que perdería con su descabellado propósito.

Bien pasada la medianoche, después de que Yngvar y Borgervern no tuvieran más remedio que sortear unas cuantas patrullas y permanecer escondidos en varias ocasiones para evitar enfrentarse con vampiros realmente peligrosos, por fin llegaron a la zona donde aguardaba el resto de los errantes.

Sus compañeros respiraron aliviados al verlos regresar sin un solo rasguño.

Desafortunadamente, obtener noticias sobre el paradero de la princesa y su amigo los había llevado mucho tiempo más de lo que esperaban en un principio.

Vidar, agradeció en silencio a los Altos Guardianes que ninguno hubiera sido herido.

―Señor ―dijeron los dos.

―Me alegro mucho de veros de una sola pieza ―expresó el líder de la casa Eide, ofreciéndoles el antebrazo a cada uno como saludo.

―Créeme, nosotros también ―reconoció Borg―. Vidar, traemos nuevas que debemos transmitir al rey lo antes posible.

El rastreador informó de cuanto habían visto y oído en el castillo. El semblante del viejo guerrero se tornó más sombrío y preocupado conforme iba conociendo cada detalle.

Por una parte, no habían encontrado aún a la princesa y al joven Isaksen, de modo que volver con las manos vacías al campamento no era una opción.

Por otra, debían poner en conocimiento de Eirik que Athelstan había encerrado a Alana en las mazmorras y que después ella había desaparecido junto a una Drăgoi llamada Nîga.

Además, Alistair se había convertido en vampiro y Abbadon y Helmet parecían haber aunado fuerzas.

Que hubiera tenido lugar una reunión de ese calibre con el rey no podía augurar nada bueno.

¿Acaso pretendían comenzar una guerra con su apoyo?

¿Con qué fin? ¿Conocerían la verdad sobre la leyenda de la Elegida y querrían acabar con ella antes de que cumpliera su destino?

¿Por qué el inglés había decidido sacrificar a su propio hijo?

Ninguno de los presentes podía responder esas preguntas, por lo que no les quedaba más remedio que consultar con su propio rey.

Él era el único capaz de decirles con exactitud qué intenciones tenían los dos «No Muertos».

En las últimas semanas, aquel futuro del que hablaban los antiguos escritos parecía que se estaba precipitando; y, si así era, debían estar dispuestos a combatir en cualquier momento.

Vidar pensó que los suyos llevaban tanto tiempo esperando a que la profecía se cumpliera que tal vez ya no estuvieran preparados para enfrentar una batalla de tal magnitud.

―Hay que avisar a Eirik. Nos encontramos de nuevo como al principio, debemos buscar a la Elegida y también a Thyra y a Oskar. Su sjelevenner ha de celebrarse. Retrasarlo podría ponernos en peligro.

―Señor, si volvéis a separarnos en dos grupos ―intervino Yngvar, seguro de lo que iba a decirle―, me ofrezco voluntario para buscar a la Elegida.

―Yo lo acompañaré ―agregó enseguida Borg. Le había cogido cariño al muchacho; y, desde tiempo inmemorial, los Isaksen siempre habían sido grandes amigos de los Volger.

―Yngvar, no podemos retrasarnos más. Los buscaremos a los tres al mismo tiempo.

Y lamento no poder permitírtelo, Borgervern.

He de ser yo quien lleve de vuelta a la princesa.

Me lo ha pedido el rey, y no pararé hasta dar con ellos.

Lo que sí necesito es que regreses de inmediato al campamento y le cuentes a Eirik todo lo que habéis averiguado.

―Lo entiendo y cumpliré tus órdenes. No me malinterpretes por lo que te voy a decir, pero sabes que yo puedo encontrarlos mucho antes que Gransker ―añadió el guerrero con seguridad.

―Lo sé, Borg. Por desgracia, no puedes estar en dos sitios a la vez. Tranquilo, hallaremos su pista.

―Vidar, él es el mejor rastreador ―agregó Yng―. La Elegida puede correr grave peligro junto a la vampira, así que yo ocuparé su lugar para informar al rey.

―Me parece loable tu intento; no obstante, me niego a perder a otro joven errante por el camino. Mi decisión está tomada. Borg regresará con tres de los nuestros, los demás comprobaremos la parte norte del bosque. Descansad todo lo que podáis esta noche. Comenzaremos al alba.

―Sí, señor ―respondieron los dos.

Cuando hubieron consumido parte de los víveres que llevaban para el camino, Borg y el joven Knutsen se apartaron un poco del grupo para descansar. El de la casa Volger apoyó la espalda en un tronco e Yngvar se sentó a su lado.

―¿Qué te preocupa? ―le preguntó el viejo guerrero.

―Que les pueda haber ocurrido algo malo. Alana con una vampira, y ellos adivina dónde estarán. No conozco tanto a Gransker, ¿crees que dará con sus huellas?

―Si las hay, las encontrará.

―Pero tardará mucho más que tú.

―Por supuesto, ¡yo soy el mejor! ―Rieron por lo bajo―. Has de «encontrarla» ―repitió con un tono mucho más serio.

―Si Thyra está viva, estoy seguro de que lo haremos ―añadió Yngvar con la esperanza de que así fuera.

―No hablaba de los nuestros. Ellos están vivos ―respondió con contundencia―. Yo me refería a la Elegida.

―Esa no era nuestra misión…

―Te equivocas de pleno, amigo mío. La Elegida es y siempre será la misión de todos los errantes ―insistió Borg―. Aunque no temas por «ella». Ningún vampiro, ni siquiera Abbadon, Helmet o Xerab podrían vencerla en combate. Estoy seguro de que está a salvo, solo que con una pésima compañía.

―Rezaré a los Altos Guardianes para que así sea.

Yngvar se quedó un momento en silencio, mirando a ningún sitio en concreto.

―¿Me vas a contar ahora qué has querido decir antes con que soy muy joven para verlo? ¿Ver… qué?

Borgervern sonrió. Sin duda, aún le quedaba mucho por aprender al muchacho que creía que ya lo sabía todo sobre la vida; sin embargo, no había visto algo evidente.

―Has de prestar más atención a los detalles y también a los informadores que llegan al campamento. Tu deber, como el de todos, es conocer las nuevas que se difunden cuando el rey lo considera conveniente. ¿Para qué se dirigía el príncipe a Richborough?

―¿Para… viajar a…?