Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 16. TODO POR CODICIA #2
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16. TODO POR CODICIA #2

Athelstan estaba a punto del colapso por la rabia.

Lo había invertido todo en criar a un hijo que era el ejemplo perfecto de desobediencia e ineptitud.

No sabía cómo iba a lograr convencer al duque normando para que continuara con su acuerdo.

Quedaban pocas lunas para que regresara a Francia, y llevaba esperando a su heredero semanas.

A pesar de todo lo ocurrido, se había visto obligado a olvidar todos los intentos por parte de Abbadon para acabar con la vida de Alistair.

Si de primeras el vampiro no hubiese intentado asesinarlo, tal vez nunca hubiese conocido a aquella muchacha ni su hijo hubiera cometido el enorme error de forzar a Landon a desposarlos.

Ahora poco importaba lo que podía haber sido porque, como broma del Destino, su verdugo se había convertido en su salvador.

El príncipe lo observaba de tal manera que Youngblood pensó que iba a saltar sobre su padre para despedazarlo vivo.

―Alistair, por favor ―le susurró para que se serenara.

Para suerte del rey, el tono suave que empleó Landon lo ayudó a contenerse. Aunque, en realidad, lo que había refrenado sus ansias de matarlo había sido el pensamiento repetitivo que no dejaba de martillear su cabeza. «He de salvarla. He de salvarla», se dijo una vez más.

Aquellas tres palabras lo tranquilizaron lo suficiente como para retraer los colmillos.

―Tienes razón, no soy el rey ―dijo al fin, bajando los hombros en señal de que había recuperado el control―. Dime, padre, ¿por qué es tan importante para ti esa alianza?

Athelstan asintió mientras trataba de no mostrar ninguna debilidad.

Ver a su hijo con el semblante desencajado, a punto de atacar, le había devuelto a la realidad en un parpadeo.

Por un momento, pensó que iba a desangrarlo allí mismo y que después acabaría con Landon.

Por suerte para los dos, Alistair se había resistido al deseo que su padre había visto en sus ojos, pero eso no garantizaba que fuera a retenerse si seguía en sus trece de querer imponer su voluntad.

De pronto, el peso de los años se posó sobre sus hombros. Pese a trató de no hacerlo, terminó bajando la mirada antes de volver a sentarse. Le temblaba todo el cuerpo, aunque nada tenía que ver con la ira.

Ante la expresión de impaciencia que mostraba el heredero, decidió revelarle su verdadera motivación.

―Quiero dejar huella en la Historia. Quiero que se recuerde mi nombre y que todos sepan que fui yo quien logró unificar una tierra que estaba dividida.

―Sacrificio. Lealtad. Honor. ―Por primera vez, comprendió lo que aquel lema había significado para su padre.

―Así es, hijo mío. Lo he dado «todo» por Inglaterra.

―Todo. Incluso a mí.

Athelstan apretó la mandíbula para sostener el reflejo de aquellos ojos que lo estaban juzgando.

―Incluso a ti ―reconoció con pena, aunque solo en parte.

El príncipe asintió mientras trataba de entender la ambición de un hombre que no habría dudado ni un momento en entregar hasta su propia vida por su amada tierra.

Él no compartía su pasión, pero tenía la eternidad por delante para tratar de vivir a su manera, así que optó por complacerlo porque, como decía el maldito lema de los Wessex, todo comenzaba con un sacrificio.

―Está bien, me casaré con la bastarda.

―¿Hablas en serio?

―Sí, padre. Tendrás tu alianza, pero antes has de liberarla. Solo yo conoceré su paradero y no interferirás en su vida nunca más.

―¿Y si está…?

―Eso no es de tu incumbencia. Yo mantendré a mi propio bastardo en el caso de que haya quedado en cinta. Esas son mis condiciones.

Athelstan valoró en silencio aquel trato infantil. Si se detenía un momento a pensarlo, lo que exigía Alistair era una insignificancia en comparación con lo que podría obtener. Con el ejército normando de su lado, nada lo detendría para conquistar el norte.

Una vez más, la avaricia ganó la partida. Una sonrisa iluminó su rostro para decir las palabras que el príncipe estaba deseando oír.

―De acuerdo. Lo acepto.

―Ahora, déjame bajar a las mazmorras.

―¿No prefieres que la traiga Landon?

―He de ser yo. Ella es mía, y nadie volverá a hacerle daño.

―Está bien, hijo. Daré la orden para que te dejen entrar.

Alistair volvió a asentir. Mientras descendía de nuevo las escaleras acompañado de Youngblood, se preguntó qué sentiría al verla de nuevo.

Realmente, no le importaba lo más mínimo.

Tan solo era capaz de pensar en que tenía que sacarla cuanto antes del castillo y esconderla a buen recaudo.

Alana lo había salvado dos veces de la muerte y ahora debía encontrar la forma de devolverlo a la vida o, en su detrimento, liberarlo del yugo que le había colocado Abbadon.

No sabía cómo iba a conseguirlo, pero, de no hacerlo, se alimentaría de ella cada día hasta que deseara volver a la celda de donde estaba a punto de sacarla.

La respuesta de Nîga dejó a los presentes sin saber qué decir.

Por un lado, que una vampira hablara de Dios, que conociera aquellas palabras, provocó en todos una impresión tan grande que lo único que pudieron hacer fue mirarse los unos a los otros.

Por el otro, la repentina complicidad que parecía tener con el padre León los dejó aún más atónitos y con tantas preguntas que les era imposible creer que hubieran entendido bien lo que habían oído.

La primera en reaccionar a esa declaración fue Leala, que rechazaba la idea de haber pasado los últimos veinte años junto a un hombre que simpatizaba con el enemigo.

Si los «No Muertos» conocían la existencia de la sangre de Cristo y que quien la portaba ahora era su pequeña, se enfrentaría a cada uno de ellos para salvarla.

Nadie iba a arrebatarle a su hija ni iba a impedir que un legado de casi mil años se extinguiera por la traición de quien, precisamente, debía protegerla y enseñarle cuanto sabía para afrontar los peligros a los que tendría que lidiar en el momento en que entraran en guerra.

Con la sensación de haber sido engañada y manipulada durante una buena parte de su vida, la aún Portadora avanzó un paso hacia él. Su expresión revelaba decepción, aunque también determinación para acabar con su vida si trataba de llegar hasta Alana.

―León, ¿de qué está hablando? ―dijo mirando hacia Nîga―. ¿Acaso os conocéis?

―Leala, hija mía, no es lo que piensas ―respondió él, cometiendo el error de acercarse.

Ese intento de hacerse entender fue lo peor que se le podía haber ocurrido.

Sin darles tiempo ni de tomar una sola inspiración al resto, la Elegida se lanzó contra él.

En un único movimiento, lo detuvo poniéndole la mano en el pecho.

Después, lo agarró con fuerza de las ropas para tirarlo al suelo y colocarle una rodilla a la altura del corazón.

―Si la tocas, te mataré ―lo amenazó ella mientras lo sujetaba del cuello y se acercaba a su cara sin dejar de mirarlo con una expresión de querer aniquilarlo allí mismo.

―Alana, por Dios… ―Tosió por instinto al notar cómo ella apretaba los dedos alrededor de su garganta―. Soy yo, sigo siendo yo. ¡Sigo siendo León! ―repitió con los ojos desorbitados.

De buenas a primeras, recordó que justo esas palabras habían sido las que ella misma había pronunciado apenas un día atrás. Leer la verdad en su expresión la hizo cambiar de idea. Le daría el beneficio de la duda y tiempo suficiente para explicarse. Aun así, clavó su mirada en él como advertencia.

―Eso es algo que tendrás que demostrar, León.

Aquella fue la primera vez que la joven lo trató como a un igual, no obstante, las circunstancias entre los dos habían cambiado.

Ella ya no era una simple muchacha que necesitaba orientación y ayuda, ahora era una mujer que tenía el poder de ¿cincuenta, cien soldados?

Nadie podía saberlo con seguridad, aunque más importante que conocer su fortaleza era esclarecer qué había llevado a un hombre de Dios a tener tratos en el pasado con una vampira, cuyo cometido era matar a cuanto ser vivo caminaba sobre la faz de la tierra.

La Elegida asintió una vez y apartó la mano de su garganta. Acto seguido, se puso en pie sin inmutarse. Le ofreció la misma mano con la que había estado a punto de estrangularlo y él se la aceptó como acto de buena fe.

León se puso en pie con la misma facilidad y le enseñó ambas palmas para que se tranquilizara. Miró hacia la mesa y señaló con la cabeza una de las sillas.

―¿Puedo?

―Hazlo despacio, y no se te ocurra coger el cuchillo que está junto al pan o acabará en mitad de tu corazón.

―No necesitas amenazarme, Alana.

―Dame razones para no hacerlo. ―Miró a Nîga―. Siéntate a su lado, tenéis mucho que aclarar.

La vampira se acercó a la mesa. Para desconcierto de todos, León y ella se abrazaron como si fueran viejos amigos.

―Te advertí que no regresaras ―dijo el párroco con cara apenada.

―Nunca fue mi intención dejarte…

Él separó los labios para responder hasta que imaginó lo que realmente había sucedido.

―Te apresaron ―susurró, sintiendo un dolor inexplicable en el corazón que ya no latía en su pecho.

―Como siempre. ―Nîga apoyó la mano en la mejilla del clérigo con cariño.

Aquella conversación provocó una curiosidad generalizada. Leala miró a Fairfax y después a Alana, que, como Thyra y Oskar, no salía de su asombro.

―León ―se atrevió a hablar―, llevas años a mi lado, sin embargo, nunca me habías contado nada sobre que conocieras a una vampira.

―Lo sé ―respondió él, admitiendo su silencio intencionado.

―¿De qué os conocéis? ―intervino la Elegida, impulsada por la impaciencia que corría por sus venas debido a la sangre infectada de la «No Muerta».

Nîga y él se miraron. Ambos entendieron como una señal del destino el que se hubiesen vuelto a encontrar.

Había llegado la hora de revelar la verdad que escondía el último encargado de la protección de la descendencia de Raisa.

Los dos esperaban que la Elegida no juzgara a León por un pecado que no había cometido, pero del que, sin duda, se sentía responsable.