Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 16. TODO POR CODICIA
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16. TODO POR CODICIA

T ras salir Abbadon y sus dos generales de la alcoba del rey, Alistair se quedó paralizado al darse cuenta de que su transformación acababa de convertirlo en un simple peón de una trama mucho más compleja, y de la que su padre formaba parte.

Con la desazón de haber sido humillado por lo que se había visto obligado a hacer, la ira que crecía en su interior lo estaba dominando.

El silencio copó cada rincón, dando tiempo a los tres para dejarse arrastrar por sus propios pensamientos.

El rey sentía que la situación se le había ido de las manos.

Todo por lo que llevaba luchando años ahora estaba a merced de los deseos de un «No Muerto», quien, con total seguridad, lo iba a manipular como un títere durante el resto de su vida.

Por mucho que quisiera negarlo, Athelstan ya no poseía el control de su propio reino, y menos aún de la vida de su hijo.

Ese tiempo había quedado atrás, y, a partir de ese momento, no tendría más remedio que aceptarlo.

Youngblood observaba al príncipe con una mezcolanza de fuertes sentimientos.

Por un lado, le dolía profundamente el daño que había causado a su pupilo.

Los remordimientos le corroían el alma. Si le hubiera dejado ver a la muchacha…

Si no hubiese corrido tras él por las escaleras…

Si no hubiera tropezado… Por otro, era incapaz de asimilar que el muchacho se hubiese convertido en un ser eterno cuya sed de sangre jamás se detendría ante nada ni nadie.

Con la pena y el temor instalados en su corazón, permaneció inmóvil esperando a que se pronunciara.

Alistair, aún con la vista fija en la puerta, renegó en silencio. Era incapaz de aceptar que esa fuese su vida. Siempre relegado a un segundo plano. Siempre obligado a ser obediente y no contar con la libertad de poder tomar sus propias decisiones.

Durante un instante, miró a su padre. Sintió tal odio y desprecio hacia su persona que el veneno que ahora corría por sus venas le pedía a voces que lo destruyera.

Si se lo quitaba de en medio, él sería el nuevo rey.

Era su derecho de nacimiento, y se lo había ganado por no haber podido opinar en algo que lo había condenado a una existencia patética.

Justo antes de lanzarse a su cuello, oyó los frenéticos latidos de Youngblood, cuyo corazón parecía que iba a estallar.

¿Aquello que sentía era miedo o era la respuesta lógica a una situación donde un enemigo estaba a punto de entrar en combate?

El heredero no pasó por alto que la mano del capitán se había posado en su espada y que su respiración era más superficial.

Algo le decía que podría acabar con los dos en un parpadeo, pero eran su padre y su amigo los que se hallaban a su lado, por lo que la elección de no asesinarlos a sangre fría, de momento, fue sencilla de tomar.

Sin entender por qué, muchas de las enseñanzas de su tutor le volvieron a la mente en tropel para recordarle que era mejor sopesar con sosiego la situación antes del siguiente paso.

En realidad, no iba desencaminado. Si atacaba a su propio padre, quién podía asegurarle, tras enterarse Abbadon, que no acabaría encerrado en una celda.

Bajó la mirada al tomar conciencia de que tal vez las consecuencias de sus acciones le trajeran más problemas que soluciones.

En contra de lo que le exigía la cabeza, contuvo su lengua y se volvió hacia la ventana que mostraba aquella magnífica vista del bosque.

Sin ser consciente de cuánto lo había hecho cambiar la sangre del vampiro, se fijó en un claro que había a lo lejos.

Formó con sus labios una sonrisa efímera al ver pastar a las ovejas como si no existiese ningún problema a su alrededor.

Se sorprendió porque sus cuerpos estuviesen con tanta lana.

Tenían las patas completamente cubiertas y sus bocas buscaban con desesperación los pocos brotes verdes que habían crecido con las últimas lluvias.

«Debí escaparme con ella», se regañó y sintió pena por sí mismo al entender lo mucho que había perdido al caer por esa escalera.

Continuó ensimismado en aquella escena bucólica, hasta que fue consciente de que podía distinguir cada maldito animal con asombrosa nitidez.

«¡Qué demonios…!», pensó a toda prisa. Se acercó un poco más al marco.

Apoyó las manos en la pequeña repisa y adelantó el cuerpo.

Incrédulo, se frotó los ojos con energía.

En el cielo, distinguió las motas de las alas de un halcón.

En la tierra, las espesas cejas del pastor que acompañaba al rebaño.

Se preguntó qué le estaba ocurriendo antes de llevarse la mano a la altura del corazón. Nada. El vacío. Sin latidos.

El tiempo transcurría, y los tres parecían ser incapaces de salir de aquel trance en los que los habían sumido la preocupación y la humillación del heredero por parte de Abbadon.

Athelstan fue el primero en reaccionar. Debían poner todo aquello en orden antes de continuar con el plan establecido.

―Alistair, tenemos que hablar ―dijo al ver que no se apartaba de la ventana.

―¿Ahora…? ―respondió con ironía, sin darse la vuelta.

―Sí, ahora ―insistió con el tono que empleaba como rey, mostrando de esa manera que no estaba dispuesto a aceptar ninguna réplica por su parte.

Durante unos breves instantes, el príncipe se pasó la lengua por los colmillos, tal y como hacían todos los «No Muertos».

Después, se dejó llevar e imaginó cómo sería destrozarle la garganta de un mordisco y acabar con esa tiranía a la que llevaba subyugado desde su nacimiento.

Aquella orden había eliminado de un plumazo todo el buen juicio que parecía haberlo apartado de sus más primitivos instintos.

Athelstan hizo un movimiento de cabeza hacia Youngblood. Él asintió y caminó hasta colocarse al lado de su pupilo. Lo tocó en el brazo para llamar su atención.

―Alistair, vuestro padre ha de hablar con vos.

Él no respondió, solo bajó la cabeza para mirar la mano del que hasta el momento había sido su sombra. Landon se vio intimidado por la expresión que vio en su rostro. Apartó la mano, sintiendo cierta incomodidad, pero no se movió.

Una vez más, la fuerza de la costumbre arrastró al joven a cumplir con su deber.

Pensó durante un breve instante que, si saliera corriendo, tal vez pudiera dejar atrás la vida que todavía pretendía imponerle su padre; no obstante, se dijo que debía ser mucho más astuto si quería conseguir encontrar a Alana.

Ella era su verdadero futuro, de modo que terminó cediendo a los deseos de un padre terriblemente egoísta.

―Bien, tú dirás ―soltó enfadado, elevando el mentón.

―Eres un vampiro. Un ser despreciable que pasará el resto de su existencia arrebatando la sangre a los vivos con el único fin de ver un nuevo amanecer… ―expuso Athelstan de corrido sin respirar siquiera.

―¿Crees que me vas a intimidar contándome algo que es evidente? ―lo interrumpió el heredero, al quien al final le había ganado su soberbia.

―¡Cierra la boca! ¡Sigo siendo tu rey!

―¡Pero no mi amo! ―gritó, envalentonado.

―No. ¡No lo soy y nunca lo fui! ―Ambos se miraron con rabia―. Tienes que entender que todo lo que he hecho ha sido por Inglaterra.

―Tu amada Inglaterra ―expresó con desprecio.

―Así es.

―¿Y yo? ¿Es que nunca te he importado?

―¡Claro que sí! ―vociferó―. Por supuesto que me importas ―prosiguió en un tono más calmado―, pero nuestro deber…

―¡Querrás decir tu deber! ―Volvió a interrumpirlo.

―No, Alistair. Siempre ha sido nuestro deber.

―Yo no elegí nacer para ser tu sirviente, sin embargo, he estado bajo tu bota aguantando cada una de tus órdenes.

―Porque así es como tenía que ser. No somos simples hombres…

―Yo ni quisiera lo soy ahora.

―Maldita sea, ¡ya lo sé! ―clamó Athelstan.

―¿¡Y quién es el culpable!?

―¡Tú, necio! ¡Tú eres el culpable de que hayamos llegado a esta situación insostenible!

―No puedo creerlo. ¿Quieres hacerme responsable de que me hayas convertido en esto? ―añadió, señalándose a sí mismo.

―¿Es que preferías haber muerto? ―Se detuvo un instante―. ¿Acaso piensas que tuve otra opción?

―¡Claro que sí! Si no le hubieras ordenado a Landon que me impidiera rescatar a una inocente, nada de esto habría sucedido.

Como una asquerosa rata, te sentiste amenazado por una muchacha que no había hecho mal alguno.

Reconoce que la encerraste en las mazmorras por miedo a que destruyera tus planes con los normandos.

Todo por miedo, padre. ¡Todo por codicia!

―¿Codicia? He dedicado toda mi vida a luchar contra los escoceses para que no robaran a nuestro pueblo lo que nos pertenece.

¿Crees que he hecho todo lo que he hecho por codicia?

¡Todo ha sido por ti, desagradecido! ―masculló iracundo―.

He luchado toda mi maldita vida para poner estas tierras en tus manos.

¡Tu deber es protegerla y procurar que tus descendientes sean dignos de ella!

―Hablas como si lo que dices me importara, pero no es así. Me exiges un sacrificio que no estoy dispuesto a aceptar. ¡Yo no elegí convertirme en rey!

―¡Y es que aún no eres rey!

Ambos se retaron con la mirada, como si el mismo infierno los separase. Y, en realidad, se podría decir que así era. Al menos para Alistair, quien no se dio cuenta de que mostraba los colmillos en una actitud desafiante.