Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 16. TODO POR CODICIA #3
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16. TODO POR CODICIA #3

Durante siglos, sus ancestros habían buscado la forma de redimir la ignominia cometida, sin embargo, él había sido el único capaz de hallar a la descendencia de la niña que se llevó la sangre el día de la crucifixión.

El que ahora estuviese en esa estancia junto a dos errantes no era ninguna casualidad.

Por fin se cumplía el futuro que le había descrito años atrás aquel extraño de rubios cabellos y con la complexión de un gigante.

Alguien que le había indicado el camino, y que ahora debía encontrar.

―Mi nombre es León, descendiente de Longino de Cesárea. Llevo toda mi vida esperando a que las palabras de un joven guerrero fueran ciertas. Hoy es ese día. Alana, estoy aquí para entregar mi propia vida. He de saldar una afrenta que jamás debió cometerse, y solo tú puedes otorgarme el perdón.

―¿De qué estás hablando? ―preguntó Leala con un hilo de voz.

La errante miró a Alana con los ojos inundados de sorpresa. Sin entender bien lo que estaba viendo, la imagen de su padre hablando con un muchacho desgarbado se le coló en la mente.

―¿Qué ocurre, Thyra?

―Mi padre… Fue mi padre quien os encontró hace años ―dijo, entrecerrando los ojos para tratar de ver aquel recuerdo con más nitidez.

―Sí, princesa Thyra, hija de Eirik Ragnarsson.

Fairfax no entendía nada de lo que allí estaba ocurriendo.

Temiendo que algo malo sucediera, se colocó junto a su esposa para protegerla.

Oskar, a su vez, dio un paso hacia su prometida.

No estaba seguro de qué iba a ocurrir y prefería estar cerca de ella en caso de que fuese necesario defenderla de aquel sacerdote, cuya historia descabellada era muy difícil de aceptar.

―¿Quieres hacernos creer que el rey de los Errantes te mostró dónde encontrarme? ―Alana, inquieta por no entender del todo lo que estaba ocurriendo, exigió una respuesta.

―Mi familia siempre ha llevado el estigma del horror que cometió contra el Hijo de Dios.

Aunque mi antepasado se convirtió y creyó en ÉL justo en el momento de su muerte, desde aquel fatídico día los míos solo han vivido penurias.

Siempre supimos el porqué de nuestras desdichas, pero nadie ha sido capaz de encontrar la forma de compensar el daño infligido.

―No puedo creerte ―soltó Leala, poniendo ambas manos en la mesa, enfrentándose.

―No tengo por qué mentir…

―¿¡Que no mientes!? ―vociferó alterada―. ¡Me has engañado durante años! ¿Cómo has podido, León? Yo confié en ti desde el principio. He puesto la vida de mi hija en tus manos, ¿para qué? ¿Qué pretendías hacerle? ―añadió con lágrimas en los ojos.

―¡Salvarla! ―respondió como si su alma cargara con el dolor de todos los suyos―. Ya lo he dicho, daré mi vida por compensar…

―¡Tú no puedes hacer tal cosa! ―gritó la mujer―. Y no le pidas a ella te perdone. Solo ÉL posee el poder de perdonar.

―Madre, si es así, entonces, no lo juzgues.

―Alana ―se volvió hacia ella―, no debes confiar en su palabra.

―Si su padre lo hizo ―dijo mirando a Thyra―, yo también lo haré.

―¿Cómo puedes decir eso? ¡Míralos! ―Los señaló con la mano―. Conoce a una vampira desde hace años y jamás me lo había contado.

―Pero lo va a hacer ahora, ¿verdad?

León asintió con una expresión de tranquilidad. Aquello alteró mucho más a la anterior Portadora, que se sentía profundamente decepcionada por lo que ella consideraba una traición imperdonable.

―Adelante, miéntenos una vez más ―le recriminó Leala.

―Nunca te he engañado, solo te he ocultado una parte de mi vida.

Nîga y yo nos conocimos alrededor de un año después de haber hablado con Eirik.

Yo aún era monaguillo de la parroquia de mi pueblo.

Tan solo me faltaban unos meses para convertirme en sacerdote.

Estudiaba día y noche para lograrlo. Mi obsesión era pedir al obispo que me enviara a estas tierras, a Felsted.

Vuestro padre me enseñó todo lo que debía hacer para conseguirlo ―dijo mirando a Thyra.

―Eso no explica por qué os conocéis ―insistió la madre de Alana.

―Una noche me retrasé más de la cuenta. Llevaba horas leyendo la Biblia y memorizando párrafos completos.

Cuando me di cuenta de que debía regresar a casa, recogí enseguida y salí a toda prisa.

Apenas había dado un paso cuando me topé con ella.

―Le cogió la mano. La vampira sonrió―. Se alimentó de mí hasta casi acabar con mi vida.

En el último momento, le pedí a Dios que la salvara.

Pese a ver en sus ojos la agonía del hambriento, también percibí mucho dolor.

El dolor de quien se ve obligado a cometer un acto que aborrece.

Todos permanecieron en silencio mientras escuchaban las palabras del párroco, que tenía los ojos enrojecidos al recordar el pasado. Nîga volvió a sonreírle y asintió una vez para que contara el resto de la historia.

―Al oír que rezaba por ella, se detuvo ―continuó él―. Me miró extrañada y me preguntó por qué había hecho tal cosa. Yo le respondí que mi deber era comprender que todas las criaturas creadas por ÉL merecían una oportunidad.

León volvió a mirarla y frunció los labios. Ella comprendió que no podía continuar y se atrevió a acabar de contarlo.

―Oír de sus labios que todos merecíamos una oportunidad me hizo regresar al momento en el que Helmet no me la concedió, sino que me arrebató cuanto conocía y a todos los que amaba porque le parecí…

Aún no lo sé. Durante un tiempo, estuvo obsesionado conmigo.

No en la forma que imagináis, sino como si él ya me conociera.

―Suspiró, tratando de mantener esa pequeña llama de humana en ella―.

Que León se apiadara de mí siendo yo su depredadora me conmovió.

Sin pensarlo dos veces, le di mi sangre para que se recuperara.

―Cuando volví en mí ―prosiguió el sacerdote―, me contó que aquella era una más de las cientos de veces que había tratado de escaparse del ejército de Helmet.

Durante varios meses, la alimenté con mi propia sangre y la escondí en el sótano de la iglesia.

Una mañana, cuando regresaba a mis quehaceres, vi cómo se la llevaban…

―León, anclado un instante en aquel angustioso pasado, se detuvo.

Nîga sujetó su mano para darle fuerzas―.

Por suerte, no asesinaron al que en ese momento era el párroco; pero sí lo dejaron muy mal herido.

Al poco, yo ocupé su lugar. Dos años después de aquello, logré que me destinaran aquí.

Con la descripción que me había dado el rey, te reconocí al instante, Leala; sin embargo, aguardé con paciencia a que mi antecesor me considerara de confianza como para asumir todo lo que supondría estar a tu lado hasta que tu descendiente naciera.

―¿Y no os habíais visto desde entonces? ―preguntó Thyra, que aún no podía creer que su padre hubiera influenciado hasta tal extremo a un simple monaguillo para que guiara a la Elegida.

―No ―respondió la vampira―, pero para mí apenas han pasado unos breves instantes.

―Te torturaron, ¿verdad? ―le preguntó León con pesar.

―Con más dureza que nunca, aunque cada latigazo mereció la pena por cada risa que compartimos juntos. ―De pronto, se le quebró la voz―. A pesar de todos mis esfuerzos, no he conseguido salvarte. Eres uno de nosotros, y jamás podré perdonarme el no haberlo impedido.

Alana se impresionó al verla llorar por él. Al reconocer que entre los dos aún existía aquella amistad, incluso después de tantos años de separación, le hizo pensar que tal vez permanecer unidos era mucho más que una idea. Era verdaderamente necesario.

―Creo que el Destino ha jugado una vez más con nosotros y ha propiciado que estemos aquí para terminar algo que no ha llegado todavía ―dijo la joven, acercándose a sus padres―.

Confiemos en que el camino que debemos tomar no sea tan retorcido como me temo.

Aunque siento que, si lo afrontamos juntos, podremos encontrar la manera.

―¿De verdad? ―preguntó el párroco.

―Estoy convencida.

―León, Nîga necesita alimentarse. ¿Puedo contar contigo para que la acompañes?

―Por supuesto.

―Está bien. Sed prudentes y deteneos a tiempo.

―¿Qué dices? ―intervino el errante sin poder continuar callado. Seguía sin confiar en la vampira, y que caminara por el pueblo con el beneplácito de la Elegida era un tremendo error.

―No tenemos otra opción, Oskar ―le respondió―. Partid y volved antes del alba, nosotros os esperaremos aquí.

―Gracias ―dijo Nîga, limpiándose las lágrimas rosadas.

―Dormiremos en la parroquia y regresaremos mañana. Creo que es lo mejor ―agregó el clérigo.

Ella asintió al entender los motivos. Tras acordar que así actuarían, los dos «No Muertos» salieron sin mirar atrás. El resto solo podía rezar para que no cometieran una matanza. Aunque Alana tenía la certeza de que volverían cuando les había pedido porque el padre León acababa de darle su palabra.