Sangre Maldita. El Lagado Oscuro (El Destino de la sangre 2) 15. ASÍ HARÉ #2
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15. ASÍ HARÉ #2

―¿Por qué la habrán llevado a las mazmorras? ¿Por qué el príncipe ha permitido esa atrocidad? ―masculló de forma atropellada con la ira agarrotándole la mandíbula.

―Eres demasiado joven para verlo. Venga, date prisa.

―¿Qué quieres decir?

Borgervern incrementó aún más el ritmo. Aquella conversación no era para mantenerla en mitad de la nada. Cualquier «No Muerto» podría oírlos, y eso delataría su posición al instante.

―¡Silencio!

Yngvar asintió con los labios apretados.

De la frustración, sentía el recorrido de la sangre por todo su cuerpo.

Aquel no era ni el momento ni el lugar como para detenerse a hablar sobre conjeturas, así que se centró en seguir al rastreador, que avanzaba a grandes zancadas para informar cuanto antes al líder de la casa Eide.

Thyra siguió los pasos de Nîga y entró acompañada de Oskar, quien cerró la puerta nada más pasar.

Leala la reconoció enseguida. Caminó con una bonita sonrisa en los labios y la abrazó con fuerza, como si ya la considerase parte de su familia.

Sentía que, de algún modo, aquella experiencia que había compartido con su hija las había unido para siempre con un vínculo irrompible, y también que este había sido decisivo para que ambas pudieran regresar sanas y salvas.

Tras separarse, la princesa le ofreció la mano al joven que se había ganado su corazón mucho antes de ser destinados el uno al otro.

La vez anterior, cuando había ido a rescatarla, sintió tal obstinación que no le había permitido entrar en la casa.

Pero la situación había cambiado, y estaba deseando presentárselo a la madre de la nueva Portadora.

―Leala, Fairfax. Él es Oskar, mi prometido.

―Bienvenido a nuestro hogar ―dijo ella en nombre de los dos. El matrimonio lo saludó con amabilidad mientras no le quitaba ojo a la otra muchacha que estaba justo al lado de su hija.

―Ven ―dijo Alana a la vampira―, quiero presentarte a mis padres. ―Tiró de ella como si la conociera desde siempre―. Madre, padre. Como os he comentado antes, ella es Nîga.

Los dos la miraron con recelo. Tener a otro «No Muerto» cerca era lo último que esperaban. La situación se volvió un poco tensa, puesto que ninguno de los dos sabía cómo dirigirse a una de las de su raza sin parecer que se estaban ofreciendo para que los devorara.

―Nîga… ―Leala se acercó a ella y le brindó la mano como saludo. Su esposo permaneció donde estaba, aunque asintió con la cabeza para demostrar que también era bienvenida.

La de la casa Drăgoi se la estrechó un breve instante. Después, se retiró con el fin de evitar malentendidos.

―Íbamos a cenar ―dijo la mujer para hacer aquel momento más llevadero―. Dejadme que caliente el pan y cocine algunas gachas más.

―Madre, ¿dónde está Wade? ―preguntó ella, extrañada de no ver en casa a su hermano pequeño.

―Lejos de aquí. ―La miró con un gesto serio, dando a entender que era mejor no volver hablar de ese tema.

―Ella no le hará ningún daño a mi hermano.

―Eso no puedes saberlo ―respondió Fairfax, pasando un brazo sobre los hombros de su esposa.

―Te dije que no era buena idea venir a tu hogar ―añadió Nîga, girándose hacia la puerta.

―No puedes marcharte.

Alana dejó escapar un suspiro. Parecía que las circunstancias se le estaban escapando de las manos, y no podía permitirlo.

Estaba segura de que, en todo aquel caos, la vampira tenía un papel muy importante que debía cumplir.

Era imprescindible que la retuviera de algún modo, aunque todos los que en ese momento compartían su hogar estuvieran deseando verla salir por esa puerta.

―No tengo otra opción. ―Miró a los que la observaban reteniendo el aliento―. No deseo hacerles daño, pero he de alimentarme o no podré contenerme. Y eso es lo último que quiero.

―Lo sé, por eso necesitamos al padre León. Estoy segura de que él puede ayudarnos.

Leala se llevó las manos a los labios mientras ahogaba un grito. El párroco era la última persona a la que podían acudir, solo que aún no había tenido ocasión de poder contárselo.

―¿Qué ocurre, madre?

Ella negó repetidas veces, sintiendo un dolor inmenso en el alma. Unió las manos en forma de plegaria sobre su boca, tras lo que cerró los ojos y apoyó la frente en ellas.

Alana no entendió aquella reacción. Se fijó en su padre, que cerró su abrazo con más fuerza sobre su madre. ¿Por qué ambos parecían estar sufriendo? ¿Es que le había sucedido algo?

Temió lo peor, pero se atrevió a preguntar.

―¿Dónde está el padre León? ―insistió―. ¿Se puede saber por qué habéis enmudecido al preguntar por él?

Sin ser consciente, Fairfax se llevó la mano a la garganta, justo donde el sacerdote había hincado sus colmillos para alimentarse aquella misma mañana.

La Elegida se negó a creer lo que estaba imaginando.

Era imposible. Un buen hombre transformado en un ser que iba contra natura.

Un fervoroso creyente convertido en su peor enemigo.

―¡No! ―susurró, sintiéndose culpable al instante por haber ido a caminar al bosque.

Alana se giró para no mirarlos a la cara. Se sentía profundamente avergonzada. Avanzó unos pocos pasos hasta llegar a la pequeña chimenea. Apoyó las manos en la tosca madera de la que estaba hecha la repisa y bajó la cabeza, hundida por los remordimientos.

«Si hubiera permanecido en casa, si no me hubiese escapado para pensar, tal vez los «No Muertos» que nos atacaron…», se dijo apenada.

―¿Dónde está? ¿De quién más se ha alimentado? ―preguntó, recriminándose por cómo sus malas decisiones habían salpicado a todos los que quería. Primero, a Wade. Ahora, al padre León.

―¿Cómo sabes…? ―vocalizó Leala entre sollozos.

Ella se dio la vuelta, convencida de que debía contarles el resto.

Su madre lloró desconsoladamente al enterarse del engaño del príncipe para conseguir seducirla.

También el trato que le había ofrecido para que aceptara un cofre de oro en el caso de que hubiese quedado en cinta.

Después, el rey había rechazado esa unión y la había condenado sin inmutarse.

Fairfax no dijo nada, sino que permaneció de pie mientras apretaba los puños al oír de nuevo cómo su hija había salvado por segunda vez la vida de aquel malnacido para terminar recibiendo el pago de ser encerrada en las mazmorras por un rey que solo pensaba en engrosar su ejército a través de un sucio contrato.

Saber que aquel al que le debía lealtad por haberlos librado de los escoceses era un vil traidor a la palabra dada como promesa de matrimonio le revolvió las tripas.

―Ibas a morir allí ―dijo él, convencido de que, si no hubiesen escapado, jamás la habrían vuelto a ver.

―Sí, iba a morir allí. Como Thyra. Como Oskar. Como… Nîga ―se le quebró la voz mirando a cada uno―. Todos teníamos la muerte sobre nuestras cabezas, entonces, algo terrible…

Alana se detuvo. Lo que venía a continuación era aún peor que lo que ya les había contado, y temía que sus padres no pudieran soportarlo.

―No te detengas, hija ―pidió su madre―. El mal alimenta lo que se esconde en nuestros corazones. Por muy doloroso que sea aquello que retienes, no permitas nunca que existan secretos entre nosotros.

―Así haré… ―susurró, antes de secarse dos lágrimas rosadas que habían enrojecido sutilmente sus mejillas.

Leala, al verlas, palideció.

―¿Qué te ha ocurrido para que llores sangre, hija mía? ―añadió la mujer, rota por dentro.