15. ASÍ HARÉ #3
La Elegida les contó lo sucedido con el carcelero que trató de forzarla. Aunque veía el dolor reflejado en el rostro de sus padres, no se detuvo. Cuando llegó al momento en el que aquel soldado la había degollado, su madre tuvo que sentarse.
―Nîga me dio a beber su sangre para curarme.
―Dios… ―susurró ella, cubriéndose de nuevo la boca con las manos por la impresión.
Alana se fijó en cómo su padre le apretaba un instante el hombro para darle fuerzas. Estaba aguantando las formas lo mejor que podía, pero ella sabía que aquella historia iba a cambiar a los dos para siempre. Incluso así, decidió contarla hasta el final.
―La sangre de un vampiro cura cualquier herida.
Beberla no es suficiente como transformar en uno de ellos al que la recibe.
En mí, obró de otra forma. No puedo explicar cómo sucedió, pero ahora llevo la sangre de Cristo y la de Nîga en mi cuerpo.
Eso me ha convertido en alguien… En algo que no sé bien cómo controlar.
Hemos venido porque debía veros para deciros que estaba a salvo, y también para que el padre León guie mis pasos.
Aunque creo que ahora eso no va a poder ser posible, ¿verdad?
―Lana, hija, a León le mordió uno en aquel rifirrafe en el que os acabaron llevando. No sabemos quién lo hizo, tan solo lo encontramos malherido en el suelo junto a los que no habían sobrevivido a manos de los que protegían al príncipe.
―¿Y dónde está ahora?
―En la parroquia. Se alimentó de mí… ―Se detuvo un instante―. No fue capaz de asimilar mi sangre y vomitó cuanto bebió. Después, lo hizo de tu padre. Por suerte, la suya sí pudo retenerla; aunque no le fue suficiente.
Los errantes y la vampira, como si lo hubieran acordado con anterioridad, se mantuvieron en silencio mientras Alana relataba lo sucedido.
Aquella conversación les concernía en parte, solo que prefirieron no intervenir para respetar el dolor de aquella familia que había quedado destrozada tras los nuevos acontecimientos.
―¿Quieres decir que lo habéis dejado marchar? ―dijo levantando la voz, horrorizada porque asesinara a un inocente al no saber controlarse.
―¿Crees que teníamos otra opción? ―le respondió Fairfax en un tono severo―. ¿Sabes la fuerza con la que impactó contra la pared con tal de separarse de nosotros para no sucumbir a sus deseos?
―Perdóname, padre. No era mi intención…
―Alana ―intervino su madre―, por lo que nos has contado, tu fuerza es sobrehumana.
Que no te supusiera ningún esfuerzo arrancar los barrotes de las celdas es algo que no puedo ni imaginar.
Además, salvaste la vida de Thyra… ―Se detuvo un instante sin saber qué más decir mientras sus ojos se llenaban de lágrimas―.
En cierto modo, eres la Elegida, pero también formas parte de los suyos ―agregó, mirando a la vampira―.
Creo que nunca ha sido más necesario que ahora que acudamos al padre León.
Unos golpes sonaron en la puerta. Los presentes se miraron con extrañeza. Ya era bien entrada la noche, por lo que una visita a esas horas no era nada habitual.
―¡Escondeos! ―susurró Fairfax.
La Elegida les hizo un gesto con la mano a sus acompañantes, que la siguieron hasta su habitación. Con cuidado, se colocaron tras la puerta. Ella dejó una rendija para poder oír quién era.
―¡Padre León! ―dijo Leala con alivio al verlo.
El campesino lo dejó entrar al momento. En cierto modo, sintió que parte del peso que sentía en los hombros se liberaba.
―Siento haber tardado. Los hijos de Dunstan han venido a arreglar la gotera de la sacristía. Les he preparado un almuerzo y después he esperado a que anocheciera para regresar.
―¿Te has alimentado de ellos? ―dijo Leala sin suavizar la pregunta que la corroía por dentro.
―Sí, lo he hecho ―reconoció el párroco sin adornar tampoco su respuesta―, pero me he detenido a tiempo. Les he ofrecido cuanto tenía para que repusieran fuerzas y se han marchado a casa con las sobras.
Nîga se acercó a Alana con una expresión de legítima sorpresa. Pocos neófitos eran capaces de frenarse a tiempo sin contar con un guía que le mostrara en qué momento debía separarse de su víctima.
―¿Quién es él? ―le susurró al creer reconocer su voz.
―El padre León. Es quien debía enseñarme a ser… la Elegida ―susurró con la mirada puesta en él.
―Créeme, es mucho más que eso.
―¿Qué quieres decir? ―preguntó Thyra, muy intrigada. Oskar se acercó para no perder detalle.
―¿Qué me has ocultado, Hawin? ―preguntó Alana, sorprendida de no conocer esa parte de ella.
―Que yo sepa, nada a propósito. ―No pudo evitar sonreír―. Venga, salgamos ya. Ahí fuera hay alguien que aún busca la redención y me muero por saludarlo.
Los tres la miraron sin entender qué había querido decir. Por sus palabras, parecía que se conocieran. Pero ¿cómo podía ser? ¿En qué momento habían coincidido el párroco y la vampira?
Al salir, los cinco se quedaron atónitos a oír cómo la «No Muerta» se dirigía a él como si fuesen viejos amigos.
―León, cuánto tiempo…
―Nîga, ¿cómo has dado conmigo?
―Porque, lo creamos o no, los caminos del Señor son misteriosos.
El párroco sonrió al escuchar esa respuesta. Una vez más, sus caminos volvían a cruzarse.