Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 17. ES MUY INJUSTO
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17. ES MUY INJUSTO

L Andon, en silencio, siguió a Alistair hasta que se encontraron con los soldados que custodiaban las mazmorras. El heredero exigió paso, a lo que ambos hombres accedieron sin protestar, ya que había sido avisados apenas unos instantes antes de que ellos llegaran.

En todos los años que llevaba sirviendo a Athelstan, Youngblood había visitado aquel terrible lugar más veces de las que preferiría recordar.

Las condiciones en las que se mantenían a los presos eran inhumanas, pero esa era la visión de su rey.

Siempre se debía castigar con dureza a los traidores, ladrones y a los enemigos de Inglaterra si pretendía mantener la paz.

No cabía duda de que lo había logrado, hasta que llegaron los Drăgoi y posteriormente los Ursu para poner en peligro todo para lo que habían luchado sin descanso.

Escalón a escalón, la expresión del príncipe fue volviéndose más oscura y temible.

Jamás le habían permitido descender donde tenían encerrados a los prisioneros, ahora entendía por qué.

Aquel sótano estaba impregnado de olores nauseabundos que no era capaz ni de imaginar a qué se debían.

Para acabar con la estampa de horror, los lamentos de algunos presos eran tan desgarradores que calaban en el alma.

Gritos pidiendo ayuda, piedad o alimento que parecían poder destruir la entereza de cualquier hombre, incluso empezaban a hacerlo ya con la suya.

Le dedicó a su tutor una mirada de censura y sintió una profunda vergüenza por no haber intervenido para que ese sitio hubiese sido adecentado hacía años.

―No me importa lo que han hecho los infelices que estoy oyendo. En cuanto salgamos de aquí, los liberarás a todos.

―Alistair, esa dispensa solo puede concederla el rey.

El príncipe se detuvo antes de alcanzar el primer nivel. Cogió una antorcha y la paseó por las paredes.

―No sé si matar a mi padre o a ti por haber permitido todo esto.

―¿Crees que algún escocés tendría más piedad que nosotros con un enemigo?

―¿Es que todos los que oímos son escoceses?

―Ladrones, asesinos, desertores… No son hombres de bien los que ocupan esas celdas.

―Y ahora serán pasto para el ganado porque les habéis arrebatado cualquier rastro de humanidad que aún pudiera quedarles.

―Ya os digo que no es algo por lo que debáis preocuparos.

―No lo repetiré, Youngblood. He dejado de ser ese muchacho que cumplía tus órdenes. Eso acabó en el momento en que Abbadon me convirtió en su esclavo, pero no lo seré nunca más de mi padre. Se hará lo que he pedido, y todo este lugar se adecentará.

―¿Todo esto es porque ella está aquí abajo?

―Eres la peor escoria que he conocido ―dijo, sujetándole con una fuerza descomunal del peto y acercándosele a la cara―. Tu rectitud. Tu maldito sistema de valores. Ese que me impusiste porque era el que seguía «mi padre». Cada palabra era mentira.

―Alistair…

―No, Landon. ¡Mira a tu alrededor! ¿Qué hombre de honor es capaz de permitir que se encierre injustamente a una inocente entre ladrones y asesinos?

―Yo siempre cumplo las órdenes de mi rey ―respondió mientras agarraba la mano del príncipe tratando de que lo soltara. No lo consiguió.

―Iluso ―lo dejó ir―, ¡eres un títere sin cabeza ni corazón! Vamos a sacarla de aquí y harás lo que te he dicho. Si es preciso, quema cada rincón para sanear lo que sea que crece por estas paredes, pero cumplirás mi orden. De mi padre, ya me ocupo yo.

Se dio la vuelta y descendió bajando los escalones de dos en dos, desesperado por encontrar a la que debía salvarlo de aquella pesadilla. Cuando llegó a la altura del carcelero, le exigió a voces que fuese a por ella, pero él no sabía a quién se refería.

―Señor, aquí no hay mujeres.

―¿Qué estás diciendo? ―La ira dominó en un instante todo su cuerpo haciendo que el neófito lo agarrara del cuello y acabase subiéndolo un palmo del suelo.

El hombre comenzó a boquear mientras trataba de respirar algo de aire. Landon le pidió que lo soltara, pero el príncipe ya no aceptaba sus órdenes.

―¡Si lo matas, no vas a poder averiguar nada!

Alistair miró a Youngblood, aceptando a regañadientes que tenía razón. Dejó caer al infeliz, cuyas piernas no fueron lo suficientemente fuertes como para sostenerlo y terminó destrozándose las rodillas contra la rugosa piedra. El carcelero apoyó las manos en el suelo mientras tosía con brusquedad.

―Ahora, dime la verdad ―exigió el heredero―. Hace dos o tres días… ―comenzó y se detuvo. Miró a Landon enarcando las cejas, no sabía cuánto tiempo había tardado en las transformación.

―Tres días ―le confirmó él.

―Hace tres días, trajeron a una muchacha rubia y preciosa con los ojos más azules que hayas visto en tu vida de mierda…

―Yo no estaba aquí hace tres días ―respondió desde el suelo el desdichado, casi sin voz.

―Entonces, ¿quién hizo guardia? ―vociferó sin paciencia.

―Otro carcelero, Clifford. Debía sustituirme hace dos días, pero no aparece por ningún lado.

―No lo entiendo ―dijo Youngblood―. ¿Has informado de esto a tu superior?

―Por supuesto, capitán. Otro soldado me sustituye para hacer el turno de noche. Estará a punto de llegar, quizás él sepa algo ―agregó para tratar de dejar de ser el punto de descarga de la furia del príncipe.

―No tengo tiempo para eso ―dijo Alistair, que, temiendo que aquello fuera cierto, se adentró por los pasillos con la tea que llevaba en la mano para examinar cada celda.

Alana no se encontraba allí. Por un lado, se sintió aliviado al no verla en aquellas terribles condiciones. Por otro, si no estaba en ese lugar, ¿qué había hecho su padre con ella?

De vuelta hacia donde permanecía Landon, que en ese momento ayudaba al hombre a ponerse en pie, un pensamiento atroz lo hizo detenerse en seco. «¿No habrá sido capaz…?», se dijo, notando cómo una rabia incontrolable le saturaba todo el cuerpo.

―¿Esas celdas de ahí son las únicas que existen aquí abajo? ―preguntó, tratando de contenerse para no lanzarse a su cuello.

―Son las únicas que se utilizan, señor.

―¿Eso significa que hay más? ―preguntó con impaciencia.

―Las del nivel inferior, aunque hace muchos años que se cerraron porque las inundaciones eran demasiado frecuentes.

―Llévame allí ahora mismo.

―Señor, no creo…

―¡No te he pedido opinión! ―vociferó de nuevo.

―Sí, se… señor ―tartamudeó el carcelero muerto de miedo al ver cómo el heredero le mostraba los colmillos con el semblante de la misma muerte en su rostro.

―Alistair, ¡contrólate! ―le regañó Youngblood como tantas veces, olvidando por un momento que ya había dejado de ser aquel joven caprichoso que estaba a su cargo.

―No vuelvas a darme órdenes, Landon ―le advirtió en un tono que no dejaba dudas de lo que le haría si volvía a tratar de manipularlo.

―Solo te pido que pienses las cosas antes de que tu arrepentimiento llegue tarde y no sirva de nada.

―¿Y quién te ha dicho que voy a arrepentirme? ¡Tú ―le gritó al hombre―, vamos de una vez!

El carcelero asintió varias veces, dominado por el más puro terror. Youngblood no dijo nada y los siguió hacia el otro lado del pasillo que terminaba en una puerta.

―¿A dónde va esto? ―preguntó el capitán algo molesto porque nunca le hubieran informado.

―Al nivel inferior.

Príncipe y tutor se miraron extrañados al ver que el guardia la abría con mucha facilidad. Aquel lugar no llevaba años cerrado como pretendía hacerles creer.

―Coge una antorcha ―le exigió al soldado―. Landon ―dijo elevando las cejas hacia la pared para que él llevara otra.

Alistair no esperó a que el hombre se le adelantase y penetró con determinación en la más profunda oscuridad.

Bajó el primer escalón. El hedor que desprendía aquel ambiente casi le hace cambiar de opinión, pero no iba a marcharse hasta estar seguro de que ella no estaba en aquel lugar, donde sin duda moriría si no la rescataba a tiempo.

Aquello con lo que se toparon los dejó sin palabras.

Pese a que Alistair se enfureció por no haber podido encontrarla, también se sintió aliviado al comprobar que Alana no se hallaba en ninguna de aquellas celdas.

Mientras el carcelero corría escaleras arriba para dar la voz de alarma, él no dejaba de preguntarse a dónde la habría llevado su padre y por qué le había mentido diciendo que estaba encerrada allí abajo cuando era evidente que nunca había puesto un pie en esas mazmorras.

―He de ver a mi padre ―dijo en un tono amenazador―. Si le ha hecho algún daño…

―Fue una de las generales de Helmet quien se encargó de bajarla a las mazmorras ―respondió Landon.

―¿Quién de ellas?

―Bêwestan.

―Voy a los aposentos de mi padre, lleva allí a Helmet y a esa tal Bêwestan. Hemos de aclarar esto o juro que los mataré.

―Alistair, has de poner de tu parte para tranquilizarte. No es una orden, es un consejo. Ellos son demasiados…

Él se detuvo a sopesar sus palabras. Landon tenía razón. Además, no había podido vencer al más viejo, por lo que con seguridad le sería imposible acabar con todos al mismo tiempo.

―Tendré en cuenta lo que has dicho.

Sin más, subieron las escaleras. El general no pudo seguirle el ritmo, pero el príncipe no se detuvo. Estaba muy decepcionado con su padre y aún más enfadado por no haberla encontrado.

De un modo o de otro daría con ella, y nadie jamás volvería a arrebatársela.

León y Nîga salieron al resguardo de la noche.

Mediante gestos, él le indicó que lo siguiera.

No debían hacer el menor ruido por temor a que alguien los descubriera.

En los últimos tiempos, habían pasado demasiadas cosas como para no temer que otros vampiros o incluso algunas razas, que le eran todavía desconocidas al párroco, los encontraran en mitad del pueblo.

Rodearon la casa de la Elegida y traspasaron la linde del bosque que tenía a la espalda. Avanzaron despacio, atentos a cualquier sonido extraño que pudiera significar que no estaban solos.