17. ES MUY INJUSTO #2
Poco después, llegaron a la parte trasera de la posada.
A esas horas, de allí solo podían salir borrachos o alguna que otra pareja que buscaba retozar lejos de ojos acusadores y que aprovechaba el pequeño hueco techado donde el tabernero dejaba las cajas vacías de las mercancías que recibía a diario.
Ocultos entre las sombras, decidieron aguardar a que cualquier humano apareciera. Sin aguantar ni un instante más, se abrazaron.
―Debí ir en tu busca ―susurró él.
―Se habrían alimentado de ti y te habrían matado. Eras muy joven como para convertirte.
Se separaron sin soltar al otro de los antebrazos. León le limpió una lágrima que había manchado su perfecto rostro.
―Ya no lo soy. Hace poco cumplí los cuarenta.
―Eso ya no importa. Nunca envejecerás, y estoy segura de que tu cuerpo ahora te responde como jamás habías sentido.
―Eso es cierto. Las ventajas de ser un ser maldito, ¿verdad?
Ella no tuvo más remedio que sonreír por su comentario.
―Echaba de menos tu forma de ver las circunstancias.
―Con el tiempo, he dejado de ser tan perspicaz.
Suspiró como si aún estuviera vivo. Miró hacia la taberna, no se veía a nadie.
―¿Por qué?
―¿Que por qué he dejado de ser así? ―Levantó los hombros, tratando de buscar una explicación. Se separaron y cada uno se colocó tras un árbol―. Tal vez sean los años o que temía que lo que el rey errante me había dicho no llegara a cumplirse.
―Entonces, ¿lo que nos has contado antes es verdad? ―preguntó muy intrigada.
―Así es. No he mentido. Aunque parece bastante enrevesado, estoy aquí gracias a él.
―¿Y te reveló que encontrarías a la Elegida?
―No con esas palabras. ―Bajó la mirada al suelo―. Confieso que pensé que sería Leala, no su hija.
―Alana.
―Sí, Alana. ¿Cómo os conocisteis vosotros? Ha sido muy confuso verte aquí con los errantes y con ella.
Nîga se giró hacia la posada, esperanzada de que alguien apareciera. Sopesó si contarle lo que había sucedido en las mazmorras, y acabó dándose cuenta de que, tarde o temprano, acabaría enterándose. Tras relatarle lo ocurrido con Bêwestan y todo lo demás, el párroco estaba a punto de explotar.
Aquello podía cambiar el curso de la Historia, y la única culpable era su antigua mejor amiga.
―¡Estás loca! ―susurró―. ¡No debiste darle tu sangre!
―¿Hubieras preferido que muriera?
―No habría muerto, es la Elegida.
―Eso lo acepto, pero no es inmortal. Reconozco que perdí la cabeza al verla sangrar.
No pude contenerme y la mordí. Aquello casi acaba conmigo.
Con el primer sorbo, vomité cuanto ingerí y no pude transmitirle la ponzoña.
La errante prometió protegerme si la salvaba, de modo que llegamos a un trato.
Me hice un corte en el brazo y le di suficiente sangre para que sobreviviera.
Te juro que jamás pensé que con solo beberla se transformaría.
―Entiendo. ¿Sabes? Yo tampoco pude retener la sangre de Leala. Eso significa que nadie puede beber la sangre de Cristo.
Al oír sus palabras, ella lo miró echando la cabeza hacia atrás con los ojos entrecerrados. Acabó por dibujar un gesto de burla.
―Creí que eso era justo lo que hacía cada cristiano en la Comunión.
―No blasfemes delante de mí, Nîga.
―León, parece que no te das cuenta de que ahora eres un vampiro. No puedes seguir creyendo en ese dios.
―Mi Dios no es ese dios. ÉL es el único Dios, así que no hables de esa manera delante mí. Respeta mis creencias…
―¿Es que tú vas a respetar las mías? ―lo interrumpió con altivez.
―¿Y cuáles son esas?
Ella abrió la boca. Fue incapaz de contestar.
Sabía que, en algún momento de su vida, cuando era humana, había creído en algo superior; aunque ya no lo recordaba.
El reconocer que esa época apenas resistía el paso del tiempo la hizo entristecerse.
Cuanto más olvidaba, más cerca estaba de dejar atrás lo poco que conservaba de Hawin, y eso la estaba destrozando.
Al ver que sus ojos se empañaban, el párroco decidió detenerse.
―Sigo siendo yo, Nîga. No puedo dejar a un lado mis creencias porque alguien me haya transformado en esto.
―No lo entiendes. Antes o después, sentirás la llamada de la sangre. Si el que te ha creado sigue con vida, te exigirá que vayas a su lado. Aunque trates de resistirte, no podrás evitarlo.
―¿Y eso cuándo ocurrirá? ―preguntó preocupado. No tenía idea de que la conversión conllevara esa esclavitud.
―Suele suceder unas horas después de la transformación. Como máximo, un día más tarde. El creador reclama lo que le pertenece.
―¿Siempre?
―Siempre, a no ser que muera. En cuyo caso, serías un vampiro sin amo. Dudo mucho que eso…
―Si no tengo amo, ¿qué pasaría?
―No sueñes con eso, León.
―Nîga, dime la verdad. ¿Moriría?
―No ―dijo, corriendo a su lado para cubrirse también detrás de su árbol―. No morirías, serías un vampiro libre. Nadie podría reclamarte, ya que nadie sabría de tu existencia. La línea de unión solo funciona de creador a creado.
―¿Estás segura?
―Hasta donde yo sé, sí.
―Yo no he sentido ninguna llamada ―respondió esperanzado, mirándola a los ojos como si saber aquello lo fuese a solucionar todo.
―¿Cuándo te mordieron?
―Creo que hace tres días. Tardé casi dos en transformarme.
―¿Y cuándo bebiste lo suficiente como para sentirte saciado?
―Esta mañana, más o menos, al mediodía.
Ella elevó las cejas un momento, sorprendida de que aún no lo hubiese reclamado nadie.
―Aún es pronto…
―Pero hay una posibilidad, ¿verdad? ―la cortó, sujetándola a la altura de los codos―. Lo leo en tus ojos.
―No lo sé, puede que sí. León, no quiero darte esperanzas en algo que lo más seguro es que acabe sucediendo. Lo he visto tantas veces que es agotador.
―¿Eso significa que no tendré la opción de rechazar una orden?
―Me temo que no.
―¿Cómo es posible? Tú te has escapado muchas veces, y mira dónde estamos ahora mismo.
―Helmet no me ha reclamado nunca. Le resulta mucho más divertido formar una partida de caza para atraparme.
Después, disfruta torturándome durante días y de las formas más terribles hasta que le suplico perdón de la manera más humillante.
Cuando muestro la suficiente sumisión, decide perdonarme.
Me ha hecho general y destituido más veces de las que me importa recordar. Es un maldito sádico.
―Siento mucho que hayas tenido que pasar por todo eso, amiga mía. Ahora que soy como tú…
―No, León. Ni tú ni nadie puede librarme de su yugo. Jamás permitiré que te atrape o intente hacerte daño. Antes lo mataría.
―Esperemos que no tengas que llegar a eso.