Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 18. SIGUE A TU CORAZÓN
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18. SIGUE A TU CORAZÓN

A thelstan, tras regresar de las mazmorras, ya que se negaba a creer lo que Alistair y Youngblood le habían descrito, gritó una vez más a su hijo que no conocía el paradero de la muchacha y que tampoco sabía quién había podido llevársela.

El heredero estaba a punto de destrozar todo a su alrededor si alguien no le explicaba pronto cómo una chica de dieciséis años, que apenas era capaz de sostener su propio peso, había podido escapar de una celda cuyos barrotes eran de acero.

Aunque, a decir verdad, ninguno quería aceptar que alguien había sido lo suficientemente fuerte como para arrancarlos de cuajo y lanzarlos al final del pasillo para convertirlos en un amasijo informe.

Hacía bastante que la explicación del extraño asesinato del otro carcelero había quedado resuelta, puesto que solo un vampiro podría tener la capacidad de girar de semejante manera el cuello de un humano. Únicamente quedaba por descubrir quién era el responsable para poder castigarlo.

Por mucho que los dos estaban intentando que el otro entrara en razón, la discusión entre padre e hijo no llegaba a ninguna parte.

Para colmo, Helmet aún no se había dignado a aparecer con la responsable que se suponía que había llevado a Alana a las mazmorras, así que Alistair estaba a punto de salir en su busca para que diera la cara y entregara a los culpables de todo aquello.

Unos golpes en la puerta anunciaron la llegada de los únicos que podían arrojar un poco de luz a lo que había sucedido entre sus muros.

Sin embargo, el rey estaba convencido de que, como era costumbre en el vampiro, tanto él como los suyos acabarían por lavarse las manos y responder que ninguno sabía lo que había ocurrido allí abajo.

El líder Drăgoi entró con su típica expresión enigmática.

Pese a llevar unas cuantas semanas, Athelstan continuaba sin saber distinguir si estaba contento o preparándose para desangrar a alguien.

Se fijó en que, en esta ocasión, solo lo acompañaba la vampira más joven, Bêwestan, de la que tampoco podría decir qué estaba pensando.

Ambos entraron en la estancia con la seguridad del que sabe que jamás puede perder.

El rey los invitó a sentarse. Él accedió, pero ella prefirió permanecer de pie, justo al lado de su señor.

Youngblood cerró la puerta y se colocó tras Alistair.

―Bien, ya nos tenéis aquí. ¿Qué es tan importante como para haber interrumpido mi cena?

El inglés prefirió olvidar esas palabras y se lanzó a explicarle el motivo de por qué los había hecho llamar. Cuando acabó de exigirle una respuesta, se dio cuenta de que él ya lo sabía.

―Creo que he perdido el tiempo diciéndote algo que ya conocíais, ¿me equivoco?

―Rey Athelstan, los míos tuvieron conocimiento de que las celdas habían sido destruidas porque allí habíamos encerrado a una de mi ejército por desobediencia.

―¿Cómo pudisteis encarcelar allí a una de los vuestros tal y como estaba aquello? ―preguntó Alistair sin poder creerlo.

―Bueno, he de reconocer que nuestros castigos no son tan distintos de los vuestros, ¿verdad, rey?

―se burló Helmet, poniendo el dedo en la llaga―.

Bêwestan hizo exactamente lo que le pedí, puesto que yo mismo decidí acceder a complacer un deseo de vuestro padre.

Ella fue quien llevó a la que se presentó como vuestra esposa junto a Nîga, una vampira que, visto lo visto, siempre está… descontenta. Tal vez escaparon juntas.

―¿Llevasteis a Alana a semejante lugar y la metisteis en una celda con una vampira hambrienta? ―vociferó el príncipe a Bêw, fuera de sí.

―Yo solo hice lo que vuestro padre me pidió. Cumplí una orden y obré exactamente igual que lo hubiera hecho con cualquiera que hubiese desobedecido o tratado de obtener algún privilegio sin merecerlo.

―¿Qué demonios está diciendo? ―Esta vez, Alistair le exigió respuestas a su propio padre, que tenía una expresión de circunspección.

―No me diste más opciones, hijo. Ya hemos hablado de esto hasta la saciedad, por lo que darle más vueltas no tiene sentido ―clamó, cansado de tener que justificar sus actos―. ¿Creéis que ha sido vuestra vampira la que ha hecho ese estropicio y se la ha llevado?

Helmet elevó los hombros de manera imperceptible.

En realidad, no tenía una respuesta clara.

Si echaba la vista atrás, Nîga no era la más fuerte de sus hijos, aunque sí la más lista de todos.

Aun así, no podía afirmar o negar que ella fuese la responsable ni que no hubiera arrastrado consigo a la humana para conservarla como fuente de alimento.

Miró al rey y pensó que, en esta ocasión, decir la verdad no le perjudicaba en nada.

―No lo sé. Es lo que iba a deciros. Nîga tiene muchas habilidades, pero la fuerza no es una de ellas.

Ahora bien, nadie sabe lo que somos capaces de llegar a hacer en un momento de necesidad.

En cuanto a la muchacha, solo puedo deciros que ella ―dijo mirando a la general―, la dejó en la misma celda.

―Había sangre en el suelo ―lo interrumpió Alistair, saltándose a su padre en el interrogatorio y dejándolo en evidencia.

―Cállate de una vez ―le ordenó el rey.

―¡A mí no me hables de esa manera! ―respondió, mostrando los colmillos.

Helmet los observó un instante. Ninguno de los dos le importaba, ni mucho menos, pero la falta de respeto fue lo que lo hizo reaccionar. Nadie debería responderle así a un superior, mucho menos a un progenitor.

Torció el gesto y se puso en pie. Miró al heredero de tal forma que el joven supo, sin que el vampiro tuviera que decir una sola palabra, que le debía una disculpa a su padre.

Ladeó la cabeza y levantó el mentón lo justo para que él se diera por aludido. Lo siguiente era obligarlo a ponerse de rodillas para dejarlo con la cara pegada al suelo. Algo que ya había hecho horas atrás en su anterior «prueba».

Alistair asintió, entendiendo que había traspasado la raya. Bajó la cabeza y dijo lo que le estaba exigiendo el «No Muerto» con la mirada.

―Discúlpame, padre ―expresó a regañadientes.

―Está bien, pero intenta tranquilizarte.

Helmet volvió a ocupar su sillón y se sorprendió al ver un gesto de cabeza por parte del rey a modo de agradecimiento.

―Bien, ahora que todo está aclarado ―dijo el de la casa Drăgoi―, creo que no hay nada más que podamos hacer.

―¿Qué estáis diciendo? ―saltó de nuevo Alistair, a punto de lanzarse hacia él―. ¡Vuestro deber es traerla de vuelta y que confiese qué ha hecho con la chica!

―La chica…, ya veo. Bueno ―dijo mirando de nuevo a Bêwestan, que permanecía inmóvil―, creo que será mejor que vayas a buscarla. Tal vez, cuando vuelva con «la chica» ―repitió con ironía―, el príncipe quiera decirnos por qué ella es tan importante.

―¡Es mi esposa! ―se defendió.

―Ya, eso es lo que vos decís.

―¿¡Dudáis de mi palabra!?

―No tengo motivos para hacerlo; sin embargo, de donde yo vengo, sentimos un respeto profundo por los votos que damos y la forma en que nos unimos a nuestras parejas.

Bêw no dijo nada, no obstante, era incapaz de recordar en qué momento habían tomado forma aquellas palabras en la mente de su señor para expresarlas de tal manera.

―¿Me estáis acusando de algo? ―continuó Alistair.

―A mí no me importa nada lo que hicierais o no con ella, lo que me llama la atención es que desobedecisteis a propósito una orden. Ya no solo de vuestro padre, sino de vuestro rey.

―¿Y en qué puede afectaros mis decisiones? Que yo sepa, mi padre ya no tiene ningún acuerdo con vos.

―Sois un pequeño necio que siempre os habéis salido con la vuestra, pero ahora entenderéis que esa lasitud con la que se os ha criado va a desaparecer muy pronto.

El que ahora es vuestro amo no concede segundas oportunidades ni admite un mísero error.

Voy a ser benévolo y os obsequiaré con un consejo.

Quizás podríamos decir que incluso podéis tomarlo como una advertencia: no incumpláis vuestra palabra ni una exigencia de mi hermano o no veréis la siguiente puesta de sol.

―Estoy cansado de tanta estupidez. ¡Yo no voy a vivir a la sombra de Abbadon!

―Ni que pudierais elegir.

―Eso ya lo veremos ―añadió Alistair en tono amenazante.

La actitud del heredero le trajo añoranzas de la respuesta belicosa de sus primeras conversiones.

Xwînxwar, con su hoz en mitad del campo.

Qiloçker, a punto de morir a manos de Rău.

Wêranker, encadenada en aquella cueva, cubierta de sangre de arriba abajo.

Bêwestan, que conocía de su existencia y que no opuso resistencia para poder vengarse de alguien que jamás reveló.

Por último, Nîga. De quien fue incapaz de apartarse porque necesitaba protegerla de todo mal.

Claro, que ese «mal» era él mismo, puesto que no había dudado en castigarla a la menor ocasión como si fuese un padre disgustado y profundamente decepcionado con su inaceptable comportamiento.

En realidad, Helmet se sentía así, como si fuera, en cierta manera, el padre de todos. Así que no pudo condenar por completo a Alistair, porque, al igual que los suyos, aún tenía la esperanza de poder elegir sus propias acciones. Algo que nunca volvería a suceder.

―Yo no creo que llegue a verlo, príncipe; aunque espero que obtengáis cuanto merecéis o creáis merecer.

―Ahora, dejadnos solos ―intervino de pronto el rey.

―Pero, padre…

―Landon, acompáñalo a su alcoba. Necesito hablar con Helmet en privado.

―Vamos, Alistair ―susurró Youngblood, apoyando, como tantas veces, la mano en su brazo.

―Ni me toques ―respondió de malos modos, haciendo un gesto brusco para deshacerse de su tacto.

Helmet le hizo una seña a la vampira, que salió después de los dos ingleses y cerró la puerta.

―Vos diréis.

―Detesto mi trato con Abbadon ―soltó Athelstan de sopetón.

El «No Muerto» abrió los ojos de golpe. Sentía verdadera curiosidad por saber qué lo había llevado a decir semejante declaración delante del que se suponía que era su hermano.